Boda de conveniencia

Mateo caminaba por el andén, disfrutando del tibio sol primaveral. El joven había pasado siete años trabajando lejos, talando árboles en los bosques del norte. Ahora, con un buen puñado de euros en el bolsillo y regalos para su madre y su hermana, volvía a casa por fin.

—¡Chaval, ¿adónde vas?! ¡Sube que te acerco! —oyó detrás de sí una voz familiar.

—¡Abuelo Alfonso! ¿No me reconoces? —el muchacho se ilusionó al verlo.

El anciano se tapó la frente con la mano, entrecerró los ojos y lo miró con atención.

—¡Soy yo, Mateo! ¿Tan cambiado estoy?

—¡Mateíllo! ¡Vaya sorpresa! Ya no esperábamos verte. ¿Ni una carta en todos estos años?

—Trabajaba en un lugar tan remoto que ni el correo llegaba. ¿Qué tal están todos? ¿Mamá, Lucía…? Mi sobrina ya estará en el cole, ¿no? —sonrió con nostalgia.

El viejo bajó la mirada y respiró hondo.

—Así que no sabes nada… Las cosas están mal, Mateo. Muy mal. Tu madre nos dejó hace casi tres años. Lucía se hundió en la bebida y luego abandonó a Carlita y desapareció.

—¿Y Carla? ¿Dónde está? —Mateo palideció.

—Lucía la encerró en casa y se largó en pleno invierno. No nos dimos cuenta hasta tres días después. Mi mujer la oyó llorar desde la ventana, pidiendo ayuda. La llevamos al hospital y luego al orfanato.

El trayecto transcurrió en silencio. Alfonso dejó que el joven rumiara sus pensamientos sin molestar. Media hora después, el carro tirado por el viejo caballo se detuvo frente a una casa abandonada. Mateo contempló las malas hierbas que invadían el patio, sin reconocer su hogar. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No te rindas, muchacho. Eres joven, fuerte. Ya pondrás esto en orden. Ven a casa con nosotros, ¿eh? Descansa, come algo. A mi Petra le hará ilusión verte —propuso el abuelo.

—Gracias, pero iré a casa. Esta noche os visito.

Todo el día lo pasó despejando el patio. Al anochecer, llegaron los vecinos: Alfonso y su esposa, Petra.

—¡Mateíllo! ¡Cómo has crecido! ¡Un hombre hecho y derecho! —la anciana lo abrazó con alegría—. Traemos la cena. Comemos juntos y luego te ayudamos con la casa. ¡Qué bien que hayas vuelto!

—¿Sabéis algo de Lucía? No entiendo… Ella siempre fue tan responsable… —preguntó Mateo mientras cenaban.

—Nada. La pobre no pudo con todo. Primero perdió al marido, luego a tu madre… Demasiado para sus hombros. ¿Qué harás con Carlita? ¿La llevarás contigo? Al fin y al cabo, eres su tío —dijo Petra.

—No sé. Primero arreglaré la casa, luego iré a verla. Pero ni me conoce…

Una semana después, Mateo fue a la ciudad a visitar a Carla. De camino, entró en una juguetería. Una chica morena y dulce lo recibió con una sonrisa.

—¿Necesita ayuda? —ofreció.

—Sí. No entiendo de juguetes. Una muñeca, supongo. Para una niña de siete años, y algo más que recomiendes.

La joven eligió una muñeca de caja y un juego de mesa.

—Esto es perfecto. Las niñas las adoran.

—Gracias. Espero que le guste a mi sobrina.

***

Carla lo recibió con recelo. La niña lo miraba de reojo, callada. Pero al ver los regalos, su expresión se suavizó y esbozó una sonrisa.

—No me conoces —empezó Mateo.

—Sí. La abuela y mamá me enseñaron fotos tuyas —lo interrumpió.

—¿Ah, sí? —él sonrió—. ¿Y qué te contaron?

—Que eras bueno y amable. Tío Mateo, ¿cuándo nos vamos a casa? —susurró, mirando alrededor.

La pregunta lo dejó helado. Entendió que la pequeña no era feliz allí.

—Carla, ¿te hacen daño? —preguntó en voz baja.

—Sí —la niña bajó la cabeza y lloró.

—No puedo llevarte ahora, pero te prometo que pronto estarás en casa. ¿Vale?

—Vale.

Mateo fue directo a hablar con la directora del orfanato.

—Entiendo que sea usted su tío, pero para el Consejo de Tutelas no basta con eso. ¿Tiene trabajo estable?

—No. Acabo de volver. Pero tengo ahorros —intentó explicar.

—¡Eso no basta! Todo debe ser legal. ¿Estado civil? ¿Esposa, hijos?

—No.

—Mal asunto… Si quiere la custodia, necesitará trabajo fijo y casarse.

—¡Eso no se hace en un día! ¡Y Carla quiere irse ya!

—Lo siento, no puedo ayudarle.

De vuelta al pueblo, justo alcanzó el último autobús. Se sentó, sumido en sus pensamientos.

—¡Hola! —una voz dulce lo sobresaltó.

—¿Usted? —se sorprendió—. ¿Qué hace aquí?

A su lado estaba la joven de la juguetería.

—Voy a mi pueblo, Villafranca. Trabajo en la ciudad, pero vivo con mi abuela —explicó.

—¡Vaya! ¡Somos paisanos! Yo también soy de Villafranca —se rio—. Me llamo Mateo.

—Yo soy Ana.

—¿Le gustaron los regalos a su sobrina?

—Sí —suspiró él.

Sin poder evitarlo, le contó todo.

—Vaya… Nunca he entendido esas normas. Parece que solo importan los papeles, no las personas —se indignó Ana.

—Ana, ¡ya te recuerdo! Eres la nieta de la abuela Carmen, ¿verdad?

—Sí —sonrió—. A ti no te recordaba.

—Eras una cría cuando me fui. ¿Me tuteas? Al fin y al cabo, no somos extraños.

—Mateo, creo que puedo ayudarte con el trabajo. En la tienda necesitan un reponedor. No es duro, solo dos días a la semana. Pero tendrás contrato.

—¡Genial! Solo faltaría encontrar esposa —bromeó.

Al día siguiente, Ana habló con la dueña y lo contrataron. Por la tarde, Mateo visitó a Carla con golosinas. De vuelta, compartió autobús con Ana.

—Gracias. Me salvaste.

—Es por Carla, no me des las gracias. Pero lo de la esposa…

—Es imposible. Ni siquiera conozco a chicas solteras.

—¡No hay nada imposible! —Ana frunció el ceño.

—Ana, ¿y tú? ¿Tienes novio?

—No. Pero no pienso casarme —se ruborizó y apartó la mirada.

—No me expliqué bien. ¿Y si hacemos un matrimonio de mentira? Solo para los papeles. En seis meses nos divorciamos.

Ana lo miró como si estuviera loco.

—¡Por favor! Te pagaré. ¡Ayúdanos! —suplicó él.

—Vale. Pero no quiero dinero. Es por Carla.

¡Dos meses después, la niña ya estaba en casa. Ana pasó la primera semana con ellos por si venía la comisión. Ambos temían que descubrieran el engaño.

A Carla le encantó volver, pero se encariñó demasiado con Ana.

—Carla, Ana es solo una amiga. No es mi mujer de verdad.

—¿Y qué? ¿No puede quedarse? —preguntó la niña.

—No. Tiene su casa, su abuela…

—Pero yo la extrañaré.

—Yo también —susurró MateoAna y Mateo se casaron de verdad al ver que el amor que nació entre ellos era más fuerte que cualquier acuerdo fingido, y juntos formaron una familia llena de alegría y calor para Carla, que por fin tuvo el hogar que siempre mereció.

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