**Diario de un hombre**
Basta de tonterías, ¡que tengo hambre! ¿Acaso dos días con un resfriado son excusa para quedarse en la cama?
El no entender lo más básico por parte de su marido fue el punto de no retorno en la vida de mi amiga. Conozco a Lucía desde el colegio. Siempre la vi como una mujer fuerte, pero que aguantase ese matrimonio durante tres años todavía me deja sin palabras.
Su marido, Rodrigo, era de esos que solo veían las cosas a su manera. ¿Te duele la cabeza o tienes cuarenta de fiebre? Da igual, lo importante es que la cena esté a tiempo. Para Rodrigo, el estatus de esposa incluía ser cocinera, limpiadora, enfermera y psicóloga, pero él, en cambio, asumía esos roles con indiferencia y ni siquiera era capaz de mostrar un poco de compasión.
Incluso cuando Lucía estuvo hospitalizada por complicaciones de la gripe, él ni siquiera fue a visitarla. Y al salir del hospital, lo primero que le pidió fue: “Alguien tiene que hacer la cena”. Cuando Lucía le dijo que no había dormido en toda la noche, él soltó un bufido: “¡Vaya drama! Cansada… Pues en lugar de vaguear, muévete, que tengo hambre”.
Lucía se levantó, pero no para ir a comprar, sino al registro civil. Luego recogió sus cosas y se fue a casa de sus padres. En silencio, sin gritos ni discusiones. Simplemente, se marchó.
Y fue lo correcto. Cuando el amor se convierte en desprecio, quedarse es destrozarse a una misma. Ahora Lucía ha vuelto a ser ella, escucho fuerza en su voz. Y estoy seguro de que le espera un futuro mejor.
**Lección aprendida:** A veces, la mejor forma de respetarse es aprender a soltar, por muy doloroso que sea.





