Baile con Vestido

EL BAILE DEL VESTIDO

—¿Te pasa algo, niña?

Al lado de Lucía estaba un señor mayor. Parecía salido de esas novelas antiguas que tanto le gustaban. Ya lo había visto antes paseando por el parque, siempre con un abrigo negro largo, sombrero y un bastón elegante. Le recordaba al conde de aquel libro que leyó hace poco, ese que solo vestía de negro y se vengaba con justicia.

—No, todo bien.

Se sonó la nariz, y el hombre le tendió un pañuelo al instante. Dudó un segundo antes de agarrarlo y sonarse con fuerza. Él no pudo evitar sonreír mientras Lucía lo miraba.

—Lo lavaré y se lo devuelvo.

Se rió.

—No hace falta, tengo pañuelos de sobra. ¿Qué te parece si nos tomamos un helado?

No supo qué contestar, pero al final susurró:

—Gracias, pero no llevo dinero. Quizá otro día.

—Don Antonio Martínez.

El hombre se quitó el sombrero en un gesto educado.

—Lucía.

Ella no llevaba sombrero, así que se levantó. Don Antonio le ofreció el brazo al instante.

—Cuando un hombre, sea de la edad que sea, acompaña a una dama, niña o mujer, lo último que debe preocuparle es quién paga el helado.

Lucía lo escuchaba como hechizada. Esas palabras sonaban a otro mundo, uno muy distinto al suyo.

Ese día, Alba, su compañera de clase, la humilló otra vez. Todo empezó en el recreo. Mientras los demás iban al comedor, Lucía, como siempre, se sentó en el alféizar con un libro. Nunca iba al comedor porque no tenía dinero.

—¡Lucía!

Alzó la vista. Alba estaba frente a ella, con Pablo, el chico que le gustaba desde quinto de primaria.

—¿Qué?

—Me sobró una croqueta. Puedes ir a recogerla si quieres.

Los compañeros se acercaban, riendo.

—No, gracias.

—Venga, ¿qué te pasa? ¿O es que no sabes lo que es una croqueta?

Las risas crecieron. Lucía saltó del alféizar, pero sus vaqueros, gastados de tanto uso, se rasgaron en la rodilla. El estallido de carcajadas fue tan fuerte que hasta las paredes vibraron. No aguantó más. Cogió su mochila y salió corriendo hacia el parque, su refugio. Allí iba cuando la escuela se volvía insoportable, o cuando sus padres llenaban la casa de invitados y alcohol.

Fue allí donde Don Antonio la vio por primera vez, sorprendido de encontrar a una chica joven leyendo. Luego notó su ropa vieja y su delgadez extrema.

Ahora estaban sentados en una terraza.

—Lucía, hoy me olvidé de comer. ¿Me harías el honor de acompañarme?

Ella sonrió. Este hombre hablaba como si viviera en otra época. Claro que aceptaría. Solo había tomado té por la mañana.

Don Antonio pidió y luego la miró.

—Vamos, cuéntame. ¿Qué entristece a una joven tan encantadora?

—Nada grave, solo problemas en el instituto.

—¿En qué curso estás?

—En segundo de bachiller. En dos meses seré libre.

—¿Y qué quieres estudiar?

—No sé… Lo que me permita la beca. Pero siempre soñé con ser médico. Aunque será solo un sueño.

—¿Por qué?

—Para ser médico hay que estudiar mucho, y yo necesito trabajar. Así que seguramente haré enfermería.

—Qué lógica más rara. Quieres ser médico pero te conformas con enfermería. ¿No se te da bien estudiar?

—No, saco buenas notas. Es que… mis padres necesitan ayuda.

Don Antonio entendió que no quería hablar de su familia. Llegó la comida y se distrajeron. Él observó cómo comía, notando que trataba de no devorarlo aunque apenas masticaba.

Después, pasearon y hablaron de libros.

—Lucía, tengo un libro que te encantará. Mañana lo traeré a esta misma hora. No faltes.

Al día siguiente, Lucía fue. En la biblioteca ya no quedaban libros que no hubiera leído. Algunos los releía.

Su amistad creció. Discutían sobre personajes literarios, y sin que ella se diera cuenta, él la iba alimentando. Sabía que vivía en un piso lujoso, solo desde que su esposa murió. No tuvieron hijos.

Una tarde, se quedó leyendo hasta que anocheció. Entró en su casa, que olía a alcohol y tabaco, y su madre, borracha, la recibió:

—¿Dónde te metes?

Intentó esquivarla, pero le dio una bofetada tan fuerte que le dejó el ojo marcado.

—¡Media hora para tener la cena lista!

Cocinó unos malditos macarrones llorando en silencio. Si su madre la oía, la golpearía otra vez.

Por la mañana, el moratón era evidente. Sabía que Alba, la reina del instituto, lo notaría y se burlaría. Pero ese día había examen, y Pablo volvía después de estar enfermo. No podía faltar.

En el recreo, Alba se acercó. Lucía intentó irse, pero no la dejó.

—Lucía, ¿ya tienes vestido para la graduación? A ver, déjame adivinar… ¿pediste uno a los mendigos?

Las risas estallaron. Alba vio su ojo morado.

—Vaya regalo. ¿Quién te lo dio? ¿Tu novio? ¿Vendrá contigo a la graduación? Seguro que puede vender unas botellas y comprarse un esmoquin…

Lucía la apartó y salió corriendo. Lloraba tanto que no vio a Don Antonio saludándola. Él la encontró junto al estanque, mirando el agua.

—¿Por qué huyes de mí?

Ella se volvió.

—Don Antonio, perdón, no le vi.

—Lucilla, ¿qué te pasa?

Y entonces se derrumbó. Se lo contó todo.

En la graduación, Alba se pavoneaba frente a Pablo.

—¿Listo para bailar con la reina de la fiesta?

Él sonrió.

—¿Tan segura estás de que serás la reina?

Alba miró a las demás con desdén.

—¿Crees que alguien puede competir conmigo?

—Bueno, no te ofendas, pero…

Tenía razón. Su vestido, carísimo, lleno de lentejuelas y escotes, ecl théor a los demás. Hasta que un coche negro paró frente al instituto. Un chófer con librea abrió la puerta, y apareció Don Antonio, impecable en esmoquin y pajarita.

—¿Quién es? —murmuró Pablo.

El hombre ayudó a bajar a una chica. Todos contuvieron el aliento. Era Lucía.

—La mendiga… —musitó Alba, boquiabierta.

Durante el vals, Don Antonio le tendió la mano.

—¿Me concedes este baile?

Ni en sus sueños más locos imaginó algo así. Bailaron con elegancia, como si él no tuviera más de nada.

Cuando nombraron a Lucía reina de la fiesta, Alba salió corriendo. Pablo se acercó después.

—Hola. Estás preciosa.

Ella sintió el calor subirle a las mejillas.

—Hola, gracias…

—¿Bailamos?

Lucía lo miró y soltó una carcajada.

—Pablo, ¿con quién quieres bailar? ¿Conmigo o con el vestido?

—¿Qué?

—Cuando no llevaba todo esto, no querías ni hablarme. Ya te lo prestaré luego, para que bailes con él. Será romántico: *el baile del vestido*.

Don Antonio sonrió. Su nieta era puro fuego. Y él haría lo imposible por mantenerlo vivo. Porque a veces,Y mientras Lucía brillaba bajo las luces del salón, Don Antonio supo que, al fin, su soledad también había terminado.

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