**Viaje al mar**
—Lucía, no lo permito, ¿me oyes? Solo tienes dieciocho años. No lo entiendes… —Isabel alzaba la voz una y otra vez. Llevaban horas discutiendo.
—¡Tú eres la que no entiende! Todos van, y a mí, como siempre, se me prohíbe —respondió Lucía, firme en su postura.
—¿Quiénes son “todos”? ¿Tu amiga Marta? A ella su madre le permite hasta lo imposible… —Isabel se calló de golpe, sintiendo que iba demasiado lejos—. Escúchame, hija…
—¿Y tú me escuchaste cuando dije que no quería saber nada de Javier? Ah, claro, la opinión de una niña no importa. No me escuchaste e hiciste lo que quisiste. Dijiste que querías ser feliz. ¿Y qué? ¿Eres feliz, mamá? Ya no soy una niña, soy mayor de edad. Y también quiero ser feliz. Iré, te guste o no. No necesito tu dinero, si es eso lo que te preocupa —los ojos de Lucía brillaban por las lágrimas.
—Yo solo quiero que seas feliz, de verdad. Podrías cometer un error del que te arrepentirás toda la vida. Piensa, Lucía. Allá dependerás completamente de tu Pablo. ¿Estás segura de él? Apenas lo conoces. No habrá nadie cerca…
—No te preocupes, no volveré con un bebé en el vientre —respondió Lucía con sarcasmo.
—No nos escuchamos —Isabel, exhausta, se dejó caer en el sofá.
Estaba cansada de justificarse. Su marido la abandonó con Lucía de tres años, una pensión exigua y desapareció. Cuando conoció a Javier, no esperaba volver a amar ni a confiar en un hombre. Él intentó durante años ser un padre para Lucía, ganarse su amistad. Pero ella jamás lo aceptó.
Isabel recordaba cómo su hija recibió a Javier con hostilidad la primera vez que visitó su casa. Después de que se fuera, preguntó:
—¿Va a vivir con nosotras?
—Sí. ¿Te molesta?
—¿Acaso importa mi opinión? Harás lo que quieras —la adolescente de doce años frunció el ceño.
Isabel intentó explicarle que Javier era bueno, que pronto lo entendería.
—Es que no lo conoces. Ya verás, te caerá bien.
—Tu hija solo está celosa —dijo su amiga psicóloga—. No puedes ceder a sus caprichos. Antes de que te des cuenta, crecerá, se casará y te quedarás sola. Un hombre como Javier no aparece dos veces. No tienes que elegir entre él y Lucía. Con tiempo, todo se arreglará.
Isabel intentó no descuidar a su hija, pero no siempre lo lograba. Su corazón tiraba hacia Javier, mientras Lucía luchaba por su atención. Se sentía dividida. Cuando Lucía entendió que su madre ya no le pertenecía por completo, se distanció. Y este era el resultado: ya no se escuchaban.
Ahora Lucía se vengaba. Pablo era un chico educado, de buena familia. No tenía nada contra él, pero ¿permitir que su hija viajara con él al sur?
Cuando un hombre visita a los padres de su novia, siempre muestra su mejor cara. ¿Pero cómo es en realidad? Solo vemos la punta del iceberg.
Quizás para los padres de él era más fácil. Isabel solo tenía a su hija. Nunca se habían separado, y ahora quería irse al sur con un chico. Sabía lo que pasaría: vino, noches de pasión. Había criado a Lucía sola, protegiéndola. Era natural que le costara aceptar que ya era una mujer con vida propia.
Pero no podía retenerla para siempre. Incluso Javier pensaba que debía darle libertad. No era tonta, entendería las cosas. Cuando Isabel le dijo que, si Lucía fuera su hija, dudaría en dejarla ir, Javier enrojeció pero guardó silencio. Claro que no la dejaría. Isabel le agradeció que no avivara la discusión. Se apartó, dejando que madre e hija resolvieran solas.
Tal vez debió olvidar a Javier, sacrificarse por Lucía. Pero ¿cómo olvidarse de sí misma si solo tenía treinta y pocos años y anhelaba amor?
Ahora era su hija quien quería ser feliz, sin escucharla. ¿Qué hacer? Es fácil dar consejos cuando no es tu propia hija. El sentido común se ahoga ante el miedo y el amor maternal. Toda madre quiere evitar que su hija cometa errores. Pero ¿y si ese era el mayor error?
Isabel entró en la habitación de Lucía, que estaba en la cama, revisando su móvil. *“Se quejará con Pablo”*, pensó.
—Estoy cansada de pelear. Es natural que tema por ti, que quiera evitarte errores. Solo tienes dieciocho… Ve. Pero prométeme que llamarás y no apagarás el teléfono.
Lucía levantó la vista, sorprendida. No esperaba que cediera.
—Vale —dijo secamente.
*“Antes se habría abrazado a mí, me habría llamado ‘mamá’. Ahora actúa como si me hiciera un favor”*, pensó Isabel. Quiso decir más, pero solo suspiró y salió. *“Que se vaya. Al menos no nos separamos como enemigas”*.
En la cocina, intentaba calmarse cuando Lucía asomó.
—¿Me llevo la maleta azul?
—Claro. ¿Cuándo os vais?
—Esta noche, ya te lo dije.
Isabel no lo recordaba. ¿Tan pronto? Aún no asimilaba que su hija viajaría sola. *“Dios, ¿qué hago sentada?”* Sacó dinero de su escondite y se lo dio.
—Toma, por si acaso. Guárdalo, no le digas a Pablo. Si quieres volver, podrás comprar un billete cuando quieras.
—Gracias —Lucía lo cogió, con una leve sonrisa—. Pablo pasará a buscarme. Por favor, no me acompañes, ¿vale? —su tono era más conciliador.
Isabel asintió y salió. *“Gracias a Dios, la paz vuelve”*.
—Pensé que habría gritos, pero está todo tranquilo. ¿Al final la dejas ir? —Javier entró en la habitación. Isabel se abrazó a él.
—Qué bien que viniste. No sé si hago lo correcto, Javier. Estoy intranquila.
—Tranquila. No es tonta, sabrá cuidarse.
Pablo llegó a las diez y media.
—Tú respondes por ella. ¿Llamaréis, verdad? —Isabel contenía las lágrimas. En un momento, vio duda en los ojos de Lucía, pero desapareció.
—Estoy lista —dijo Lucía, cortando el adiós. Pablo cogió la maleta.
—No se preocupe, la devolveré sana y salva.
Cuando la puerta se cerró, Isabel corrió a la ventana. Javier la rodeó con sus brazos.
—Se subieron a un taxi. Dios, protégela…
—Vamos, tomemos algo —propuso Javier.
***
En el taxi, Pablo rodeó a Lucía y la besó.
—¡Para! —se separó, mirando al conductor.
Pablo se enderezó, pero no retiró el brazo.
*¿Habré sido injusta con mamá? Aún puedo volver…* Pero el taxi se detuvo y entraron Luis y Marta. El ambiente se volvió ruidoso, alegre, y sus dudas se esfumaron. En unas horas estarían en Málaga, frente al mar…
Alquilaron dos habitaciones. Lucía asumió que dormirían por parejas, pero le temblaban las piernas. Pablo, en cuanto estuvieron solos, la atrajo hacia la cama.
—Pero queríamos ir al mar… —protestó, pero pronto olvidó todo bajo sus caricias. El mar podía esperar.
Los días pasaron rápido. Lucía se bronceó, suAl regresar a casa y abrazar a su madre, Lucía entendió que el amor verdadero no es posesión, sino saber soltar cuando es necesario —y dejarse abrazar cuando se vuelve.





