Así fue como terminó siendo criado por su abuela, aunque su madre seguía con vida.

Así fue como terminó siendo criado por su abuela, aunque su madre seguía con vida.

Resulta que a Esteban lo crio su abuela, a pesar de que su madre aún vivía. Hay que decir que su madre era increíbleguapa y de buen corazón, pero trabajaba como cantante en la filarmónica, así que casi nunca estaba en casa. Tanto viajaba que hasta se divorció de su marido, el padre del chico. Así que solo quedaba la abuela para cuidar de Esteban.

Desde que tenía memoria, cada vez que volvía a casa a su bloque de pisos, levantaba la mirada hacia arriba y, en el cuarto piso, a través de la ventana, veía la silueta de su querida abuela esperándolo con impaciencia. Y cuando ella lo despedía para algún sitio, siempre le hacía un gesto con la mano desde la ventana, y él nunca dejaba de corresponderle.

Pero cuando Esteban cumplió los veinticinco, su abuela se fue. Ahora, al volver a casa y no ver aquella silueta querida tras el cristal, el chico se sentía indescriptiblemente triste y vacío. Incluso cuando su madre estaba en casa, Esteban se sentía solo. Hacía mucho que no hablaban de corazón, no tenían temas ni intereses en común. Ni siquiera resolvían juntos los problemas cotidianos, como si fueran extraños.

Unos meses después de la muerte de su abuela, Esteban decidió marcharse a otra ciudad. Además, su profesión era muy demandadalos especialistas en informática hacían falta en todas partes. Por Internet encontró una buena empresa que le ofrecía un sueldo alto y hasta le pagaría el alquiler. Su madre se alegró. Al fin y al cabo, su hijo ya era adulto y debía buscarse la vida lejos de ella.

De casa solo se llevó la taza favorita de su abuela como recuerdo y algo de ropa para empezar. Salió con su bolsa de viaje al hombro y, por última vez, miró hacia la ventana de la cocina, pero no vio nada. Ni siquiera su madre se acercó a despedirlo con un gesto. Un taxi lo llevó rápido a la estación de tren, y en poco tiempo ya estaba tumbado en la litera superior de un vagón.

A la mañana siguiente, el tren llegó puntual. Esteban encontró la oficina donde trabajaría, se registró y fue a buscar un piso según las direcciones que había visto antes en Internet. Mientras caminaba por la ciudad extraña con el GPS del móvil, de repente le llamó la atención un edificio de pisos. Le pareció idéntico al suyo. Claro, todos esos bloques de la época de Franco se parecen, pero a él le dio la sensación de que ese en particular tenía algo especial. Quizás porque los marcos de las ventanas estaban pintados del mismo extraño color turquesa.

Sin querer, se desvió de su ruta y se acercó lentamente al edificio. Solo quería quedarse un momento allí y recordar a su abuela. Al acercarse, levantó la cabeza instintivamente, miró hacia la ventana donde debería estar su cocina y se quedó helado. Hasta le dio vueltas la cabeza de la impresión. En el cuarto piso, tras el cristal de la cocina, vio la silueta de su abuela. La reconoció al instante, y el corazón casi se le sale del pecho.

Esteban era una persona sensata y sabía que era imposible. Así que cerró los ojos, dio media vuelta y se alejó despacio. La razón le decía que allí, tras la ventana, había otra abuela cualquiera, pero el corazón le gritaba: “¡Para! ¡Es ella!”. Y le hizo caso. Se detuvo, volvió y levantó la mirada otra vez.

La abuela seguía allí. Esteban no pudo aguantar más. Con la bolsa al hombro, corrió hacia el edificio, subió al cuarto piso y, como en su casa, la cerradura de la puerta estaba estropeada. Voló escaleras arriba y tocó el timbre. La puerta la abrió una chica adormilada con una bata, que lo miró con desconcierto y preguntó, molesta:

“¿Qué quiere?”.

“¿Yo? Yo a mi abuela”.

“¿A su abuela?”, repitió la chica, sorprendida. Luego, de repente, sonrió y gritó hacia dentro: “¡Mamá! ¡Han venido a verte!”.

Mientras su madre llegaba, la chica miraba con curiosidad a aquel chico raro. Y a Esteban no solo le daba vueltas la cabezasentía que el corazón se le paraba.

“¿Quién me llama?”, apareció en el umbral una mujer de unos cincuenta, igual de adormilada y con otra bata.

“Mamá, imagínate”, dijo la chica, sonriendo de nuevo. “Te ha llamado abuela”.

“Esperen”, susurró Esteban. “No he llamado a esta señora Yo Allí, en su ventana En la cocina Había una abuela La mía. La vi, de verdad”.

“¿Qué, estás colocado o qué?”, dijo la chica con desprecio. “¡Aquí no hay ninguna abuela! ¡Solo vivimos mi madre y yo! ¿Entiendes?”.

“Sí, entiendo Perdón Me confundí”. A Esteban todo se le nublaba. Dio un paso atrás, dejó la bolsa en el suelo y, para no caerse, se apoyó en la pared. “Perdón Esperaré aquí un momento y me iré”.

La chica empezó a cerrar la puerta, pero su madre no se lo permitió.

“Oye, chico”, le dijo con preocupación, “¿cómo te encuentras?”.

“Bien”, mintió en voz baja. “No se preocupe”.

“A mí me parece que tienes la tensión por las nubes. Tienes la cara como un tomate Vamos, pasa”. Salió al pasillo, lo agarró del brazo y lo llevó con cuidado al piso, dando órdenes a su hija: “¡Laura, coge su bolsa y métela dentro! ¡Y tráeme el tensiómetro del recibidor! ¡Rápido!”.

La hija, con los ojos como platos del susto, obedeció.

La mujer lo sentó en el sofá del recibidor y, sin decir nada, le tomó la tensión. Luego siguió dando instrucciones, mientras su hija observaba todo con la boca abierta.

“Tráeme mi bolso. Tengo inyecciones ahí”. Luego se dirigió a Esteban. “Por si acaso, te voy a poner algo y llamaremos a urgencias”.

“¡No hace falta!”, dijo él, asustado. “Es que vengo del tren No tengo nada aquí Ni siquiera he alquilado piso aún”.

“¡Hazle caso a mi madre!”, interrumpió Laura. “¡Mi madre es médica, entiendes?”.

“¿Tú no eres de aquí?”, preguntó la mujer.

Él, en vez de responder, asintió débilmente. Luego repitió:

“Por favor, no llamen a nadie Mañana empiezo a trabajar. Es mi primer día Acabo de entrar”.

“¡Cállate!”. La mujer ya le estaba pinchando. “¿Has tenido antes ataques así?”.

“No”, susurró.

“¿Cuántos años tienes?”.

“Veinticinco”.

“¿Problemas de corazón?”.

“Le juro que estoy perfectamente”.

“¿Perfectamente? ¿Y por qué tienes la tensión a 180? No es ninguna tontería”.

“Quizá por los nervios”.

“¿Qué nervios?”.

“Le digo que he visto a mi abuela en su ventana. Estaba ahí, en la cocina, mirándome”.

“¿Tu abuela?”.

“Sí. Pero ella murió. Hace dos meses. ¿No hay ninguna abuela en este piso?”.

“Vaya rareza”, sonrió Laura. “Ya te dije que solo vivimos mi madre y yo. Pero para que te quedes tranquilo, voy a la cocina a mirar”.

Laura, de hecho, fue alegremente a la cocina y, al cabo de unos segundos,

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Así fue como terminó siendo criado por su abuela, aunque su madre seguía con vida.