*El amor de una vida*
A los catorce años, a Alba le cayeron encima las tareas de la casa, el cuidado de su madre enferma y, por si fuera poco, tenía que sacar buenas notas en el colegio. Soñaba con ser médica.
—Mamá, cuando termine la carrera, te curaré. Tú te pondrás bien, aún eres joven —le decía a su madre, aunque luego, a escondidas, lloraba en su habitación por la impotencia y la rabia.
Vivían las tres en un pueblo de la sierra de Madrid, en una casita con jardín, donde todos se conocían y nadie se perdía un chisme. Su padre, Rodrigo, nunca ayudaba en nada, ni siquiera hablaba con ellas sin gruñir. Jamás recibieron una palabra amable de él. Y cuando Vera enfermó de verdad, el hombre hizo la maleta y se largó.
Alba, al principio, ni se inmutó. «Igual tiene un viaje de trabajo», pensó. Pero la realidad le golpeó cuando su padre, ya en la puerta, le soltó:
—Me voy para siempre. Esta vida no es para mí, menos con una mujer enferma. Necesito una esposa sana, no una inválida. Tú ya eres mayor, te las arreglarás. El dinero os lo mandaré por correo.
La chica creyó que era una broma de mal gusto, pero el portazo le quitó las dudas. Vera, en cambio, se quedó sonriendo en la cama.
—Mamá, ¿de qué te ríes? ¡No sé cómo vamos a salir adelante!
—Hija mía, ¿qué más da? ¿Acaso ese hombre nos ha dado algo bueno? Solo malhumor y desprecio. Ve a casa de tío Luis y dile que venga, por favor.
Alba asintió y salió. Desde hacía tiempo, notaba que Luis, el vecino de enfrente, miraba a su madre de un modo especial. Su padre jamás la había mirado así. Luis siempre les saludaba con una sonrisa, halagaba a Vera y, en los cumpleaños, le regalaba flores y una caja de bombones (eso sí, cuando Rodrigo no estaba). Alba lo veía todo, pero callaba. A ella también le daba chocolatinas.
Su padre, en cambio, nunca regaló nada, ni siquiera un «feliz cumpleaños». Vera, por su parte, se comportaba como una mujer decente, aunque las vecinas cotillas la llamaran «la ligona de la calle». Una vez, con trece años, Alba oyó a Luis confesarle su amor:
—Vera, siempre estaré a tu lado, pase lo que pase. Nunca lo dudes.
Su madre se rio y contestó:
—Ay, Luis, yo soy casada y fiel, aunque mi marido no lo merezca. No hace falta que digas esas cosas.
Para entonces, Alba ya entendía de amores. Sabía que Luis quería a su madre, pero se mantenía discreto, sin dar pie a chismes. Y, sobre todo, siempre estaba ahí. Sin querer, la chica comparaba a su padre con Luis, y el resultado era desastroso para el primero. Poco a poco, ella también le cogió cariño.
Con los años, Alba le preguntó a su madre:
—Mamá, ¿por qué te casaste con papá y no con tío Luis?
Vera se enfadó y no contestó. La chica no volvió a preguntar.
Pero entonces vino la desgracia. Vera se cayó y se rompió la pierna en dos sitios. Ya parecía mejorar cuando, de repente, empeoró. Los médicos hablaron de un **bulto en el hueso**. No podía ni levantarse de la cama. Y justo entonces, Rodrigo decidió largarse para siempre. Ni se despidió. Nunca más se supo de él, y a Alba le importaba un pimiento.
Mientras Vera estaba postrada, Luis mandaba medicinas con Alba y se ofrecía a ayudar. El día que la chica fue a su casa, él lo supo al instante. Vivía solo, pero su hogar era acogedor y ordenado.
—Tío Luis, mamá quiere que vayas —le dijo Alba.
—¿Y tu padre? No le va a gustar.
—Nos ha abandonado. Anoche se fue y dijo que para siempre.
No hizo falta más. Luis acudió de inmediato. Se sentó junto a Vera, hablaron largo rato… y se quedó para siempre. Alba ni se dio cuenta de cuándo pasó. Fue como si siempre hubiera estado allí.
Cuidó de Vera con esmero: trajo médicos a casa, la llevó a mil hospitales y, poco a poco, ella mejoró. Hasta se levantó de la cama. ¡Qué alegría! Con Luis en casa, la vida de Alba se alivió. Él se ocupó de todo para que ella pudiera estudiar.
—Alba, tú concéntrate en los libros. Serás una gran médica, ya lo verás —la animaba él, convencido.
A veces, la chica lo veía cabizbajo, pero callaba. Delante de Vera, siempre sonreía. Más tarde supo que eran los chismes de las vecinas:
—¡Qué dirán! Un vecino cuidando a una mujer enferma… Por algo la dejó el marido. Encima, ahora mete a otro en casa.
Luis hacía oídos sordos, aunque le dolía. Vera, mientras, recuperaba fuerzas. Al principio, caminaba con bastón, pero luego salían juntos a pasear, para que ejercitara la pierna. Con el tiempo, todo pasó. Vera floreció: antes miraba al suelo, ahora iba con la cabeza alta, del brazo de Luis. Y no había dos personas más felices en el pueblo.
La vecina, Carmen, le decía:
—Vera, no hay quien te reconozca. ¡Qué guapa estás! Y Luis no te quita ojo. No hagas caso a la gente, ya se cansarán de hablar.
—Yo paso de ellos —sonreía Vera—. La felicidad no se puede esconder, así que vivo como me da la gana.
Aunque las malas lenguas no callaban. Cuando se enteraron de que Vera estaba embarazada, escupieron veneno:
—¡Madre a su edad! ¡Qué descarada!
Pero Luis y Vera se casaron, felices, esperando a su hija. Alba también estaba contenta: su madre se recuperaba, era feliz y pronto tendría una h





