Amor hasta la tumba
Lucía salió del supermercado, ajustó mejor la bolsa de la compra y caminó hacia su casa. Había comprado poco, pero la bolsa pesaba como si llevara piedras. Al llegar, se detuvo frente al portal. «No hay luz en las ventanas. Juli se ha escapado otra vez de casa». Meneó la cabeza con fastidio. «Que solo aparezca… Desde que se ligó a ese… Dani, sus notas han caído en picado, falta a clase. Los profesores se quejan. Y con la Selectividad a la vuelta, la entrada a la universidad. Cuando vuelvas, te vas a enterar…», se repetía mientras subía las escaleras con paso pesado.
En casa, dejó la bolsa sobre una silla de la cocina y miró hacia los fogones. «Claro. Le pedí que pelara patatas o hiciera unos macarrones. Pero no, se escapó… ¿Qué hago con ella? ¡Ay, Dios mío!»
Se quitó la chaqueta con movimientos bruscos, la colgó en el recibidor y volvió a la cocina. Abrió y cerró la nevera con fuerza, sacó cacharros sin cuidado—Lucía cocinaba la cena entre bufidos de rabia, prometiéndose a sí misma que, esta vez, hablaría muy seriamente con su hija en cuanto llegara.
Pero Juli no tenía prisa. Eran casi las once de la noche y aún no aparecía. Lucía no podía estar quieta. Paseaba de un lado a otro del salón, murmurando como un mantra:
«Que solo llegue… Cuando vuelva, le voy a dar una lección que no olvidará. Me dejo la piel trabajando para que no le falte de nada, y la muy… ni unos macarrones sabe hacerse. Estoy harta, todo cae sobre mí… ¿Cree que a mí no me gustaría tener una vida? Casi me pasó lo mismo, quedándome sola con una niña en brazos. Desagradecida… ¿Quiere repetir mi historia? Que lo intente, ya verá lo que es bueno».
La rabia y la frustración llegaron a su punto más alto. Le habría gustado romper algo, gritar, soltar aunque fuera un poco del fuego que le abrasaba por dentro.
Cuando oyó la llave en la cerradura, la alegría de que su hija estuviera a salvo le hizo olvidar todo el enfado. Pero al ver su cara culpable, sus ojos brillantes de felicidad, la ira volvió con más fuerza.
—¿Dónde estabas? ¿Sabes qué hora es? ¿Y los deberes? La Selectividad está a la vuelta y tú de juerga quién sabe dónde —chilló, sin importarle que los vecinos la oyeran.
—Los deberes los hice… —intentó defenderse Juli.
—¡Cállate! ¡A tu madre no se le replica! ¿Te has vuelto loca? Te he criado para que estudies, tengas un buen trabajo, salgamos adelante. Y tú repites mis errores.
—No repito nada. No grites… —repuso Juli, con los ojos apagados y las mejillas encendidas.
—Ah, tú… —Lucía contuvo las palabras que quería soltar, mordiéndose la lengua a tiempo.
Miró alrededor, buscando algo con qué castigarla. Juli aprovechó para intentar escabullirse a su habitación, pero no fue tan fácil. Al final, Lucía agarró un paraguas plegable de la mesita y lo alzó.
—¡Mamá! —gritó Juli, encogiéndose y protegiéndose la cabeza con las manos.
El grito, la postura de su hija, le hicieron bajar el brazo de golpe. El paraguas cayó al suelo con un golpe seco. Lucía se encorvó, como si toda su ira, que la había mantenido tensa, se desvaneciera de repente.
—No doy crédito, no sé dónde buscarte, y tú… ¿Qué llevas en el dedo? ¿De dónde es eso? —preguntó débilmente, agotada de repente.
Se dejó caer en un taburete del recibidor.
Juli apartó las manos de la cabeza y miró el anillo sencillo de oro con una pequeña piedra blanca.
—Es de Dani. —Miró a su madre con timidez, como si la tormenta hubiera pasado.
—Todavía estás en el instituto. ¿Él no lo sabe? —preguntó Lucía, clavando la vista en el anillo.
—Lo sabe. ¿Y qué? En dos meses habré terminado los exámenes y…
—¿Serás mayor? Vamos, anda. Mientras vivas bajo mi techo, respeta mis normas. Ayuda en casa sin que tenga que decírtelo. ¿Crees que por ser mayor puedes hacer lo que te dé la gana? ¿Salir de noche? ¿No volver a dormir? ¿Dejar los estudios? ¿Y si quedas embarazada? —La ira volvía a subir.
Sabía que iba demasiado lejos, pero no podía parar.
—Mamá, él me quiere. Y yo a él —dijo Juli con desesperación.
—Si te quisiera, buscaría lo mejor para ti, no arruinarte. Y de dónde ha salido ese… —Lucía negó con la cabeza, balanceándose, y un suspiro—o un gemido—escapó de su pecho.
Aquella noche dio vueltas en la cama. Los nervios, la discusión, la preocupación por su hija no la dejaban relajarse. ¿Cómo había llegado su niña, lista, obediente, su orgullo, a esto? Se imaginaba los peores escenarios, uno tras otro. Agotada, marcó el número de su única amiga.
—¿Qué pasa? —preguntó Poli con voz ronca de sueño, seguida de un bostezo—. ¿Has visto la hora?
—Perdona. Pero no tengo con quién hablar. Juli… ella…
—Ya te lo dije, que no la sobreprotejas. ¿Qué ha hecho ahora?
—Ay, Poli, se ha liado con un chico mayor, las notas han bajado, falta a clase. Los profesores se quejan. Qué vergüenza… —Otro bostezo en la línea—. Perdona. ¿Qué hago? —Calló un momento, luego habló rápido antes de que su amiga colgara—. Le ha regalado un anillo. Habla de amor, pero solo tiene diecisiete. Le arruinará la vida. ¿Te has dormido? Bueno, mañana llamo. —Dejó el móvil y se tumbó.
Compartir su dolor la alivió un poco. Por fin se durmió, pero el sueño fue inquieto. Por la mañana, las cosas parecían menos graves. Decidió actuar antes de que fuera tarde. Pero ¿cómo?
Mientras se lavaba y calentaba agua, pensaba cómo hacer entrar en razón a su hija. Asomó a la habitación de Juli. Dormía de lado, con la mano bajo la mejilla. El corazón le dio un vuelco de ternura y miedo. Suspiró, cerró la puerta y se vistió para el trabajo.
Al salir, cogió sus llaves del llavero. La solución llegó sola. Buscó en el bolsillo de la chaqueta de Juli, sacó sus llaves y, tras dudar un segundo, se las guardó.
Luego abrió el cajón de la mesita, encontró las llaves de repuesto de su exmarido y cerró la puerta con ellas. «Así se quedará en casa. Mañana aviso a la tutora, diré que está mala. Al menos no saldrá. Que reflexione». Le parecía la decisión correcta. Y al volver, hablarían. Tendría tiempo de preparar las palabras.
Si hubiera imaginado lo que pasaría… Pero tras una noche en vela, su mente no daba para más.
A las nueve, Juli llamó gritando, preguntando por qué la había encerrado.
—Para que pienses. Luego hablamos. No me interrumpas en el trabajo —respondió Lucía secamente.
Su hija no volvió a llamar. El día se hizo eterno. Las palabras adecuadas no llegaban, solo el rencor y las amenazas.
De vueltaLucía llegó a casa y encontró a Juli sentada en el sofá, con los ojos enrojecidos pero una sonrisa tímida en los labios, como si finalmente algo dentro de ella hubiera empezado a sanar.





