El Amor Hasta la Tumba
Carmen salió de la tienda, ajustó mejor la bolsa de la compra y emprendió el camino a casa. Había comprado poco, pero la bolsa le pesaba en el brazo. Al llegar a la puerta de su edificio, se detuvo. “No hay luz en las ventanas. Patri se ha escapado otra vez”. Carmen movió la cabeza con fastidio. “Ya verá cuando vuelva… Desde que anda con ese… Alejandro, las notas han bajado, falta a clase. Los profesores se quejan. Y encima están las selectividades y la universidad. Cuando aparezca, le voy a…”. Se repetía esto mientras subía las escaleras con paso firme.
En casa, dejó la bolsa sobre una silla de la cocina. Miró hacia la placa de cocción. “Claro. Le pedí que pelara patatas o hiciera unos macarrones. Se escapó… ¿Qué hago con ella? Ay, Dios mío…”.
Con gestos bruscos, se quitó la chaqueta y la colgó en el recibidor antes de volver a la cocina. Golpeó la puerta de la nevera, hizo sonar los platos—todo mientras preparaba la cena, prometiéndose que esta vez hablaría seriamente con su hija en cuanto regresara.
Pero Patricia no tenía prisa. Eran casi las once y media y aún no había vuelto. Carmen no podía estarse quieta. Paseaba de un lado a otro, murmurando como un mantra:
“Cuando vuelvas… Cuando vuelvas, te vas a enterar. Lo tienes todo, y ni siquiera puedes cocinar unos macarrones… Estoy harta, todo lo hago yo. ¿Cree que no quise tener mi vida? Casi igual que ella, sola con una niña en brazos. Desagradecida… ¿Quiere repetir mi historia? Que lo intente, ya verá lo que es bueno…”.
La rabia le hervía por dentro, hasta que el sonido de la llave en la cerradura la hizo respirar aliviada. Pero al ver la cara culpable de Patricia, con ojos brillantes de felicidad, la ira volvió con más fuerza.
“¿Dónde estabas? ¿Sabes qué hora es? ¿Y los estudios? Las selectividades están a la vuelta de la esquina, y tú por ahí, Dios sabe dónde—”, gritó, olvidando que los vecinos podían oírla.
“Los deberes los hice…”, intentó defenderse Patricia.
“¡Calla! ¿Te crees muy lista? ¿Todo el sacrificio para esto? Para que repitas mis errores”.
“No repito nada. No grites…”, contestó Patricia, con los ojos apagados y las mejillas encendidas.
Carmen contuvo un insulto a punto de escapar. Miró alrededor, buscando algo con qué castigarla, y al fin agarró un paraguas plegable de la mesilla. Levantó el brazo, pero el grito de su hija—”¡Mamá!”—la paralizó. El paraguas cayó al suelo.
“Me vuelvo loca de preocupación, y tú… ¿Qué llevas en el dedo? ¿De dónde es eso?”, preguntó, exhausta, mientras se dejaba caer en un taburete.
Patricia bajó las manos de la cabeza y miró el anillo sencillo de oro con una piedra blanca.
“Es de Alejandro”.
“Eres una niña. ¿No lo sabe él?”, murmuró Carmen, hipnotizada por el brillo del anillo.
“Lo sabe. ¿Y qué? En dos meses termino el instituto y…”.
“¿Serás adulta? Ja. Mientras vivas bajo mi techo, seguirás mis reglas. ¿Crees que por tener diecisiete años puedes hacer lo que te dé la gana? ¿Salir de noche? ¿No volver a casa? ¿Y si quedas embarazada?”.
“Él me quiere. Y yo a él”, dijo Patricia, desesperada.
“Si te quisiera, no te pondría en peligro. ¿De dónde ha salido este…?”. Carmen negó con la cabeza, con un gemido ahogado.
Esa noche no podía dormir. Las imágenes de lo peor—Patricia arruinada, embarazada, perdida—danzaban en su mente. Finalmente, llamó a su única amiga, Lola.
“¿Qué pasa?”, dijo Lola, medio dormida.
“Perdona. Necesito hablar. Es Patricia…”.
“Ya te dije que no la sobreprotejas. ¿Qué ha hecho ahora?”.
“Se ha liado con un chico mayor, no estudia, falta a clase… ¡Hasta le ha dado un anillo! Habla de amor, Lola, pero tiene diecisiete años. Va a arruinarle la vida…”.
Al día siguiente, decidió actuar. Mientras Patricia dormía, le quitó las llaves y cerró la puerta con las de repuesto. “Así no saldrá. Mañana avisaré al tutor”.
Pero al volver del trabajo, encontró una multitud frente al edificio de enfrente. Una vecina, Remedios, la miró con compasión.
“Carmen… No te alteres. Han llamado a la policía y a emergencias”.
El corazón le dio un vuelco. Siguió la mirada de Remedios hacia la azotea. Allí estaban, Patricia y Alejandro, cogidos de la mano en el borde.
“¡Patri!”, gritó, pero solo un gemido salió de su garganta.
Los comentarios de la gente la envolvían: “Es el Alejandro… el padre en la cárcel… la chica tan buena…”.
De repente, vio moverse las figuras. Creyó que saltaban. Dio un paso hacia adelante, pero todo se oscureció.
Al despertar, vio a un joven de emergencias. No era Alejandro.
“Patri…”, susurró.
“Está bien. Allí está”.
Patricia corrió hacia ella, llorando. “Perdón…”.
La policía llegó, pero fue demasiado tarde para Alejandro, cuyo cuerpo fue llevado en una bolsa negra.
Los días siguientes fueron un silencio helado. Patricia no hablaba. Carmen pidió días libres y no la dejó sola. Poco a poco, volvió a la rutina. Hizo bien los exámenes, pero se negó a ir a la fiesta de graduación.
Pasaron los meses. Un día, Carmen oyó risas en la habitación de Patricia. Al asomarse, vio a un joven desconocido.
“Mamá, este es…”.
“¿No me recuerda?”, dijo él con una sonrisa amplia.
Era Pablo, el chico de emergencias de aquel día. Se habían encontrado por casualidad.
Esa Navidad la celebraron juntos. Dos años después, Pablo y Patricia se casaron.
Cuando el amor llega al corazón, los jóvenes acuden como polillas a la luz. Pero a veces, el primer amor quema las alas. No todos saben aguantar las tormentas. Y para algunos, el final no es “para siempre”, sino simplemente… el final.
“La vida es demasiado larga para el amor. Demasiado larga, sin más”.





