Mi vecina cogía costumbre de pedirme sal, azúcar y huevos, pero jamás me los devolvía. Cuando vino a por harina, le presenté la cuenta de todos los productos prestados.

21 de enero

Siempre recordé el dicho: Tonto el último, pero más tonto el que deja que le tomen el pelo. Antes me parecía algo exagerado, pero la vida se ha encargado de demostrarme que, en el fondo, tiene razón.

Todo empezó hace unos seis meses, cuando una nueva vecina se mudó enfrente de mi piso en Madrid. Se llama Estrella, una mujer de unos cuarenta años, siempre impecable y sonriente. Nos saludábamos de pasada en el ascensor, lo típico. Cordialidad de vecinos y poco más.

Su primer toque a mi puerta no tardó en llegar. Serían casi las nueve de la noche de un miércoles, cuando abrí la puerta y la vi con una expresión entre apurada y amable, y un pequeño cuenco vacío en la mano.

Perdona que te moleste me soltó. Iba a hacer unas tortitas y, mira tú, se me ha acabado la sal. ¿Podrías darme un poco? Te la devuelvo mañana, te lo prometo.

¿Cómo negarme a algo tan simple? Le llené más de media salera. Ella me lo agradeció con una gran sonrisa y desapareció.

Pero el asunto no quedó ahí. Unos días después volvió. Esta vez lo que le hacía falta era azúcar.

Es que me apetecía un té caliente y, con el frío y la lluvia, no me animo a bajar a comprar. ¿Me prestarías un vaso de azúcar? Mañana mismo te traigo un paquete grande.

No me importó prestarle. Aunque en el fondo, algo empezó a chirriarme. ¿Cómo podía haber pasado un mes en casa sin comprar los básicos? Sal, azúcar, aceite, cerillas Esa pequeña lista que todos tenemos en casa. Pero decidí no darle más importancia.

A la semana siguiente necesitó huevos. Después, un chorrito de aceite de oliva, luego cebolla, medio limón, una bolsita de té, un paracetamol y, sí, hasta un rollo de papel higiénico.

Siempre era la misma historia: tarde o noche, mirada de cordero, excusa de se me olvidó comprar y promesa de devolución al día siguiente. Pero nunca regresó nada. Eso sí, la memoria de Estrella solo funcionaba para saber que yo estaba casi siempre en casa, no para acordarse de sus deudas.

Un día, fui yo quien necesitó zanahorias para un guiso. Sabía que ella estaba en casa, así que llamé a su puerta. Me abrió, escuchó mi petición y después, como si nada:

Sí, tengo, pero justo necesito para mi receta y no me sobran. Lo siento, no puedo ayudarte.

Y me cerró la puerta en las narices.

Ahí se me encendió la bombilla. ¿Mis cosas eran de libre disposición y las suyas intocables? Me planté. Se acabaron las concesiones.

Fui a la mesa del salón, preparé una lista con todo lo que había ido cogiendo durante los dos últimos meses: azúcar, huevos, café, aceite, cebolla, paracetamol, limón, detergente Sumé mentalmente lo que costaban en el supermercado. Me salió una cuenta de unos 30 euros.

Dejé la lista en el recibidor, por si acaso. Y acerté.

Ese mismo sábado, cuando yo tenía pensado hacer un bizcocho, volvió a sonar el timbre. Miré y ahí estaba Estrella, cuenco en mano y sonrisa de circunstancias.

Respiré hondo, puse mi mejor cara amable, y abrí.

¡Hola! comenzó sin rodeos. A ver si me salvas, quería hacer unas tortitas y resulta que me he quedado sin harina. ¿Tienes unos 300 gramos? Como siempre, te la devuelvo luego.

Harina, claro que tengo.

¡Menos mal! Tú siempre tan apañado Ya sabes que te lo devuelvo, ¿eh?

Por supuesto, Estrella. Pero antes, si te parece, repasamos tu lista de la compra.

Le entregué el papel donde había ido apuntando todo. Ella lo miró, perpleja, sin entender nada. Siempre yo la ayudaba sin preguntar, y ahora formalidades.

Mira se lo expliqué con calma. Aquí tienes lo que me has ido pidiendo estos dos meses. Vamos a comprobarlo. ¿Huevos? Quince.

No los conté balbuceó, la sonrisa ya medio borrada.

Yo sí. Cuatro tazas de azúcar, café, limón, aceite, cebolla, detergente, etc. Todo correcto, ¿no?

No dijo nada. En su cara apareció un gesto de desconcierto, que pronto se tornó en enfado. ¿Cómo me atrevía? ¿Acaso no éramos vecinos?

He calculado un precio medio proseguí. Incluso te he hecho un pequeño descuento. En total son 27 euros.

Estiré la mano.

En cuanto arreglemos esto, te doy la harina, incluso te la tamizo si hace falta.

¿Vas en serio? ¿Me estás cobrando por sal y cerillas? ¿De verdad crees que esto es normal?

Más que normal asentí. Si tomas algo y no lo devuelves, es como una compra. Solo te pido que lo pagues.

¡Qué tacañería! dijo alzando los brazos. Yo pensaba que éramos como una familia, que esto era lo que se hacía en la comunidad ¡Pero tú! Qué miserable.

La verdadera tacañería es tener dinero para cenar sushi, y venir a misar un rollo de papel higiénico al vecino respondí, tranquilo.

Estrella se puso como un tomate.

¡Pues mire usted! ¡Quédese con su harina! ¡No pienso pedirle más nada!

Dio media vuelta y cerró la puerta de un portazo. Me quedé allí, con la lista en la mano, incluso sin sentir enfado, más bien alivio.

Han pasado dos semanas. Estrella ni me saluda, se aparta en el ascensor y finge que escribe en el móvil. Hace unos días, oí que le decía al portero que aquí vive gente rácana y rara.

¿Y tú, qué habrías hecho en mi lugar? Creo que, al final, aprendí que ayudar está bien, pero dejarse pisar nunca es la respuesta; uno aprende a poner límites porque a veces ser buen vecino no está reñido con hacerse respetar.

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MagistrUm
Mi vecina cogía costumbre de pedirme sal, azúcar y huevos, pero jamás me los devolvía. Cuando vino a por harina, le presenté la cuenta de todos los productos prestados.