María del Carmen Ruiz estaba junto a la ventana, observando cómo su vecina, Encarnación Mendoza, tendía la ropa en el patio. Cada movimiento de Encarna le parecía exageradamente lento, como si lo hiciera a propósito para lucirse frente a las ventanas de los demás.
—Mira qué postureo el de esta señora— murmuró María del Carmen, apretando el borde de la cortina—. Seguro que piensa que todo el mundo la mira.
Encarnación, por su parte, colgaba las sábanas recién lavadas mientras tarareaba una canción. Era tres años menor que María del Carmen, pero a sus cincuenta y ocho aparentaba menos. Siempre peinada, vestidos planchados, zapatos relucientes. Y esa manera de mantenerse erguida, con la espalda recta y la barbilla alta, sacaba de quicio a María del Carmen.
Llevaban más de veinte años viviendo en pisos contiguos, y todo ese tiempo hubo entre ellas una especie de rivalidad tonta. Todo empezó por una tontería: una vez, Encarna le comentó que las petunias del jardincito no las estaba plantando bien. Le dio un consejo, y María del Carmen lo tomó como una intromisión.
—¡Yo sé cómo cuidar mis flores!— contestó picada—. No me diga cómo vivir.
—Es que solo quería ayudar— se defendió Encarna—. A mí me salían preciosas en la huerta.
—Pues guárdese su ayuda— cortó María del Carmen, dándole la espalda.
Desde entonces, se saludaban por compromiso, o fingían no verse. Cada gesto de Encarna lo interpretaba María del Carmen como un desafío, como si quisiera humillarla. Si Encarna se compraba un bolso nuevo, era para fardar. Si hacía empanadas y el aroma llenaba el portal, era para echarle en cara que ella sabía cocinar.
—Mamá, ¿por qué le tienes tanta manía?— le decía su hija Lola cuando la visitaba—. Es una mujer normal, ¿qué te ha hecho?
—Tú no la conoces— refunfuñaba María del Carmen—. Parece buena gente, pero… ¿te acuerdas del gato de los García?
—¡Mamá, el gato se fue solo con ella! Los García lo tenían abandonado, y ella lo recogió. Eso no es robar.
—Claro, claro, ¡ella todo lo hace bien, la santísima!— María del Carmen cerró la nevera de un portazo.
Encarna, por su parte, tampoco lo llevaba bien. No entendía por qué su vecina la odiaba tanto. Intentó arreglarlo varias veces: le llevó magdalenas, le ofreció ayuda con la compra. Pero María del Carmen siempre la rechazaba.
—No hace falta, gracias— contestaba fría—. Yo sola me apaño.
Ni siquiera probaba las magdalenas, excusándose con que estaba a dieta. Aunque Encarna la veía comprando dulces en el supermercado.
—No la entiendo— le decía a su hermana por teléfono—. Nunca le hice nada, y me mira como si fuera su enemiga. ¿Habré dicho algo sin querer?
—No le des más vueltas— contestó su hermana—. Hay gente rara.
Pero a Encarna le dolía esa distancia. Era sociable, le gustaba charlar con los vecinos. Y tener a alguien tan cerca que la veía como una amenaza…
Una tarde de invierno, Encarna regresaba de la compra con bolsas pesadas y la acera resbaladiza. Se cayó, esparciendo todo por el suelo. Se hizo daño en la rodilla y no podía levantarse.
—Ay, qué dolor— gimió, intentando recoger las naranjas rodadas.
En ese momento salió María del Carmen del portal. Se detuvo un segundo. Pensó: «Bien hecho, que se quede ahí». Pero enseguida se avergonzó. La mujer estaba en el frío, dolorida.
—Levántese— dijo, tendiéndole la mano—. Despacio, no se apure.
Encarna agarró su mano con alivio y logró ponerse en pie.
—Gracias— susurró—. Creo que me he hecho mucho daño.
—Recojamos esto primero, y luego vemos— María del Carmen empezó a guardar lo caído—. ¿Tiene yodo en casa?
—Creo que sí.
—Póngase bien, y frío para que no se le hinche.
Juntas lo recogieron todo, y María del Carmen ayudó a Encarna al ascensor.
—Gracias de nuevo— repitió Encarna—. No sé qué habría hecho sin usted.
María del Carmen solo asintió y se fue. Pero esa noche no podía dejar de pensar en la mirada de Encarna: agradecida, casi sorprendida. Como si no esperara ayuda de ella.
—¿Y qué esperaba? ¿Que la ignorara?— reflexionó mientras preparaba su té—. ¿Qué clase de persona cree que soy?
A la mañana siguiente, oyó a Encarna bajando las escaleras con dificultad. El ascensor estaba estropeado otra vez, y necesitaba algo de la tienda. María del Carmen asomó la cabeza.
—¿Cómo está la rodilla?
—Duele, pero aguanto. Gracias por ayer.
—No fue nada— hizo una pausa—. Oiga, ¿adónde va? Si es al supermercado, yo iba a ir igual…
Encarna la miró desconcertada.
—¿En serio no le importa? Le daría la lista— sacó un papel—. Y el dinero.
—¿Qué dinero? Ya está— cogió la lista—. Leche, pan, nata… Nada más?
—No, gracias. Con eso basta.
Cuando María del Carmen volvió, Encarna le esperaba con una tarta.
—Es para usted. La hice ayer. De manzana.
—No hace falta— empezó a decir por inercia, pero se detuvo—. Bueno… gracias. Me encanta la de manzana.
Se quedaron en el rellano, incómodas. Tantos años de tirria, y ahora con tartas de por medio.
—Pase, tomaremos algo— propuso Encarna de repente—. Ya que estamos.
María del Carmen iba a negarse, pero algo la hizo asentir.
El piso de Encarna tenía la misma distribución, pero el ambiente era distinto. Todo ordenado, con gusto. Macetas en las ventanas, fotos en las paredes.
—Qué bonito lo tiene— admitió María del Carmen.
—Bah, lo normal. Siéntese, que pongo la olla.
Bebieron té casi en silencio, hablando solo del tiempo o de los precios. Pero poco a poco el ambiente se relajó.
—¿Y este quién es?— señaló una foto de un hombre con uniforme militar.
—Mi marido. Murió hace ocho años.
—Lo siento, no lo sabía.
—No pasa nada. Fue cáncer. Todo muy rápido— hizo una pausa—. ¿Y usted?
—Divorciada hace siglos. Mi hija vive en otra ciudad; no viene mucho.
—Ya.
Terminaron el té y María del Carmen se levantó.
—Gracias por la tarta.
—No fue nada. Gracias a usted por la compra.
Después de eso, todo cambió. No eran amigas —demasiados años de distancia— pero la tensión desapareció. Se saludaban, a veces charlaban un rato.
María del Carmen empezó a ver que Encarna no era tan engreída como creía. Se mantenía erguida porque le dolía la espalda —años trabajando de dependienta—. Y se arreglaba no por presumir, sino por costumbre.
—Qué raro— pensaba María del Carmen—. ¿Tanto tiempo enfadada por nada?
Encarna también la entendió mejor. No era una amargada, sino una mujer sola, cansada. Su hija apenas llamaba, la pensión era justa. Y esa aspereza no era rencor, sino tristeza.
Poco a poco, se hicieron compañía. María del Carmen le traía medicinas si Encarna enfermaba. Encarna compartía verduras de su huerto. Intercambiaban libros, opinaban de las noticias del vecindAl año siguiente, plantaron juntas geranios en el jardín, riendo de lo tontas que habían sido durante tanto tiempo, y esa risa les recordó que nunca es tarde para dejar atrás los malentendidos y abrirse a la amistad.





