**Diario Personal**
Al escuchar pasos en el pasillo, Lucía borró rápidamente el mensaje que decía cuánto la echaba de menos el remitente y cómo ansiaba volver a verla. Dejó el móvil sobre la mesilla, donde seguía intacto.
Una y otra vez, repasaba aquel mensaje del teléfono de su marido, incapaz de creer que no era un sueño, sino la pura realidad. Él, su apoyo, su esperanza, su amado Pablo, la traicionaba de nuevo.
Y no era con una joven guapa de porte modelo, como antes. Esta vez, su amante era una mujer quince años mayor que él.
Pablo entró en la habitación silbando. Hoy habían dado una jugosa prima en el trabajo, lo que significaba que podía comprarle un regalo a su mujer por su aniversario y escaparse a la playa con Natalia.
Al pensar en ella, sonrió con nostalgia. Había tenido muchas amantes: jóvenes, divorciadas, incluso casadas, pero ninguna como Natalia. Era su compañera de oficina. No era delgada, pero ¡cómo vestía, cómo hablaba, cómo se movía! Y en la intimidad Una lástima que la edad no perdone, pero mientras estuviera en su mejor momento, él disfrutaría cada instante.
Al ver la expresión tensa de Lucía, bajó de su nube.
¿Ocurre algo? No pareces tú.
No, nada. Solo pensaba en el aniversario. ¿Podrías darme dinero para organizar algo?
Claro, claro.
Ni ella misma entendía su reacción. Antes, al descubrir sus infidelidades, montaba escenas dramáticas, amenazando con el divorcio. Ahora, fingía normalidad, como si aquel mensaje nunca hubiera existido.
Pablo cogió el móvil, simuló una llamada de trabajo y salió al balcón para enviar mensajes ardientes a su amante. Lucía contuvo las lágrimas. Los reproches ya no servían de nada.
No era la primera vez. Antes, él justificaba sus aventuras diciendo que ella había descuidado su figura tras los partos. Pero ahora Lucía estaba espléndida: cuerpo tonificado, melena cuidada, un vestido elegante que la hacía parecer una actriz de telenovela.
Sus amigas no lo entendían. Con buena familia, estudios y tres hijos, podría haberse independizado. Pero aguantaba, aunque de vez en cuando, cansada, estallaba en discusiones. Entonces, sus suegros intervenían:
Mira a nuestra vecina Carmen. Viuda, trabaja dos turnos y aún cose por las noches. O Elena, con un marido borracho que malgasta el dinero mientras ella viste harapos.
Pero
¡Nada de peros! Vives como una reina. ¿Qué más quieres? Tu marido tiene sus escapadas, como todos. Mi Gregorio también lo hizo, y yo no me quejé. Los hombres son como gatos: buscan calor. Si le regañas, se irá con otra. ¿Qué habría sido de mí con cuatro hijos?
Lucía sonrió irónicamente. Hacía poco había visto a su suegro salir de casa de Carmen. Él, al menos, sabía disimular mejor.
Tiene razón tu madre. Si buscas fuera es porque algo falta en casa. ¡A mí, con esos gritos, me habrías dejado en la calle!
La suegra sonreía condescendiente, pero a Lucía le revolvía el estómago. En su familia, el amor había sido sincero. Sus padres le enseñaron que nadie merece ser engañado. ¿Por qué, entonces, la culpa siempre caía sobre ella?
Cuántas lágrimas, cuánto dinero gastado en adivinas que prometían cambiar a Pablo Todo inútil.
Sus amigas le urgían a huir. ¿Pero adónde? ¿A casa de sus padres, ya ocupada? ¿Alquilar un piso? Sin trabajo, con tres hijos Y, además, le quería. Juntos desde el colegio, su primer amor.
Quizá sus suegros tenían razón. Tal vez Pablo se cansaría. O quizá ella tenía la culpa. Antes era cariñoso, atento Pero al recordar aquel mensaje, solo quería gritar. ¿Qué le faltaba ahora?
Y encima, el aniversario. Diez años juntos, y él seguía igual.
Decidida, buscó en internet empresas de organización de eventos. Al día siguiente, Leo, el dueño, escuchó su historia mientras ella rompía a llorar en el café.
¿Por qué lo permites? Si no te respetas, él tampoco lo hará. Mi hermana calló demasiado Ahora crío a sus hijos. Tú también debes vivir por los tuyos.
Tienes razón.
Secó sus lágrimas y esbozó una sonrisa.
Gracias. Ya sé qué regalarle.
La siguiente semana, supervisó cada detalle. Eligió una finca rodeada de naturaleza, invitó a familiares, amigos incluso a los compañeros de Pablo. Todo estaba listo.
El día llegó. Lucía, envuelta en un vestido negro de encaje, se contempló en el espejo. Impecable. Leo la abrazó.
¿Segura?
No hay vuelta atrás.
La fiesta estaba en su apogeo. Los suegros, en la cabecera, ignoraban su ausencia. Pablo coqueteaba con Natalia, a quien Lucía había invitado expresamente.
¡Llega el momento de los regalos! anunció ella. En estos diez años, aprendí que contigo es mejor no discutir. Gracias por abrirme los ojos.
Un pastel gigante se abrió, revelando a tres mujeres: rubia, morena, pelirroja. Pablo enmudeció. Lucía susurró a Natalia:
¿Crees que eres la única? Mira cómo brillan sus ojos con ellas. Compárate.
Después, se acercó a su suegra:
Por cierto, Gregorio aún visita a Carmen.
Finalmente, frente a Pablo:
¿Te gusta? Siempre amaste a las mujeres. ¿Cuántas han sido? No habrá más escenas de celos. Disfruta tu vida pero sin mí.
Cogió a sus hijos y salió. Leo la esperaba.
El divorcio fue lento. Pablo la acusó a ella, pero al final se consumó.
Ahora, años después, Lucía no se arrepiente. Felizmente casada con Leo, que adora a sus hijos, entendió una cosa:
La infidelidad es buscar algo mejor. ¿Por qué quedarse donde solo uno es feliz?
**Fin.**






