Tía, te tengo que contar lo que me ha pasado, porque si no lo digo reviento. Mira, eran las seis de la mañana cuando mi marido me tiró de la cama. Al principio pensé que había sido un accidente, algo sin querer, pero al día siguiente volvió a hacer lo mismo. Todo comenzó después de que fuimos a ver a su madre al pueblo.
Llevábamos solo medio año casados, pero después de aquello tuve clarísimo que quería separarme. Lo que me dejó helada fue la razón por la que mi marido actuó así. Te lo cuento desde el principio
Verás, yo me he criado en Madrid y nunca he tenido la costumbre de madrugar. Ahora, además, trabajo con una empresa internacional, así que muchas veces hago turnos nocturnos. Cuando aquí es de día, allí es de noche, y tengo que estar despierta hasta tarde.
Mi marido, Ramón, es de un pueblillo de Castilla, donde todo el mundo se levanta al amanecer. Incluso después de mudarse a la ciudad, ha seguido igual: se planta en pie a las seis y exige su tortilla y su café.
El desayuno, a las siete en punto, como Dios manda me soltó cuando nos conocimos.
Yo me reí en ese momento, pensando que era una tontería y que ya veríamos. Total, después del turno de noche, puedo echar la siesta cuando quiera.
Durante los primeros seis meses de convivencia la cosa fue bien. Cuando me acordaba, intentaba seguir su ritmo, pero tampoco era para tanto. Nos entendíamos bastante bien y parecía que la relación marchaba fenomenal.
Pero todo esto se fue al garete después de ir al pueblo a ver a su madre. Olvídate del típico caserón acogedor: sí, la casa era vieja y monísima, pero la realidad era distinta. Yo pensaba que iba a ser como una pinturita: olor a pan recién hecho, tertulias con pastas mientras atardece qué va.
A las pocas horas de llegar, ya me di cuenta de que lo idílico era solo en mi cabeza. Mi suegra no paraba de buscarme fallos, todo el rato tenía alguna indirecta para soltar.
El verdadero problemón vino la mañana siguiente.
A esta chica hay que despertarla como se hace aquí le soltó mi suegra a Ramón en el desayuno, mientras yo seguía durmiendo. Por lo visto, mi marido decidió hacerle caso y enseñarme la tradición castellana de madrugar a la fuerza.
La primera vez que me tiró de la cama casi me da algo.
¡Pero tú estás loco! le grité, entre enfadada y asustada.
Es que no oyes el despertador, y mamá dice que así es como se aprende me contestó tan tranquilo.
¡Pero si trabajo de noche! ¡Necesito dormir para no parecer un zombi!
En mi familia siempre se ha hecho así dijo Ramón, como si eso lo explicara todo.
El día siguiente, igual. Sentí que tanto él como su madre se estaban riendo de mí a propósito.
De repente, el hombre con el que pensaba pasar toda mi vida, había cambiado por completo solo porque su madre lo dijo.
Al volver a casa, Ramón era otro. No hacía más que repetir: Mi madre sabe lo que hay que hacer. Su cabezonería me dejó claro que éramos como agua y aceite.
Ahora estoy preparando los papeles del divorcio. Ya no me quedan ganas de luchar más.
Tú qué harías, de verdad. ¿Crees que me he precipitado o hice bien?
