—¿Y tú adónde vas en mitad de la noche? ¿Por qué despiertas a los niños? —preguntó él con voz cortante.
—Nos vamos de tu lado —contestó ella con firmeza.
Aquella noche, Javier llegó a casa más temprano de lo habitual; el reloj apenas marcaba la una y media. Iba a cambiarse de ropa y acostarse cuando encontró a su esposa, Sofía, abrochando rápidamente el abrigo de su hija pequeña, que aún estaba medio dormida. Al lado, su hijo mayor esperaba con el ceño fruncido y cara de disgusto. Javier no entendía nada.
—Alto ahí. ¿A dónde crees que vas a estas horas? ¿Por qué despiertas a los niños? —gritó, cada vez más irritado.
—Nos marchamos. Ya no aguanto más esta vida —respondió Sofía con calma, mirándole a los ojos. Hace no mucho, esos mismos ojos le inspiraban ternura; ahora solo veía frialdad y desprecio.
—¡Pues vete! —rugió Javier, sin importarle que su grito asustara a los niños—. ¿Quién va a querer a una mujer como tú, con dos críos a cuestas? ¡Serás tonta!
—Ya lo veremos —replicó ella, y salió por la puerta sin volverse.
El primer año de matrimonio fue un cuento de hadas. Javier la adoraba, la cuidaba, era atento y seguro de sí mismo. Todas sus amigas envidiaban su suerte. Solo su madre le susurraba: «Ay, hija, con ese galán vas a sufrir». Pero Sofía no hacía caso; estaba segura de que con ella sería diferente, porque se amaban.
Cuando nació su hijo, empezaron las discusiones. Los malentendidos crecieron, el rencor se instaló en su corazón. Luego descubrió que Javier tenía una amante. Su mundo se derrumbó, pero se quedó. Por los niños, por mantener las apariencias. Después vino el segundo embarazo, su hija. Y con ella, los viajes frecuentes de Javier, sus excusas vacías, la distancia. Sofía lo sabía todo, pero callaba. No por ignorancia, sino por miedo. ¿Cómo irse? ¿Adónde ir con dos niños? ¿De qué vivir?
Olía perfumes ajenos en su ropa, escuchaba nombres de otras mujeres, incluso una vez la llamó «Lolita». Pero no dijo nada. Vivía como un autómata: mañanas, niños, trabajo. Consiguió empleo como cajera en un supermercado. Un sueldo mísero, un piso pequeño, ningún apoyo. Aun así, siguió adelante. Porque no había más remedio.
Una tarde, alguien dejó un ramo de flores en su caja.
—Es para usted. Solo quería… verla sonreír —dijo tímidamente un cliente. Era Álvaro, un hombre que siempre compraba lo mismo: pan, salchichas, café.
—Álvaro, ¿termina su turno? ¿Puedo acompañarla?
Ella se negó. Y otra vez. Y otra más. Sofía no creía que alguien pudiera interesarse por una mujer con dos hijos. Su propio marido los había olvidado; ni una llamada en un año. Pero aquel desconocido preguntaba, se preocupaba, estaba ahí.
Hasta que un día estalló:
—¡Tengo dos hijos!
—Me parece estupendo —sonrió él—. Este fin de semana los llevamos al zoo.
Ella se quedó sin palabras. Él enseñó a su hijo a jugar al ajedrez, a su hija a patinar. Corría a la farmacia de madrugada si alguno enfermaba. Sofía intentaba rechazarlo, pero Álvaro solo se reía:
—¿Crees que voy a dejar escapar a una mujer como tú? ¿Te casarás conmigo?
Han pasado cinco años. Sofía está casada con Álvaro. Tienen cuatro hijos: dos juntos y dos de su anterior matrimonio. Los vecinos siempre comentan lo mucho que se parecen a él.
—De verdad, cada día se te parecen más —le susurra ella por las noches.
—Claro que sí. Los quiero. Son parte de ti… y por eso, parte de mí.





