En Reading, Pensilvania, en el barrio de la avenida Ninth, hay una peluquería que atiende sobre todo a familias dominicanas y puertorriqueñas. Ahí trabaja Camila Ferreira, maquilladora de profesión, de treinta y seis años. La conocen por las manos firmes con el pincel y por algo más: la piel de los brazos y del cuello, con manchas claras que parecen un mapa dibujado sobre la piel morena. Vitíligo, desde los nueve años.
Camila nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, y llegó a Estados Unidos con su madre a los once. Antes de eso, en la escuela primaria de su pueblo, ya sabía lo que era sentarse sola en el recreo porque los demás niños no querían tocarla "por si se pegaba". Nadie les había explicado qué era el vitíligo, y a esa edad nadie explica nada: solo señalan.
A los trece años, en una fiesta de cumpleaños en el patio de una vecina en Reading, dijo en voz alta que quería ser modelo internacional. Se hizo un silencio corto, y después risas. Una prima mayor le dijo, sin maldad pero sin filtro: "¿Con esa piel? Eso no existe, Cami." La frase se le quedó grabada como una canción que no se puede sacar de la cabeza.
Durante años evitó las mangas cortas. Se maquillaba los brazos antes de ir a la escuela secundaria, con un corrector espeso que le costaba media hora aplicar y que se le corría con el calor de Pensilvania en junio. Estudió cosmetología en un instituto técnico de Allentown y empezó a trabajar maquillando a otras mujeres para sus bodas, sus quince años, sus graduaciones. Era buena. Pero seguía sin maquillarse a sí misma frente al espejo con la misma honestidad con la que maquillaba a sus clientas.
Tuvo una hija, Valentina, a los veinticuatro. Se mudaron solas a Miami cuando Valentina tenía seis años, buscando más trabajo en el mundo de la belleza y también, aunque no lo decía en voz alta, buscando un lugar donde nadie conociera la historia de la niña con manchas del patio de Reading.
En Miami la encontró una agencia de talento latino que buscaba caras distintas para una campaña de protector solar. Le pidieron que no se cubriera los brazos. Fue la primera vez en veinte años que salió a la calle con las mangas subidas sin pensarlo dos veces antes de cruzar la puerta.
De ahí llegaron más campañas. Una marca de maquillaje con sede en Coral Gables la contrató como imagen de una línea de base para piel con vitíligo e hiperpigmentación. Empezó a subir fotos a redes sociales sin retocar las manchas. Los comentarios cambiaron: de la lástima pasaron a la curiosidad, y de la curiosidad, poco a poco, al respeto.
En 2024 se presentó al casting de Miss Universo República Dominicana USA, la rama que compite entre las comunidades dominicanas radicadas en el país. Nadie de su familia creyó que la aceptarían. Camila tenía treinta y cuatro años, edad tope para varias categorías, y las manchas que le cubrían ya un tercio del cuerpo.
La aceptaron.
En la final, celebrada en un salón de eventos de Orlando en marzo de 2025, Camila subió al escenario con un vestido de baño sin ningún tipo de camuflaje corporal. Nada de maquillaje corrector en los brazos, nada de mangas ni medias de compresión color piel. Fue, según los organizadores, la primera candidata con vitíligo visible en la historia de ese certamen regional.
No ganó la corona esa noche. Quedó entre las diez finalistas, y el jurado le entregó una mención especial que no estaba prevista en el reglamento: "Impacto y Representación". El presentador, un locutor de radio de Orlando que llevaba quince años en el certamen, contó después que nunca había visto a un público de setecientas personas ponerse de pie a mitad de una ronda de preguntas.
Su prima, la misma que años atrás le había dicho en el patio de Reading que eso no existía, la llamó esa misma noche desde Pensilvania. Camila no contestó de inmediato. Dejó sonar el teléfono, guardó primero el vestido en la bolsa de la tintorería y anotó en su agenda de citas del lunes: maquillaje nupcial, dos de la tarde, cliente nueva. Después devolvió la llamada.
No hablaron del certamen. Hablaron de la boda de una sobrina, del clima en Reading, de nada. Y en algún momento, sin que viniera a cuento, Camila dijo solamente: "Al final sí se pudo, prima." Colgó, guardó el teléfono en el bolso junto a la brocha de base que todavía tenía sin lavar, y se fue a preparar la maleta de Valentina para el colegio del día siguiente.







