Tengo setenta y tres años y llevo casi cinco décadas siendo amiga de Rosario. Hace poco intenté contarle algo que me estaba cambiando la vida y a los cuatro minutos ya estábamos hablando de las notas de su nieto. Fue la primera vez que me pregunté, en serio, si seguíamos siendo amigas o si solo éramos dos mujeres con la costumbre de sentarse juntas los jueves.
Conocí a Rosario en 1978, en un edificio de apartamentos en la Calle Ocho, en Miami. Las dos teníamos veintitrés años, maridos recién llegados de Cuba con trabajos que no alcanzaban, y bebés que no dejaban dormir a nadie. Nos hicimos amigas en la lavandería del edificio, esperando la misma secadora rota. De ahí pasamos a los cafecitos en el balcón, a cuidarnos los hijos por turnos, a las Nochebuenas compartidas con lechón y yuca cuando ninguna de las dos tenía suficiente dinero para comprar todo por su cuenta.
Cuando su esposo murió de un infarto hace once años, fui yo quien durmió en su sofá durante ocho noches. Cuando a mí me operaron de cadera, fue Rosario quien me llevó sopa de pollo todos los días durante dos semanas, sin faltar una sola vez. Por eso jamás imaginé que lo nuestro pudiera desgastarse como una alfombra vieja.
Seguíamos reuniéndonos los jueves en la cafetería cubana de la esquina, la que todavía sirve el cortadito en vasitos de cristal grueso. Yo pedía café con leche; ella, un té de manzanilla porque el café, decía, ya le daba taquicardia. El problema no llegó de golpe. Llegó de a poquito, como la humedad que se mete debajo del linóleo sin que uno se dé cuenta hasta que el piso ya está podrido.
Rosario empezó a hablar solo de sus hijos y de sus nietos: las calificaciones de Kevin, los partidos de fútbol de la nieta, los problemas de su yerno con el carro, dónde iban a celebrar el Día de Acción de Gracias. Yo la escuchaba con gusto, porque conocía a esa familia desde que los niños usaban pañales. Pero llegó un punto en que nuestras conversaciones se volvieron un reporte semanal de la vida de otros. Si yo mencionaba una excursión al Everglades, ella recordaba adónde había ido su nieto de campamento. Si yo hablaba de una película, ella me contaba qué serie veía su hija en Netflix.
Nunca le di mucha importancia hasta que pasó algo que, para mí, sí era importante.
Después de años pensando que ya no quería complicaciones, empecé a salir con un hombre llamado Ramón. Nos conocimos en la iglesia, en el grupo de rosario de los martes. Viudo, setenta y siete años, vivía a quince minutos de mi casa, en Hialeah. No hablábamos de casarnos ni de mudarnos juntos. Simplemente me daba ilusión que sonara el teléfono y fuera él.
Esperé casi un mes antes de decírselo a Rosario. Quería contárselo en persona, porque ella había conocido a mi difunto esposo y sabía lo duro que había sido para mí acostumbrarme a la soledad.
Ese jueves se lo dije mientras compartíamos una tostada cubana partida en dos.
—Estoy saliendo con alguien —le dije.
Rosario me preguntó el nombre y quiso saber todos los detalles. Empecé a contarle cómo nos habíamos conocido y, apenas cuatro minutos después, su celular vibró sobre la mesa. Era una foto de su nieta con un vestido para el baile de graduación. Me mostró la pantalla. Luego otra foto. Luego empezó a explicarme que la niña no sabía si combinar el vestido con tacones o sandalias.
Mi historia se quedó a medio contar, tirada sobre la mesa junto a las migas de la tostada.
Volví a casa molesta conmigo misma por sentirme herida por algo, en apariencia, tan pequeño.
El jueves siguiente no fui. Le dije que tenía cosas que hacer. Ella me llamó por la tarde, notó mi voz rara, insistió. Terminé confesándole:
—El otro día intenté contarte algo importante para mí y a los cuatro minutos ya estábamos hablando otra vez de tu nieta.
Silencio del otro lado del teléfono. Después, la defensa automática: que yo también hablaba de mis hijos, que sus nietos eran una parte enorme de su vida. Cierto. Pero le pregunté cuándo había sido la última vez que habíamos hablado de ella —no de sus hijos, no de mí, de ella— y esa pregunta cambió el tono de la llamada.
Rosario acabó confesándome que desde la muerte de su esposo se había volcado tanto en la familia que a veces ni sabía qué contar de su propia vida. Los lunes cuidaba al nieto menor, los miércoles ayudaba a su hija con las compras, los domingos cocinaba para todos en su casa de Westchester. Su vida estaba llena, pero casi nada de esa vida le pertenecía a ella.
—Igual hablo tanto de ellos porque no sé qué estoy haciendo yo —me dijo, con la voz quebrada por el teléfono.
Esa frase me quitó de encima buena parte del enojo.
Seguimos viéndonos. No volvimos, por magia, a ser las muchachas de veintitrés años de la lavandería, porque ninguna amistad funciona así. Pero ahora, antes de despedirnos, a veces nos hacemos una pregunta nueva: "¿Y tú cómo estás de verdad?".
Rosario ya conoce a Ramón. Se rio cuando le confesé que llevaba semanas tratando de decirle que, a mis setenta y tres años, me había vuelto a enamorar un poquito. El jueves pasado, en esa misma cafetería de la Calle Ocho, pedimos los mismos cafecitos de siempre, en los mismos vasitos de cristal grueso. Rosario dejó el celular boca abajo sobre la mesa durante toda la conversación. No dijo nada al respecto. Simplemente lo hizo.







