Cuando Marisol no podía ver la pizarra a los quince años

Marisol Reyes tenía quince años cuando la maestra de Álgebra le preguntó, delante de todo el salón en la Escuela Secundaria Roosevelt de El Paso, Texas, por qué copiaba mal los ejercicios de la pizarra. No era falta de atención. Era que los números se le desdibujaban como si alguien les hubiera pasado un trapo húmedo.

Su mamá la llevó esa misma semana a un oftalmólogo en una clínica de Mesa Street, de esas con el letrero en español y en inglés y el aire acondicionado que gotea en verano. Le hicieron unos lentes. Volvieron a los tres meses porque ya no le servían. Volvieron a los seis. Cuatro pares de lentes después, Marisol le dijo al doctor, con esa voz seca que usan los adolescentes cuando ya no aguantan más rodeos:

—Algo anda mal conmigo. Y no es la vista nada más.

El doctor habló de la pubertad, del crecimiento, de que el cuerpo cambia. Pero ella sabía. Esa certeza que uno tiene en el estómago antes de que los médicos lo confirmen con papeles. La refirieron al Hospital Universitario, y de ahí a un especialista en El Paso Children's, y de ahí, meses después, a un neurólogo en Houston. Le encontraron un defecto en la retina que no explicaba todo, pero abrió la puerta a preguntas más grandes.

A los dieciocho, mientras trabajaba medio tiempo doblando ropa en una tienda del centro comercial Cielo Vista, empezó a perder el equilibrio. Al principio nada más quería usar tacones para la graduación y sintió que el piso se le movía. Le dijeron que era un trastorno vestibular. Con el tiempo, cargar las bolsas del Fiesta Foods, cocinar unos huevos, leer un mensaje de texto, hasta hablar despacio y claro, todo se volvió una tarea de obstáculos. Se caía seguido. Una vez, ya con andadera, en la estación del trolley de la Union Plaza, el elevador estaba descompuesto y agarró la escalera eléctrica. La andadera se le atoró entre los escalones metálicos y cayó de boca contra el piso, frente a un señor que vendía elotes en un carrito y que corrió a levantarla sin decir palabra.

A los veintiuno le hicieron un examen de ADN en el Texas Tech University Health Sciences Center. El resultado tenía nombre: SCA7, ataxia espinocerebelosa tipo siete. Una enfermedad del cerebro que avanza sin prisa pero sin freno, que la iba a dejar ciega y sin habla. Progresiva. La palabra que usan los médicos cuando quieren decir "esto no se detiene solo".

Ese día dejó de pensar en estudiar enfermería, en tener su propio apartamento, en conocer a alguien, en tener hijos algún día. Lloraba todas las noches en su cuarto de la casa de su mamá en el barrio de Segundo Barrio, con la ventana abierta y el ruido de los trenes de carga pasando cerca de la vía. Estaba de luto, pero por ella misma, todavía viva, todavía respirando.

Lo que le cambió la vida fue una consulta con el doctor Alan Whitfield, su neurólogo, que un martes por la tarde le propuso un medicamento nuevo, uno que no la iba a curar pero que podía frenar el deterioro. Los primeros meses no sintió nada. Después, algo cambió: podía tragar la comida sin atragantarse, las palabras le salían más claras. Cuando notó que su cuerpo dejaba de empeorar cada semana, metió su solicitud a la lista de vivienda accesible del condado y se hizo un perfil en una aplicación de citas.

Le dieron muchos rechazos —match tras match que nunca respondía, o que respondía y luego desaparecía—, pero aprendió a tener paciencia. Salir con alguien ya es difícil para cualquiera; imagínense para una mujer en silla de ruedas.

Ahí apareció el perfil de Ernesto. En su descripción decía que era "una persona con buen corazón", y eso fue lo que la hizo deslizar el dedo hacia la derecha. Empezaron a platicar por mensajes, y ella, casi de inmediato, le contó que usaba silla de ruedas. Él se molestó. No por la silla, sino porque pensó que ella se estaba burlando de las personas con discapacidad, que era una broma de mal gusto.

Se aclaró el malentendido con varios mensajes de voz. La primera cita fue en un restaurante mexicano en la Avenida Alameda, de esos con manteles de plástico y salsa verde casera. Ernesto fue atento, la escuchó con los ojos fijos en ella todo el tiempo. Era exactamente lo que Marisol había imaginado alguna vez, y por eso mismo le resultó incómodo, casi insoportable. No estaba acostumbrada a que alguien la mirara así, sin lástima.

Esa noche le escribió a su mejor amiga, Yolanda: "Esto no va a funcionar." Yolanda le contestó al toque: "Seguramente tiene buenas intenciones. Nomás abre el corazón y dale una oportunidad." Marisol leyó el mensaje dos veces, dejó el teléfono en la mesa de noche y se quedó mirando el techo hasta que se durmió.

Aceptó una segunda cita. Ernesto la recogió en su Honda Civic gris, y en vez de dejarla en el estacionamiento, manejó hasta la misma puerta del restaurante para que no tuviera que rodar por el asfalto disparejo. Ella no se lo pidió. Él simplemente lo entendió.

Pasaron nueve meses de citas, de que Ernesto aprendiera a doblar la silla en la cajuela sin que ella tuviera que explicarle cómo, de que memorizara qué restaurantes tenían rampa y cuáles no, de domingos enteros viendo partido de los Cowboys en la sala de la casa de Marisol mientras su mamá les preparaba caldo de pollo. Un jueves de octubre, Ernesto llegó con una carpeta azul y la puso sobre la mesa de la cocina, entre las dos tazas de café.

Adentro había el contrato de arrendamiento de un apartamento de dos recámaras en la calle Yandell, con acceso para silla de ruedas, cocina baja y baño adaptado. Lo había estado buscando durante semanas sin decirle nada.

—No es para presionarte —le dijo—. Es para que sepas que cuando estés lista, ya está listo.

Marisol tomó la pluma que traía en la bolsa de la silla, la misma con la que firmaba sus recetas médicas cada mes, y puso su nombre al lado del de él en el contrato. Trescientos dólares de depósito, ochocientos cincuenta al mes, dos años de plazo. Números concretos, un papel real, una llave que le entregó el arrendador esa misma semana en un llavero con forma de estrella de Texas.

Su mamá se quedó parada en la puerta de la cocina, viendo la carpeta abierta, sin decir nada por un rato largo. Después nomás preguntó cuándo era la mudanza, y empezó a sacar cajas del clóset del pasillo.

Marisol llamó a la lista de espera de vivienda del condado para dar de baja su solicitud: ya no la necesitaba. Colgó el teléfono, guardó la carpeta azul en el cajón de la cómoda, y se quedó viendo la llave con forma de estrella colgada del llavero, girando despacio bajo la luz de la lámpara de la cocina.

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