Cuando vi al hombre del traje oscuro cruzar el estacionamiento de la funeraria Ramírez & Sons, lo primero que pensé fue que iba a pedirme un aventón. No era de Pomona, ni de El Monte, ni de ninguno de los otros lugares donde la gente se muere en este lado del freeway 60. Yo estaba recargada en mi Corolla, con la puerta abierta, esperando a que bajaran el cajón. Hacía un calor de esos que derriten el sarape del asiento.
El hombre se acercó directo. Tenía la camisa pegada al pecho por el sudor y un sobre doblado en el bolsillo del saco.
—¿Es usted Eliana Morales? —preguntó.
Le dije que sí. No me dio la mano. Sacó una lata azul, de las de galletas danesas, con una etiqueta vieja de 99 Cents Store pegada en la tapa.
—El señor Rómulo dejó instrucciones —dijo—. Si usted venía al velorio, esta lata era suya. Si no, todo se iba a becas del colegio comunitario del valle.
Me puso la lata en las manos y se fue sin darme el pésame. Me quedé parada junto al Corolla, con la lata apretada contra el estómago. La tapa estaba cerrada con un pedazo de cinta adhesiva. No la abrí ahí. No podía.
Conocí a don Rómulo once años atrás, en la cocina de Golden West Freight. Era mi primer lunes. Había llegado a la bodega a las siete y media con un café del 7-Eleven y un nudo en el estómago. A la hora del lonche, me quedé parada en la puerta de la cocina, sin saber dónde poner mi bolsa. Todas las mesas tenían dueño. Menos una, la del rincón, donde un señor mayor con uniforme gris de limpieza terminaba de secar la mesa con una toalla de papel.
—Aquí hay campo, mija —dijo, y movió su termo para hacerme espacio.
Me senté. Él sacó un sándwich de queso amarillo y lo partió en dos. Me ofreció la mitad. Yo traía una ensalada del Smart & Final y un yogurt que no me apetecía.
Al principio no hablamos mucho. Don Rómulo me contó que era de Santa Rosa de Copán, que llegó al país en el 78, que trabajó en la construcción antes de entrar a la limpieza. Yo le dije que había dejado El Monte para escapar de las llamadas de mi mamá a las seis de la mañana, las de «no te vistas de negro que te ves como ataúd». Él se rió y me enseñó la foto de su nieta en Indio.
Con el tiempo, ese rincón de la cocina se volvió nuestro puesto. Él llegaba con su termo de café con canela. Yo llegaba con lo que fuera: sobras de arroz con frijoles, un burrito del taco truck, una manzana. Once años de lunes a viernes. Once años de sándwiches a medio partir y de historias que nadie más quería oír.
—¿Otra vez almorzando con tu novio del trapeador? —me decía Rósalba desde la otra mesa, con su botella de agua Fiji y su bolso de marca.
—Cuidado, te van a dar escaleras y un bote de ceras —remataba Tito, el del almacén, mientras acomodaba sus envases de proteína.
Yo me reía para no darle importancia. Pero el rasguño se quedaba. Don Rómulo ni se inmutaba. Seguía partiendo su sándwich, como si no oyera.
Un lunes de junio no apareció. Pensé: se le dobló la rodilla o se quedó dormido. El martes, la encargada de Recursos Humanos se paró en mi cubículo y me dijo, sin bajar la voz:
—El señor Rómulo falleció el domingo. Infarto.
El miércoles no hubo quien limpiara las mesas. Nadie habló del funeral. Yo saqué un día personal y fui sola. Rósalba se sentó en mi lugar esa mañana, según me di cuenta después.
Cuando volví del velorio, no le dije nada a nadie. Me encerré en el baño y abrí la lata con las manos temblorosas. Adentro había una carpeta de papel manila, una estampa descolorida de la Virgen de Guadalupe y una hoja suelta con la letra de don Rómulo: «Pa la única que se sentó sin que le pidiera el puesto.»
Abrí la carpeta. Contenía escrituras de una casa en Buckeye, Arizona, y una lista de bonos de ahorro del gobierno. El abogado me explicó después, por teléfono, con una calma que no me ayudó en nada:
—La casa se puede vender en doscientos trece mil. Los bonos valen doscientos quince mil. Total: cuatrocientos veintiocho mil dólares.
Me quedé callada. Del otro lado de la línea se oyó un clic de encendedor.
—¿Por qué a mí? —le pregunté.
—Porque él quiso.
Ese «porque él quiso» me persiguió dos semanas. No era mía esa fortuna. Era de un señor que comía queso amarillo todos los días y que nunca me vio como la idiota del rincón. Me senté en la mesa de mi apartamento con la calculadora y un bloc amarillo. Hice cuentas. Ocho mil para el enganche de un alquiler nuevo y para el primer mes de renta. Los otros cuatrocientos veinte mil, completos, a una beca que mandé crear a nombre de Rómulo Hernández, para hijos de conserjes.
Firmé la transferencia una tarde de miércoles. Imprimí dos copias. Una la guardé dentro de la lata de galletas, junto a la estampa. La otra, la doblé y la metí en mi bolsa de trabajo.
El viernes llegué a la bodega a las siete, como siempre, pero no encendí la computadora. Recogí mi planta de la repisa, mi taza del 99 Cents Store, y dejé el gafete sobre el teclado. Rósalba estaba en la cocina, calentando un plato de fideos con queso en el microondas. Me vio entrar con la caja de cartón y soltó lo de siempre:
—¿Ya te corrieron por juntarte con el trapeador?
No le contesté. Saqué la copia doblada de mi bolsa y la puse en la mesa, junto a su botella de agua Fiji. Ella la tomó. La desdobló.
—¿Qué es esto? —dijo.
Pero yo ya iba de salida. El plato de fideos se quedó en el microondas. El botón del aparato sonó tres veces, pidiendo atención. Y la botella de agua rodó de la mesa al piso cuando Rósalba leyó lo que decía en la hoja: «Wire transfer confirmation — $420,000.00 — Beca Rómulo Hernández.»
No me despedí de nadie. No me importó lo que ella pensó. Afuera, el sol ya pegaba en el toldo del estacionamiento. Me subí al Corolla y encendí el radio. Estaba sonando una cumbia vieja. Tomé la salida hacia el freeway 60 y dejé atrás la bodega, los fideos de Rósalba, las escaleras y los botes de ceras.
La lata de galletas iba en el asiento del copiloto. En la orilla, un taco truck levantaba lonas. No iba a regresar.







