La cerradura costó ciento cincuenta dólares

El martes cambié la cerradura del apartamento. Ciento cincuenta dólares. Esa fue la cifra exacta que me cobró el cerrajero, un tipo grande con una camiseta de los Marlins, que llegó a las tres y media y se fue a las cuatro y diez. El martes de la semana pasada, para ser exacta. El día antes, Andrés se fue dando un portazo que hizo temblar las ventanas del segundo piso.

Fue su cumpleaños número treinta y cinco. Yo me levanté temprano, a las seis y cuarto, porque quería ir a la panadería cubana de la Calle Ocho antes de que se acabaran los pastelitos de guayaba. Las croquetas de jamón todavía estaban calientes cuando las puse en la mesa. El café con leche burbujeaba en la greca. Había encendido una velita de cumpleaños, de las gruesas, doradas, que compré en Publix. Los huevos revueltos se estaban enfriando en los platos.

Andrés salió del baño en pantalones de hacer ejercicio y una camiseta vieja de los Heat. Puso un folleto sobre la mesa, justo encima de las servilletas. Era de un almacén de alquiler, de esos Self Storage de la calle Ochenta y Cuatro. Y entonces soltó la frase, como si estuviera hablando del pronóstico del tiempo.

—O mi mamá se muda al cuarto de huéspedes la próxima semana, o nos separamos. Tú decides. Yo no voy a elegir entre mi mamá y tú.

El chorro de café cayó sobre el mantel y se volvió una mancha marrón, bien redonda. Yo me quedé con la greca en la mano. Afuera, el chihuahua de la vecina del 3B, un animal que se llama Chispa y ladra por cualquier cosa, empezó a ladrar, como si percibiera que algo andaba mal.

—Andrés, ese "cuarto de huéspedes" es mi taller —le dije, y puse la greca sobre la mesa—. Ahí está mi sierra de mesa, mis telas, mi banco de dibujo. Tengo dos encargos por entregar en quince días.

—Ay, Camila, es solo un cuarto —contestó, y agarró un pastelito—. Mi mamá no se puede quedar en la calle.

Hace cinco años, él era otra persona. Cuando nos casamos, me decía que le encantaba que yo tuviera mi propio negocio. "Esta mujer hace muebles a mano", presumía frente a sus amigos del trabajo. El taller estaba en el segundo cuarto del apartamento, en Doral, justo al lado del parking. Ciento noventa pies cuadrados, con una ventana que da a la piscina. Ahí yo tenía una sierra de mesa Delta, rodillos de tela, muestrarios de madera y una mesa de dibujo llena de bocetos. Andrés lo llamaba "el cuarto de huéspedes", aunque por ese cuarto no pasaba un huésped ni una vez al año.

Doña Carmen, su mamá, vivía en un apartamentico en la Pequeña Habana. Un edificio viejo, con el techo agrietado y un olor a humedad que no se iba. Hace tres semanas, la ciudad lo declaró inhabitable. Inspección de estructuras, dijeron. Le prometieron reubicación, pero los papeles del programa de vivienda no llegaban nunca. Y Doña Carmen empezó a llamar cada noche. Yo escuchaba pedazos de conversación desde el taller: "la pared", "no puedo dormir", "me da miedo quedarme sola".

Una vez le propuse: "¿Y si le alquilamos algo cerca, en Hialeah? Nosotros pagamos la mitad." Andrés me contestó con un gesto raro, como si yo hubiera dicho una estupidez. Y ya.

Las Navidades anteriores, Doña Carmen venía y se sentaba en la cocina con la cara tiesa, observando todo como si estuviera calculando cuánto valía. Encontraba polvo donde no había. Hablaba bajito con Andrés, pero lo suficientemente alto para que yo oyera: "Tanto taller y tan poca casa. Una mujer debería…" Y yo apretaba los dientes y servía el café en las tazas.

Esa mañana del cumpleaños, parado ahí con el folleto del storage, me dice:

—Mi mamá es más importante que un cuarto. Tú puedes mover la sierra al dormitorio. O al balcón.

—¿La sierra? ¿En un balcón del segundo piso?

—No sé, Camila, tú eres la creativa. Ya le dije a mi mamá que se viene la semana que entra. No me armes un escándalo.

Yo no dije nada. Me acordé de mi tía Renata. Murió hace dos años, después de vivir veinticinco años con un hombre que la anulaba. Una semana antes de morir, en el hospital, me agarró la muñeca con una fuerza que todavía siento. Me dijo:

—Si no pones el límite tú, te lo ponen a ti. Y después es tarde.

Ese martes, Andrés tomó su mochila y metió la mitad de su ropa. Gritó que yo era una egoísta. Que su mamá no se podía quedar en la calle por mi capricho. Dio un portazo tan fuerte que la velita de cumpleaños se apagó. Eso fue lo último que pasó antes del silencio.

Me quedé sentada en el piso del taller, con la espalda contra la mesa de dibujo. El gecko que vive detrás de la ventana estaba pegado al vidrio, quieto, como preguntando qué había pasado. Afuera se oía el aire acondicionado del vecino y un reggaetón a lo lejos. Y un camión pasando por la autopista Palmetto.

No lloré en ese momento. Lloré más tarde, en la madrugada, pero no de tristeza. Era un alivio raro, como cuando te quitas un esparadrapo de un solo tirón. Cinco años esperando ese momento. Cinco años de ceder una pulgada hoy y otra mañana. Hasta que ya no recordabas qué querías tú.

Al día siguiente, a las ocho, llamé a un cerrajero. Llegó a las tres y media. Me cobró ciento cincuenta dólares por cambiar el cilindro. Me dio dos llaves nuevas, doradas, con una etiqueta de código. Le pagué con la tarjeta de débito y le di una propina de diez. Metí las llaves viejas en una bolsa ziploc y las tiré al fondo del cajón de la cocina.

Yadira, mi amiga de la universidad, vino esa misma tarde. Trajo un ramo de girasoles de un puesto en la calle 8 y una botella de vino. "Esto ahora es tu casa", dijo. Yo no quería vino. Tomamos café, arreglamos el taller, movimos la mesa de dibujo frente a la ventana. Colgamos los bocetos con cinta nueva. Sacamos la ropa de Andrés en bolsas de basura negras y Yadira la llevó al carro.

Una semana después, sonó el teléfono. Era él. La voz le temblaba un poco, como de cansancio.

—Camila… yo me alteré. Mamá puede quedarse donde la tía Lupe por un tiempo. Pensé las cosas. Si me dices que me perdonas, volvemos y hablamos.

—No.

—¿No qué? ¿No me perdonas o no volvemos?

—Las dos cosas, Andrés. Ya cambié la cerradura.

—Camila, dame un chance. Yo puedo arreglar esto.

—Tú tuviste cinco años. Y un martes para escoger entre tu mamá y yo. Escogiste. Buenas noches.

Colgué antes de que contestara. Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa de dibujo, al lado de un boceto nuevo que había empezado esa mañana: una silla de respaldo alto, con las medidas anotadas en el margen con lápiz. La sierra Delta estaba donde siempre, frente a la ventana que da a la piscina, con la luz de las cinco de la tarde cayéndole encima. Afuera, Chispa ladraba otra vez, pero ya no me sonaba a advertencia, sino a cualquier tarde normal en Doral.

Fui a la cocina y me serví lo que quedaba del café en la greca, ya frío. Sobre el mostrador, los girasoles de Yadira seguían frescos en un vaso con agua, un poco ladeados hacia la ventana. Metí la mano en el bolsillo del delantal y saqué las dos llaves nuevas. Las puse sobre el llavero, junto a las de mi camioneta, y las dejé colgadas del clavo, al lado de la puerta.

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