Mercedes llevaba tres noches durmiendo a trompicones por culpa de los aullidos que llegaban del piso de al lado.

Mercedes llevaba tres noches durmiendo a trompicones por culpa de los aullidos que llegaban del piso de al lado.

Aquella madrugada, poco después de la una, la tormenta cayó con una violencia poco habitual sobre Zaragoza. La lluvia golpeaba las persianas, los relámpagos iluminaban el dormitorio como flashes y, entre trueno y trueno, volvía a escucharse aquel sonido largo y desgarrador.

—Otra vez ese perro… —murmuró Mercedes, apartando la sábana.

Su marido, Antonio, abrió un ojo.

—Déjalo, mujer. Mañana hablas con ellos.

—Mañana llevo tres días sin dormir.

Se puso la bata, calzó las zapatillas y salió al rellano dispuesta a decirle cuatro cosas a la vecina.

Pero cuando llamó a la puerta, toda la rabia preparada se le deshizo.

Lucía abrió con el rostro hinchado de llorar, el pelo recogido de cualquier manera y una camiseta vieja.

—Perdone, Mercedes… Sé que es Luna.

—¿Sabes qué hora es?

—Sí. Y lo siento muchísimo.

La joven intentó contenerse, pero se le quebró la voz.

—Mañana operan a mi madre del corazón. Tengo que estar en el Miguel Servet a las seis. Mi marido está trabajando en Valencia y no vuelve hasta el viernes. No he dormido nada. No sé qué hacer con ella cuando hay tormenta.

Desde el interior llegó otro aullido.

Mercedes se asomó.

En una esquina del recibidor había una enorme pastora alemana negra, encogida de una forma casi imposible para su tamaño. Temblaba con las orejas pegadas al cráneo.

—¿Qué le pasa?

Lucía respiró hondo.

—La adoptamos hace ocho meses. Sus antiguos dueños la dejaban atada en una parcela cuando había tormenta. Si ladraba, la castigaban. Ahora, cuando oye truenos, cree que todo va a empezar otra vez.

Mercedes sintió que algo se le movía por dentro.

Había ido a quejarse.

En cambio, se oyó decir:

—Vete a descansar un rato. Yo me quedo con ella.

Lucía la miró como si no hubiera entendido.

—¿Usted?

—Sí, yo. Antes de que me arrepienta.

Lo que Lucía no sabía era que Mercedes llevaba más de sesenta años evitando a los perros.

A los siete, un mastín se había soltado de una finca y había corrido hacia ella. No llegó a morderla, pero aquel miedo se quedó instalado para siempre.

Por eso, cuando se sentó en el sofá de la vecina y Luna quedó a dos metros mirándola, Mercedes notó las manos húmedas.

—Mira qué bien —dijo en voz baja—. Tú tienes miedo de los truenos y yo de ti. Menudo par.

Un relámpago iluminó el salón.

El trueno sacudió los cristales.

Luna corrió de pronto hacia ella.

Mercedes se quedó rígida.

La perra hundió la cabeza entre sus rodillas y empezó a temblar.

Por un instante, Mercedes pensó en levantarse.

Pero entonces vio aquellos ojos.

No había agresividad.

Solo miedo.

Un miedo que ella reconocía demasiado bien.

Le puso una mano sobre la cabeza.

—Tranquila… No te va a pasar nada.

Pasaron la noche juntas.

Mercedes acabó hablándole de su infancia en un pueblo de Teruel, de sus padres, de la hija que vivía en Madrid y llamaba cada vez menos, de lo extraño que resultaba hacerse mayor y sentir que los días empezaban a parecerse demasiado unos a otros.

Luna escuchaba con la cabeza apoyada en su regazo.

Cuando amaneció, Mercedes se dio cuenta de que llevaba horas acariciando a un animal del que, hasta el día anterior, habría cruzado de acera para alejarse.

Lucía regresó al mediodía.

—La operación ha salido bien —dijo llorando de alivio.

Después vio a Luna dormida a los pies de Mercedes.

—No me lo puedo creer.

—Ni yo —respondió ella.

Desde aquel día, algo cambió.

Mercedes comenzó a llamar a la puerta con cualquier excusa.

—He hecho demasiadas croquetas.

—He comprado unas galletas para perros, pero no sé si serán buenas.

—Voy al parque. Si queréis, me llevo a Luna.

Antonio la observaba divertido.

—Tú, que decías que los perros eran un problema.

—Una cosa es un perro y otra Luna.

—Claro. Importantísima diferencia.

Un mes después, Lucía apareció en su puerta con los ojos rojos.

—Mercedes, tenemos un problema.

Su marido había sido trasladado a Bilbao. Debían marcharse en dos semanas. Habían encontrado un piso de alquiler, pero el propietario no aceptaba animales.

—Estamos buscando otra casa, pero no nos da tiempo. Si no encontramos nada… tendremos que llevar a Luna a una protectora.

Mercedes sintió un vacío en el pecho.

—¿A una protectora?

—Solo temporalmente.

Pero ambas sabían que las promesas temporales no siempre duran poco.

Aquella noche Mercedes apenas cenó.

Antonio acabó dejando el tenedor sobre el plato.

—Dilo.

—¿Qué?

—Lo que llevas pensando desde que Lucía vino.

Mercedes miró hacia la pared que separaba ambos pisos.

—Aquí no cabe un perro tan grande.

—Tenemos noventa metros.

—Tú siempre dijiste que no querías animales.

—Y tú siempre dijiste que les tenías pánico.

Silencio.

Antonio sonrió.

—Parece que los dos hemos cambiado de opinión.

Mercedes tardó tres segundos en entenderlo.

—¿Estás diciendo…?

—Estoy diciendo que como esa perra termine en una jaula después de haberte elegido a ti, no vas a dormir tranquila ni una noche.

Mercedes se echó a llorar.

Dos días después llamaron a la puerta de Lucía.

—He venido a hablar de Luna.

La joven palideció.

—Todavía seguimos buscando…

—No busques más.

Mercedes tragó saliva.

—Se queda conmigo.

Lucía abrió la boca, pero no pudo decir nada.

—Solo hasta que encontréis una solución —añadió Mercedes rápidamente.

Antonio, detrás de ella, tosió.

—No le hagas caso. Lleva tres días mirando camas para perros por internet.

Lucía se echó a reír y a llorar al mismo tiempo.

La despedida fue más dura de lo que esperaban.

Cuando las maletas quedaron en el coche y Lucía se arrodilló para abrazar a Luna, la perra empezó a gemir.

—No te abandono —le susurró—. Te dejo con alguien que te quiere.

Mercedes apartó la mirada para que nadie la viera llorar.

Las primeras semanas fueron un aprendizaje.

Luna ocupaba medio pasillo, dejaba pelos por todas partes y tenía la costumbre de despertar a Mercedes a las siete exactas empujándola con el hocico.

Pero también la obligó a salir.

A caminar.

A hablar con gente.

Mercedes, que había pasado años sintiendo cómo su mundo se hacía cada vez más pequeño, empezó a conocer cada árbol del parque, a saludar al panadero, a conversar con otras mujeres que paseaban a sus perros.

Y una tarde de noviembre llegó una tormenta.

La primera desde que Luna vivía con ellos.

Al sonar el primer trueno, la perra corrió hacia el dormitorio y se escondió junto a la cama.

Mercedes se sentó en el suelo.

—Eh. Mírame.

Luna temblaba.

Mercedes abrió los brazos.

La perra se acercó y apoyó la cabeza sobre su pecho.

—Ya no estás sola —susurró—. Y yo tampoco.

Meses más tarde, Lucía llamó desde Bilbao.

Habían encontrado por fin una vivienda donde aceptaban animales.

—Mercedes… podemos llevarnos a Luna cuando queramos.

Mercedes se quedó en silencio.

Había sabido que aquel momento llegaría.

Había intentado prepararse.

No había servido de nada.

—Claro —respondió finalmente—. Es vuestra.

Cuando colgó, se sentó en la cocina y lloró en silencio.

Antonio no dijo nada.

Solo puso una taza de café frente a ella.

Tres días después llegaron Lucía y su marido.

Luna enloqueció de alegría al verlos.

Saltó, gimió, corrió por el salón.

Mercedes sonrió, aunque sentía el pecho roto.

Lucía la observó largo rato.

Después sacó una carpeta.

—He venido a buscar unas cosas.

Mercedes miró la carpeta.

—¿Y Luna?

Lucía se arrodilló junto a la perra.

—Luna ya está en casa.

Mercedes no entendió.

—Pero dijiste que…

—Que habíamos encontrado un piso donde aceptaban animales. Sí. Es verdad.

Lucía le tomó las manos.

—Pero también he visto algo desde que nos fuimos. Cuando hacemos videollamada, Luna busca tu voz. Cuando oye tu nombre, corre hacia la puerta. Y tú… tú ya no eres la misma mujer que vino enfadada aquella noche.

Mercedes empezó a negar con la cabeza.

—Es vuestra perra.

—No —dijo Lucía suavemente—. Nosotros la rescatamos de una protectora. Pero usted fue quien consiguió que dejara de tener miedo.

Antonio se secó discretamente los ojos.

Lucía puso la carpeta sobre la mesa.

—Son los papeles para cambiar la titularidad.

Mercedes rompió a llorar.

Luna, alarmada, apoyó las patas delanteras en sus piernas y empezó a lamerle las manos.

—Mira lo que haces —sollozó Mercedes, abrazándola—. Una mujer seria llorando por tu culpa.

A partir de entonces, cada vez que alguien del edificio se quejaba de encontrar algún pelo negro en el ascensor, Mercedes respondía orgullosa:

—Es de mi Luna.

Pasaron los años.

Luna envejeció.

Su hocico se volvió gris y las caminatas cada vez fueron más cortas.

Una tarde de verano, Mercedes se sentó con ella en el banco de siempre.

—¿Sabes una cosa? —le dijo acariciándole la cabeza—. Yo creía que aquella noche salí de casa para pedir silencio.

Luna levantó los ojos.

—Y resulta que fui a buscarte sin saberlo.

La perra apoyó lentamente la cabeza en su regazo.

Mercedes sonrió entre lágrimas.

Porque hay encuentros que llegan disfrazados de molestia, de ruido, incluso de enfado.

Y a veces aquello que más tememos llama a nuestra puerta para enseñarnos precisamente lo que nos faltaba.

Mercedes creyó que aquella noche había calmado a una perra aterrorizada por la tormenta.

Tardó mucho tiempo en comprender la verdad.

Luna también había rescatado a una mujer que llevaba años viviendo en silencio.

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Mercedes llevaba tres noches durmiendo a trompicones por culpa de los aullidos que llegaban del piso de al lado.