¡Has abandonado el instituto por ese amor!¡Te enviamos a estudiar, no a casarte!Nos faltaba una campesina que aceptáramos en la familia se enfurecía el padre. La pasión desbordada del hijo se quiso frenar con el destierro. A petición del padre, Víctor se alistó en el ejército.
Luz organizaba la casa. Cambió el papel pintado, sustituyó las cortinas y puso orden en los altillos. A ella le gustaba el orden; así su ánimo permanecía sereno.
En el rincón más apartado encontró una caja con cartas de Víctor. ¡Cuántas veces había dejado de abrirla! La mujer, absorta en la limpieza, volvió a leer la primera, luego la segunda, la tercera
Víctor y Luz se conocieron en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Madrid. Víctor era madrileño, mientras Luz había venido del campo.
Ella cautivó al joven con su presencia: largo pelo negro, ojos sorprendentes y figura esbelta.
Comenzaron a salir. Para la tímida y tranquila Luz, el enérgico Víctor era como un torbellino. Cada día inventaba alguna sorpresa para ganarse el cariño de la bella. Le dejaba flores bajo la puerta de su dormitorio, aparecía a medianoche en la ventana deseándole buenas noches. La habitación estaba en la planta baja.
Las ruidosas fiestas estudiantiles, los paseos y los besos hicieron pasar el primer año académico como un soplo. Siempre estaban juntos.
Pero la cosa salió a que Víctor abandonó los estudios. Desde el primer instante no había sentido el deseo de morder el granito del saber; ¡y allí estaba el amor! Lo expulsaron del instituto, pero no le entristeció.
Buscaré trabajo y, después, retomaré los estudios a distancia. Así podré casarme contigo, mi alegría le explicó a Luz.
Consiguió empleo en una fábrica textil y avisó a sus padres de su intención de casarse. Los de Luz lo conocían poco; ella los visitó en varias ocasiones.
Él estaba preparado para que aceptaran la noticia sin regocijo. Su padre y su madre soñaban con casar al hijo con la hija de sus amigos. Pero ni Víctor ni la hija de los amigos, Celia, querían cumplir esas expectativas.
Víctor pensó que convencería a los progenitores, que comprenderían su amor por Luz. ¡Llegaría el momento en que él no pudiera vivir sin ella!
Sin embargo, la realidad no fue así. No lo entendieron; la reacción familiar fue dura.
¡Has dejado el instituto por ese amor!¡Te enviamos a estudiar, no a casarte!Nos faltaba una campesina que admitiéramos en la familia reclamó el padre.
La pasión del hijo quedó contenida con la separación. Por orden del padre, Víctor ingresó al ejército.
Luz sufría la ausencia del amado. Lo único que le daba fuerzas y consuelo eran las cartas que Víctor le enviaba, tan tiernas y apasionadas.
Pero, de repente, la correspondencia se interrumpió. Un mes, dos, medio año y ni una línea. Luz no encontraba su lugar.
Así ocurre, los sentimientos se enfrían con la distancia. Entonces no fue amor, solo un entusiasmo la consoló el compañero de estudios, Santiago.
Santiago era amigo en común de Víctor y Luz. Luz ignoraba que Santiago había escrito a su amigo confesando que la amaba y que ahora ella estaba con él. Le pidió a Víctor que dejara de molestar a Luz con cartas, pues planeaban casarse.
Luz aceptó, volvió a la universidad, se relacionó con sus amistades. Santiago siempre estuvo cerca; llevaba años enamorado de ella y la separación de Víctor le había abierto una puerta.
La atención y el cariño que Santiago le brindaba le parecían sinceros.
Que él, al menos, sea feliz pensó la joven y aceptó su propuesta.
Luz quiso tirar las cartas de Víctor, pero su mano no se movió. Las guardó en una caja y las apartó.
Así comenzó una nueva vida.
Los padres de Víctor pronto anunciaron que Luz se había casado con Santiago.
Y el tiempo volvió a volar.
Una década pasó, otra más. Luz y Víctor vivían en la misma ciudad, pero en vidas paralelas que nunca se cruzaron.
A Luz llegaban rumores de que Víctor se había casado. No con Celia, sino con otra mujer. Tuvieron un hijo.
Sin embargo, la existencia tranquila y regular de Luz no le brindaba felicidad. Con Santiago tuvo dos hijas. El cuidado de los niños y el trabajo se convirtieron en su razón de ser; el alma ya no albergaba más inquietudes.
Cada uno cargaba su propia carga sin alegría y olvidó que la vida puede ser luminosa y feliz.
Transcurrieron treinta y cinco años.
La familia de Luz se desmoronó. Por mucho que intentara, una relación sin amor no prosperó. Su marido sentía que ella jamás lo había amado de veras; le apareció una amante. Las hijas crecieron, formaron sus propias familias y ya no quedaba nada que las uniera.
Tras el divorcio, el marido confesó a Luz cómo había orquestado la separación con Víctor.
Víctor también vio disolverse su familia y quedó solo.
Luz leyó la última carta. Lloró y sonrió a la vez. Entonces comprendió que deseaba con desesperación saber dónde estaba Víctor ahora, cómo había sido su vida, simplemente volver a verlo y conversar.
Decidió escribir a su vieja dirección, esperando que viviera allí o que algún pariente le entregara el sobre. Luz siempre había sido resuelta; redactó la carta al instante e invitó a encontrarse en el café frente a su casa. Sin vacilar, dejó la misiva en la boquilla más cercana.
Al día siguiente se recriminó a sí misma: ¿Por qué soy tan imprudente?
Víctor, al regresar a casa, se acercó a la buzón. ¿Una carta? Qué rareza en estos tiempos. Al ver el nombre en el sobre, no creyó sus ojos. La abrió y el tiempo retrocedió.
A la hora pactada entró en el café, con el corazón latiendo con fuerza. El local estaba vacío, salvo una mesa en la que estaba sentada una mujer.
Luz susurró casi en un murmullo Víctor.
Sí ella giró la cabeza y le devolvió la mirada.
Su mirada, aun después de tantos años, le resultó idéntica a la de aquel primer encuentro. Era ella, su Luz. Entonces hablaron, lloraron y rieron.
Al salir del café, hombre y mujer se tomaron de la mano, jurando no separarse jamás.
P.D.
Desde aquel reencuentro han pasado casi cinco años. Luz y Víctor viven al compás del otro, y cada día que transcurre lo consideran una bendición.
El amor verdadero no desaparece sin aviso; ahora lo saben con absoluta certeza.





