El hijo no está listo para ser padre… «¡Fresca! ¡Desagradecida Cochina!», chillaba la madre a su h…

¡Descarada! ¡Desagradecida! chillaba la madre de la joven Inés, sin contenerse. El vientre redondeado de su hija solo encendía aún más su ira. ¡Fuera de mi casa! ¡No vuelvas nunca más! ¡Quiero olvidarme de ti!

Y no fue la primera vez que la echaba por diferentes razones, pero esta vez, al saber que estaba embarazada, la sentencia fue definitiva: Inés ya no podía volver, ni pensarlo siquiera.

Llorando a mares y con una pequeña maleta repleta de sus pocas cosas, Inés fue a casa de su novio, Guillermo, que no sabía bien qué hacer ni qué decir. Para su sorpresa, Guillermo ni siquiera se lo había confesado aún a sus padres. Al enterarse la madre de Guillermo, preguntó de inmediato si aún estaban a tiempo de hacer algo. Pero era tarde: la barriga de Inés mostraba ya una maternidad avanzada. Inés, desbordada por la situación, aceptaba cualquier ayuda. Si hacía tan solo un mes hubiese repudiado cualquier sugerencia de su madre, ahora la desesperación y el miedo la atrapaban.

Mi hijo no está preparado para ser padre dijo la madre de Guillermo, firmemente. Es demasiado joven, y esto le destrozará la vida. Te ayudaremos en lo que podamos, pero lo mejor será que te quedes en un centro donde puedan acogerte, un sitio al que van chicas como tú, embarazadas que nadie quiere.

En ese centro, Inés recibió una pequeña habitación. Por fin pudo respirar con menos angustia y descansar tras tanto sobresalto. Nadie la presionaba. Psicólogos y asistentes la preparaban para el parto. Cuando llegó el gran momento y le pusieron a su pequeña hija en brazos, Inés sintió primero pánico. Pero poco a poco, mientras observaba a la niña, fue descubriendo en ella un milagro desconocido y frágil.

Pronto llegó la Navidad, pero lejos de la alegría habitual, a Inés le advirtieron que debía buscar refugio, pues su plaza en el centro ya se necesitaba para otra joven. Con Eva su hijita recién nacida y tranquila en los brazos, Inés no sabía dónde ir ni con qué dinero sobrevivir. Su propia madre seguía con el corazón endurecido y no quería saber nada ni de hija ni de nieta, borrándolas de su vida para siempre.

Vaya, pequeña, qué Nochebuena más triste nos espera susurró Inés a Eva. Amaba aquel festejo, recordando cuando de niña salía a cantar villancicos por las calles de Salamanca, aprendiendo todas las canciones y yendo de casa en casa con sus amigos para recaudar una buena paga y dulces. Esa nostalgia le hizo pensar que, quizás, aún podía hacerlo: abrigaría bien a la niña, la llevaría pegada al pecho, y saldría a cantar villancicos para calmar el alma. Si nadie me abre, que les den, pensó la joven madre.

Al día siguiente, tras Nochebuena, Inés decidió visitar un barrio tranquilo de chalets de Salamanca. Como intuía, no todos abrían la puerta a una villancica tan inusual; la tradición dictaba que debían ser hombres quienes llamaban, pero en algunas casas tuvo suerte. Inés cantaba con tanto sentimiento y alegría que los anfitriones la recompensaron generosamente, no solo en euros, sino también con turrones y otras exquisiteces. A algunos les conmovía la presencia del bebé, intuían que solo una madre en apuros saldría así en pleno diciembre.

Ir de casa en casa resultaba agotador. Solo una villa más y me voy, seguro que son ricos y me toca buen aguinaldo, se animaba Inés, notando que en su abrigo el dinero ya sumaba una cantidad tranquilizadora.

¿Se puede cantar un villancico? pidió cuando el dueño de una elegante casa abrió la puerta. Pero la reacción del hombre dejó a Inés perpleja. Tras dejarla pasar, el desconocido la miró fijamente, después a la niña, se puso blanco, tambaleó y se dejó caer en el sofá.

¿Marina? susurró él.

¿Perdón? No, yo me llamo Inés se está usted confundiendo.

¿Inés? repitió. Es que te pareces muchísimo a mi esposa y esa niña Yo perdí a mi mujer y a mi hija en un accidente de coche. Hace poco soñé que volvían a casa, que regresaban Y apareces tú, aquí, ¿es posible algo así?

No sé qué decirle

Por favor, pasa. Cuéntame tu historia.

Inés sintió al principio miedo; la actitud del hombre era inusual y estaba visiblemente afectado. Pero pronto pensó que tampoco tenía adónde ir, así que entró en la luminosa sala donde aquel hombre vivía solo. Al mirar a la pared, vio la foto de una mujer y una niña que se parecían a ella y a Eva.

Inés comenzó a hablar y, por primera vez en mucho tiempo, no pudo contenerse: relató su vida, sus pesares, cada detalle sin reservas. Finalmente, sentía que alguien realmente la escuchaba. Él la oía en silencio, atento, mirando a la niña, que dormía profundamente y sonreía en sueños, como si sintiera por fin haber llegado a un verdadero hogar, el hogar que el destino le tenía reservado.

A veces, la vida nos derrumba y nos empuja por caminos inesperados, pero, incluso en la noche más fría y oscura, una puerta nueva puede abrirse, y la esperanza puede volver a brillar si no dejas de buscarla.

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