¿Botón? Pues yo la llamé Abeto. Estuvo correteando por aquí toda la mañana. Se notaba que se había perdido. Luego se acurrucó a mis pies y claro, la metí en el coche, no fuera a quedarse helada, pobrecilla sonrió el hombre
Tomasa, hija, ¿pero cómo puedes tener tan mala pata en la vida? ¿Cuántas veces te he dicho que ese Victorino no era para ti? le regañaba la madre a Tomasa.
La mujer, con la cabeza baja, parecía tener de nuevo quince años y haber suspendido matemáticas, aunque hacía poco había soplado las treinta y siete velas. Pero el día menos pensado el título lo consigue cualquiera.
Sentía Tomasa aquél regusto amargo de la derrota: por su vida, por su divorcio, por su hija pequeña Lucía Porque, a las puertas de la Nochevieja, se habían quedado sin jefe de familia.
Que me voy, Toma soltó Victorino, tan campante, una noche. Ella ni entendía bien de qué hablaba.
¿Te vas a dónde? preguntó la otra, y puso delante de él un plato humeante de cocido madrileño.
Mira, de verdad, Tomasa, vives en otro mundo. No pillas nada serio. ¿Cómo he podido aguantar contigo tantos años? dijo él, poniendo ojos de tragedia griega.
No le hizo falta preguntarle más. Victorino lo soltó todo de carrerilla:
Que no puedo más, ¡hombre! Además, tu perra no para de gimotear, la niña siempre enferma, ni una pizca de romanticismo. Toma, mírate. ¿En qué te has convertido? remató la faena.
Tomasa buscó su reflejo en la luna del aparador, pero solo vio una imagen desdibujada y lagrimeante. Se quedó allí, plantada en medio de la cocina, abrazando su soledad.
Victorino no soportaba las lágrimas. Echó un último vistazo al cocido, se levantó y se puso a hacer la maleta
La perrita Botón enseguida notó el ambiente, y empezó a rodear a su dueña, gimiendo y tratando de consolarla.
Por fin voy a descansar tranquilo sin tanto aullido decretó Victorino, asomando al pasillo con la bolsa al hombro.
Pero, ¿y Lucía? musitó Tomasa, temiendo cómo afectaría aquello a su hija de cinco años, que a esas horas dormía plácidamente.
Ya te apañarás. Que para eso eres la madre, ¿no? sentenció él antes de marcharse, con los lloriqueos de Botón a modo de banda sonora.
Tomasa pasó la noche entera sentada en la cocina, abrazando a Botón, que la lamía bastante resuelta en sus tareas de psicóloga canina. Sabía que algo gordo había pasado.
Varias jornadas evitó contárselo a su madre, que telefoneaba religiosamente para interesarse. Tomasa despachaba rápido: Todo bien, mamá, y apagaba el móvil.
¿Y el trabajo qué? ¿Has encontrado ya algo? Porque como te deje ese sinvergüenza de Victorino, ¿de qué vais a comer, eh? inquiría la madre en su visita semanal.
Y entonces Tomasa no aguantó y se soltó a llorar, confesando: Nadie me llama. Y Victorino ya se ha ido.
La madre lanzó un ¡ay! tan sonoro como un pregón. Lo veía venir desde hace tiempo.
Si es que lo de él se veía claro. Vivisteis cinco años juntos, tuvisteis a la niña y el tío nunca se decidió a casarse se quejaba.
Pero en el fondo le daba pena su hija y la nieta.
¿Y ahora qué se supone que vais a hacer?
Ya veré Me meteré de cuidadora en la guardería de Lucía suspiró Tomasa.
Con lo que cobra una ahí, no os llega ni para el pienso de la perra añadió su madre, poco amiga de animales, y mucho menos de Botón, esa perrilla callejera que Tomasa trajo a casa.
Iba a seguir con más, pero al ver que a Tomasa le temblaba la barbilla, guardó silencio.
Vale, no llores, mujer. Si hace falta, yo cuido de Lucía intentó consolarla.
Otra semana discurrió así.
Tomasa, finalmente, logró trabajo y, cada mañana, iba a la guardería junto con Lucía. La niña estaba encantada.
¿Mamá, podemos llevar a Botón de ayudante? Que la abuela siempre refunfuña con sacarla de paseo. Además, ¡podría ayudarte a lavar platos y vigilarnos en la siesta! proponía la pequeña, entre risas.
Tomasa reía y la abrazaba, aunque por dentro se le hacía añicos el alma cada vez que Lucía preguntaba:
¿Mamá, cuándo vuelve papá? ¿Llegará antes de Nochevieja?
Nunca se atrevió a contarle la verdad. Se inventó que Victorino estaba en una misión secreta. Llamaba a su ex, intentaba que al menos viese a la niña, pero él, con tono de culebrón televisivo, respondía:
Toma, no me interrumpas, que estoy montando mi nuevo chiringuito. Dile a la cría que soy un superagente y me han mandado lejos. No volveré pronto. Y por cierto, ¿has visto mi corbata azul? Voy a recibir el año y no la encuentro se lamentó antes de colgar.
Tomasa se quedó pensando mucho rato. No sabía cómo iba a pasar el año nuevo sola ni qué decirle a Lucía.
Sucedió inesperadamente: la abuela llevaba a Lucía al centro de salud, cuando, de repente, de la esquina apareció Victorino.
¡Papá, has vuelto! chilló la niña lanzándose a sus brazos.
Victorino, tieso, le sonrió y le dijo que, bueno, las cosas eran así y que él y mamá ya no vivirían juntos, antes de largarse por donde había venido.
A lo mejor vuelvo algún día si se tercia fue todo lo que soltó.
Lucía se quedó de piedra y susurró:
Mejor no vuelvas.
Esa tarde le subió la fiebre y, dos días después, el médico apareció en casa.
La niña no quería hablar ni comer, como si hubiera decidido que tampoco tenía prisa por curarse del resfriado.
Es por estrés, seguramente, dijo el doctor tras oír la historia paterna.
Tomasa no dejaba de culparse:
Tenía que habérselo contado desde el principio. Lucía es lista; habría entendido le confesó a su madre, que negaba con la cabeza.
Pero todavía aguardaba otra sacudida. Una mañana, la abuela, con prisas, sacó a Botón sin correa. En cuanto la regañó una vez de más, la perra giró sobre sus patas y salió disparada.
¡Anda que tú! Pues ya vendrás corriendo cuando te quedes helada en la calle regañó la abuela y subió rauda a casa para dar la medicina a su nieta.
Sin embargo, la noticia cayó en casa como una losa. Lucía, enterándose de la fuga de Botón, se plantó:
Cuando vuelva Botón, comeré.
Esto es tu culpa, Toma, de tanto consentirla. Se te ha ido de las manos. ¡Que ya te decía yo! farfulló su madre.
Mejor habrías vigilado a Botón, mamá, en vez de soltar discursos saltó Tomasa, por primera vez en su vida.
¡De verdad! Siempre lo hago todo por vosotras se picó la madre, marchándose muy dignamente.
Tomasa se quedó a solas, otra vez. Vagó en la oscuridad por los alrededores del bloque, mientras Lucía dormía inquieta. Deseó con todas sus fuerzas que Botón regresara, pero nada. Tiritando, volvió a casa y cayó en un sueño entrecortado.
A la mañana siguiente, Lucía se despertó:
¡Mamá, he soñado con un abeto! Lo decorábamos y aparecía Botón dijo la niña animada.
Tomasa le sonrió con pesar. En el salón, una minúscula réplica de árbol de plástico intentaba sonar a Navidad. Llegaba el Año Nuevo, como quien dice, y aquello era todo lo que podían arreglar.
Pero Lucía insistía, disgustada, en que el abeto tenía que ser grande, de verdad:
Si no, Botón no volverá. Lo he soñado, mamá sollozaba.
Tomasa suspiró. Comprar un abeto natural era imposible con lo que tenía en la cuenta. Llamó a la madre, pero esta ya ni quería acercarse.
Mira, que para ti es más importante ese chucho que tu propia madre. ¡Piénsalo! refunfuñó la abuela antes de colgar.
Tomasa supo que podía olvidarse de ayuda.
Lucía seguía mustia, con fiebre y penas, y cuando ya estaba todo listo para Nochevieja, rompió a llorar:
Ni árbol, ni Botón. Ni papá Nada de magia, mamá.
Tomasa acarició el pelo de su hija y disimuló las lágrimas, luego pidió a la vecina, la buena señora Carmen, que vigilase a Lucía, y salió a la calle.
El aire helado, la nieve revoloteando, familias cargadas de regalos, risas Pero para Tomasa no había más mundo que sus pasos buscando a su perrita.
¿Dónde te has metido, chiquitina? susurraba, rastreando por las mismas calles una y otra vez.
Sin darse cuenta, acabó en un puestecillo de abetos. Un hombre grandote, bien envuelto en una zamarra, daba pequeños saltitos para entrar en calor junto a los últimos árboles.
¿Quiere un abeto? ¡Sólo quedan estos! Puedo hacerle precio, que hay ganas de irse a casa animó el vendedor.
Tomasa pensó en la familia que quizás le esperaba al hombre, en la cena, en los niños tras la ventana Una pareja joven compró el penúltimo abeto y se marchó.
Venga, ¿lo quiere o no? Es el último. Me ofrezco a llevárselo a casa insistió el hombre.
Pero Tomasa solo pudo mirarle con angustia. Ni un euro en el bolsillo. Y los que quedaban en casa no alcanzaban ni para el abeto más raquítico.
Entonces se fijó en un montón de ramas caídas junto a la furgoneta.
¿Y esas ramas? ¿Me podría dar algunas, si no las necesita? preguntó, bajando la voz.
El vendedor miró a las ramas, suspiró y dijo:
Claro, lléveselas. Espere, que le ayudo.
Tomasa aceptó el regalo con lágrimas en los ojos y, sin darse cuenta, empezó a contarle su vida:
Es por mi hija, está enferma, la perra se ha escapado, no tenemos abeto todo es un desbarajuste, nada navideño balbuceó.
El hombre la escuchaba en silencio. Se llamaba Pablo y tampoco estaba para fiestas, recién abandonado y con el corazón en barbecho. Pero en ese instante, otro cliente llegó preguntando por el último abeto.
Vendido, lo siento, vaya al puesto de la esquina respondió Pablo, guiñando el ojo a Tomasa.
Ella lo miró sorprendida.
Venga, le ayudo con el árbol ofreció Pablo, con media sonrisa más amable de lo previsto.
Tomasa se ruborizó:
Pero si ya le he dicho que no tengo dinero
Ya, ya lo sé asintió Pablo.
Y entonces los milagros navideños existen. Solo pueden suceder en las noches más impensables.
Pablo abrió la puerta de su furgoneta y, en el asiento, bien arropada con un jersey de lana, dormía Botón tan tranquila.
¿Botón? ¿Pero cómo la tiene usted? exclamó Tomasa, a punto de llorar.
¿Botón? Pues yo la llamé Abeto. Ha estado dando vueltas por aquí todo el día, y cuando se cansó, se vino a mis pies Así que al coche, no se me fuera a helar sonrió Pablo.
Era un hombre simpático, amigo de los animales, y pronto se llevaba de maravilla con los niños.
Gracias a aquel inesperado giro, en casa de Tomasa volvió el calor y la alegría. Quizá era la magia de Año Nuevo, o solo las casualidades que manda la vida, pero lo cierto es que, desde entonces, su pequeña familia volvió a ser feliz.
Y de vez en cuando, a Botón aún le llaman Abeto.



