Mi exnovio apareció un sábado por la tarde en mi piso de Madrid con un ramo enorme de flores, una caja de bombones, una bolsa llena de regalos y esa sonrisa que llevaba meses sin ver. Pensé que venía a pedirme perdón o a que por fin hablásemos de todo lo que había quedado sin aclarar entre nosotros. Resultaba curioso, porque después de la ruptura se había mantenido frío y distante, casi como si fuera una completa desconocida para él.
Nada más entrar, comenzó a hablar deprisa, diciendo que había pensado mucho, que me echaba de menos, que yo era la mujer de su vida y que se había dado cuenta de sus errores. Hablaba tan deprisa que parecía que lo tenía todo ensayado de antemano. Yo me quedé callado, escuchándole, sin entender de dónde le venía de pronto tanta ternura tras meses de silencio absoluto. Pero se acercó, me abrazó y soltó que quería que recuperásemos lo nuestro.
Mientras seguía con su discurso, sacó un frasco de perfume, una pulsera y una caja con una carta dentro. Todo tremendamente romántico. Empezó a explicarme que teníamos que darnos otra oportunidad, que había cambiado, que conmigo quería hacer las cosas bien. Yo empecé a sentirme incómodo; todo aquello era demasiado bonito para ser real. Además, nunca fue tan detallista ni cuando seguíamos juntos.
La verdad aflora cuando le invité a sentarse y le pregunté directamente qué era lo que quería. Ahí empezó a ponerse nervioso y a enredarse. Me confesó que tenía un pequeño problema bancario, que necesitaba un crédito para un negocio que iba a ser bueno para los dos y que solo le faltaba una cosa: mi firma.
Entonces entendí el motivo de tanto derroche de cariño y regalos.
Le dije que no iba a firmar nada. En ese momento, su cara cambió al instante. La sonrisa desapareció, tiró las flores sobre la mesa y empezó a gritarme diciendo que cómo era posible que no confiase en él, que esta era la oportunidad de su vida. Me hablaba como si le debiera algo. Incluso tuvo el descaro de decirme que si aún le quería, tenía que ayudarle. Todo se vino abajo tan rápido como había empezado.
Al ver que no cedía, cambió de estrategia. Comenzó a decirme que sin ese crédito estaba perdido, que si le ayudaba volvería conmigo oficialmente y que podríamos empezar de cero. Lo dijo sin pizca de vergüenza, mezclando reconciliación fingida con puro interés económico. Ahí me quedó del todo claro que aquel teatro regalos, flores, palabras dulces solo buscaba que firmase lo que él quería.
Por último, cuando le repetí que no iba a firmar absolutamente nada, recogió casi todos los regalos: se llevó los bombones, guardó el perfume y hasta la pulsera. Solo dejó las flores tiradas en el suelo. Se marchó llamándome desagradecida y diciendo que luego no dijese que no intentó salvar la relación. Cerró la puerta como quien te deja una deuda pendiente.
Así fue como aquella supuesta reconciliación duró exactamente quince minutos.
Esto me enseñó a desconfiar de los que vuelven con promesas y regalos cuando lo que realmente les mueve es un interés propio. Vale más la dignidad que cualquier ramo de flores.





