Nunca llegué a amar a mi esposa, aunque se lo confesé en más de una ocasión. Ella no tenía la culpa de nada; nuestra vida juntos fue tranquila. Jamás discutía conmigo ni me reprochaba nada, era dulce y amable. La única sombra en nuestra relación era la ausencia de amor. Cubertería y utensilios domésticos
Cada noche me acostaba y cada mañana despertaba pensando que quería marcharme al fin, buscar a esa mujer a la que sí pudiera amar de verdad.
¿Pero lograría alguna vez encontrarla? Estar junto a Lucía me resultaba muy cómodo. Además de ser una excelente ama de casa, mi esposa tenía una belleza fuera de lo común. Mis amigos aún me envidian y no comprenden cómo he tenido tanta suerte en la vida. Ni yo mismo entiendo por qué esta mujer me eligió.
No destaco en nada, soy un hombre cualquiera entre cientos. Pero ella me quiere, vaya uno a saber por qué
Su cariño y lealtad no me dejaban tranquilo. Y aún más, su belleza. Sabía perfectamente que en cuanto yo saliera por la puerta, terminando para siempre con nuestro matrimonio, aparecería otro pretendiente listo para conquistarla: uno con más dinero, atractivo y éxito.
Tanta inquietud me causaba imaginarla en los brazos de otro, que casi me enloquecía. Lucía es mía, aunque no sienta nada hacia ella. Y jamás lo sentí. Me casé porque me halagaba la idea de estar con una mujer tan hermosa.
Pero ¿acaso se puede vivir toda la vida con alguien a quien no amas? Pensé que podría, pero me equivoqué. Cocina y comedor
“Mañana se lo tengo que contar,” decidí antes de dormirme por fin.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, reuní el valor para hablarle sinceramente:
Lucía, siéntate, por favor. Tengo que decirte algo.
Te escucho, cariño.
Imagínate por un momento que nos separamos, que cada uno se va a vivir a un rincón distinto de Madrid.
Lucía soltó una risa:
Qué situación más extraña ¿es algún juego?
Escúchame hasta el final. Esto es importante para los dos.
Bueno, vale. Ya me lo imagino.
Dime, sinceramente: si me fuera de casa ¿buscarías a otra persona?
Álvaro, ¿de dónde ha salido esta idea? ¿Por qué ibas tú a dejar la familia?
Porque no te amo, ni nunca lo he hecho.
¿Perdón? ¿Estás de broma? No te entiendo
Quiero irme, pero no puedo soportar la idea de verte con otro.
Lucía guardó silencio unos instantes, reflexionó, y finalmente respondió:
Mejor que tú no voy a encontrar, así que puedes irte tranquilo, que no estaré con nadie más.
¿Lo prometes?
Por supuesto me aseguró Lucía. Complementos femeninos
Bueno ¿y adónde podría irme yo?
¿No tienes a dónde ir?
No hemos pasado la vida juntos, así que supongo que nos tocará envejecer juntos, respondí, resignado.
No te preocupes. Si nos separamos, venderemos el piso y nos compraremos dos estudios, cada uno el suyo.
¿De verdad? No esperaba que me ayudaras así. ¿Por qué lo haces?
Porque te quiero, y si sientes algo sincero por alguien, no puedes retenerlo a la fuerza.
Pasaron algunos meses y, finalmente, nos divorciamos. Un par de semanas después, supe que Lucía no cumplió su promesa; enseguida encontró a otro hombre. Además, jamás tuvo intención de vender el piso que le había dejado su abuela.
Me quedé sin nada: solo, más solo que la una. ¿Cómo confiar después en una mujer? No tengo ni idea
¿Qué opináis de Álvaro?
Esta historia se basa en hechos reales compartidos por uno de nuestros lectores. Cualquier parecido con nombres o lugares reales es pura coincidencia. Las fotografías de este artículo son solo ilustrativas.
A veces, solo valoramos lo que teníamos cuando lo hemos perdido, y descubrirlo demasiado tarde puede convertirse en la lección más dura de la vida.





