Nieves Fernández recuerda perfectamente el día en que tuvo que decidir el destino de un niño que no era suyo. Es miércoles, su marido ha llegado del trabajo antes de lo habitual, con el semblante sombrío. Sin decir palabra, Víctor le entrega un sobre.
¿Qué pasa?
Ya no está Verónica. Sin mi consentimiento, no pueden llevarse a Diego a un orfanato.
Nieves ya sabía, incluso antes de casarse, que su marido tenía un hijo. Una historia de lo más común. Durante la mili, Víctor se enamoró. Al terminar el servicio, se trajo a la joven con él; alquilaron un piso pequeño. Pero la chica no tardó en hacer las maletas y volver a su tierra.
Después le mandó un telegrama: Felicidades, tienes un hijo. Víctor nunca le contó a Nieves los detalles, y a ella tampoco le interesó demasiado. Pasado es pasado, ¿para qué removerlo?
Cuando Nieves estaba embarazada de cuatro meses, la ex apareció sin previo aviso con Diego, de apenas un año. Montó una escena, intentó recuperar lo perdido. Víctor la echó de casa y se quedó junto a su esposa. Nieves, fiel a su carácter, no le guardó rencor: lo sucedido antes de conocerse no es asunto suyo.
Verónica pidió la pensión y Víctor cumplía religiosamente. De la otra mujer, nunca más supieron, hasta que tiempo después se enteraron de que ella se había casado dos veces y que tras el segundo divorcio, se quitó la vida.
Para entonces, Nieves y Víctor ya tenían dos hijos: el pequeño Álvaro, solo un poco menor que Diego, y la pequeña Berta, que acababa de cumplir un año. Decidieron tener el segundo tras comprarse su propia casa.
Una casa de madera, modesta, sin lujos, pero con cuatro habitaciones. Un patio, una pequeña parcela, el huerto Después del minúsculo piso alquilado, aquello era la gloria. Álvaro llevaba una semana correteando por toda la casa y el jardín como un loco.
Educar al hijo de otra mujer Nieves ni se lo había planteado nunca. Solo había visto a ese niño hacía siete años, y apenas sabía nada de él. ¿Cómo sería? ¿Qué habría vivido? Daba miedo. Si ya con el suyo propio, tan revoltoso, le costaba de vez en cuando, ¡imagínate con dos! Además, eran casi de la misma edad. ¿Se llevarían bien? Víctor pasaba mucho tiempo fuera de casa, así que los niños serían responsabilidad suya casi por completo.
Todos esos pensamientos le cruzaron la mente en apenas un instante. Víctor seguía callado, sentado en la entrada, con el rostro desencajado.
A Nieves le dio un vuelco el corazón: se puso en el lugar de él. ¿Qué haría si la vida pusiese a su propio Álvaro al borde de quedarse solo? Todo cobró sentido:
Víctor, claro que vamos a traer al niño con nosotros. No hay nada que discutir. Es tu hijo, y para los nuestros será su hermano. Si le damos la espalda, ¿cómo vamos a vivir después? Donde caben dos, caben tres. Lo conseguiremos, los sacaremos adelante.
Un mes después, Diego llegó. Callado, tímido, obediente. Se parecía poco a Álvaro, que era pura energía y algo rebelde. Quizá esa diferencia ayudó: el hermano mayor que llegó de repente no quiso liderar, prefería seguir, y los chicos enseguida hicieron buenas migas. Y, además, siempre estaba Berta con su risa, la pequeña de ojos vivarachos, capaz de sacarle una sonrisa a todos. Parecía querer al mundo entero.
Al llegar el otoño, Diego empezó el colegio. Se adaptó muy bien su madre lo había preparado. Era difícil llegar a fin de mes, pero Víctor se esforzaba al máximo, y más adelante Nieves volvió también al trabajo. Los niños crecían, aprendían a ayudar en casa, y nunca hicieron diferencias entre hijos de uno y de otro. Vivían como una familia unida.
Cuando Diego entró en la universidad, a Nieves le diagnosticaron una grave enfermedad. Estuvo mucho tiempo hospitalizada y acabó en quirófano. Lo pasó mal, pero no permitió que el desánimo la venciera: pensaba en sus hijos, en todo lo que les quedaba por delante, y tenía la fe de que sanaría por ellos. Soñaba con verlos mayores, felices, y con algún día conocer a sus nietos. A Víctor, en cambio, la desgracia le rompió: empezó a beber sin medida.
A sus dieciocho años, Diego se convirtió en el pilar de la familia. Se pasó a estudios a distancia, buscó trabajo, y era quien más apoyaba a su madre: la visitaba casi todos los días en el hospital, le leía en voz alta, le pedía recetas de las comidas favoritas de Álvaro y Berta, y luego le llevaba muestras para que probara. Hasta el final, le ocultó que Álvaro se había metido en líos con malas compañías y que acabó teniendo problemas con la justicia. Por suerte, no llegó a entrar en prisión, quedó en régimen de libertad condicional.
Nieves logró recuperarse. Pero la relación con Víctor se había enfriado: nunca pudo perdonar del todo aquella debilidad y esas ausencias en los días más difíciles. Menos mal que la casa es grande: conviven casi como vecinos. Víctor intenta dejar la bebida, pero a veces recae.
Hace un año Diego llegó a casa con su novia, Laura: la misma de la que llevaba enamorado desde los tiempos del parvulario. Ella estudia Psicología y, sin dudar, empezó a ayudar a su suegro a salir del hoyo del alcohol. La vida sigue. Y pronto la casa volverá a llenarse de risas infantiles: los recién casados acaban de saber que esperan mellizos.
Cada día Nieves da gracias a Dios por su hijo mayor y cree firmemente que solo está viva porque un día supo abrirle el corazón a un niño que no era suyo.





