DOS HERMANAS
Hoy quiero recordar a dos hermanas cuyas vidas tomaron caminos tan diferentes como la noche y el día. La mayor, Elena, siempre fue una belleza deslumbrante, exitosa y acomodada. La menor, Jacinta bueno, de ella ya nadie esperaba nada a sus treinta y dos años. Parecía una anciana cansada, totalmente consumida por el alcohol. Extremadamente delgada, el rostro hinchado y amoratado de tal manera que apenas podía abrir los ojos, el pelo cetrino enmarañado, olía a semanas sin jabón ni peine.
No sería justo reprochar a Elena. Durante años hizo lo imposible por sacar a su hermana del pozo en el que había caído: clínicas carísimas por toda Madrid, curanderas de la sierra, hasta compró un piso pequeño y cómodo para Jacinta, aunque lo puso a su nombre para evitar que lo vendiese a cambio de una botella. Medio año después, apenas quedaba en ese piso más que un sucio colchón sobre el que agonizaba Jacinta cuando Elena fue a despedirse. Elena se marchaba a vivir a Bruselas con su marido, pero antes quería intentar, al menos, dejar la conciencia tranquila.
Jacinta apenas podía hablar. Entre párpados hinchados y la suciedad de la ventana, solo distinguió el contorno borroso de su hermana. Junto a ella, un reguero de botellas vacías que los vecinos más bebedores le dejaban generosamente.
No era capaz Elena de abandonarla así. Sabía que después no podría vivir consigo misma. Pensó en llevársela con la tía Carmen, al pueblo, para limpiar su conciencia. Apenas habían tenido relación con la tía Carmen, hermana de su difunta madre, pero recordaba de niña sus visitas trayendo membrillo, manzanas olorosas y setas secas de la sierra segoviana.
Solo recordaba el nombre del pueblo: Valdeolivas. Pensó que, si no les avisaron para el entierro, sería porque la tía seguía viva. Un amigo le echó una mano: envolvieron a Jacinta en una manta, la tumbaron en el asiento de atrás y partieron rumbo a aquel pequeño rincón de Castilla.
Encontraron Valdeolivas enseguida, apenas cuatro casas habitadas y poco más. Llamaron a la puerta de tía Carmen y la acogieron sin rechistar. Elena dejó un fajo de euros sobre la mesa: Tía, se está muriendo y yo debo marcharme. Esto es para el entierro. A lo mejor vuelvo algún día y así sé dónde está su tumba. Aquí tiene el dinero, hasta para la lápida. Y la llave de su piso. ¿A quién más se la voy a dar?
Rechazó incluso el té y se marchó rápida y silenciosamente.
La tía Carmen, mujer de setenta años, aún fuerte pese a la soledad, desenrolló a Jacinta, comprobó que aún respiraba y puso a calentar agua en su caldera. Mientras el agua hervía, preparó en el termo una mezcla de hierbas secas y frutos del pueblo, vertiéndole miel y cubriéndolo bien cerrado. Durante tres días la alimentó a la fuerza con estas infusiones, cada media hora, cucharadita a cucharadita, incluso de madrugada.
Al cuarto día añadió la leche de su cabra, Dolores, también con cucharilla. Luego, caldos de verduras y gallina. Tenía pocas, apenas cinco gallinas, pero sacrificó dos para su sobrina moribunda. A fin de cuentas, la sangre tira.
Un mes después, Jacinta ya fue capaz de sentarse sola en la cama. Tía Carmen la llevaba a la pequeña sauna casera: la sentaba en el trineo, la abrigaba con un chal de mohair y la arrastraba entre la nieve hasta la antigua caseta de baño. Allí, la lavaba con infusiones de hierbas recién preparadas. Después, le desenredaba el pelo, que comenzaba a recuperar brillo y olor a verano castellano.
Toda la ternura y el amor que tía Carmen no pudo dar en su vida se los volcó en Jacinta, cucharadita a cucharadita, acompañados por una infinita paciencia y cariño. Donde fallaron clínicas privadas y sanadoras, lo consiguió una tía solitaria y obstinada. Jacinta sobrevivió, poco a poco recobró fuerza alimentándose del sabroso pan de hogaza, la leche tibia de Dolores y los huevos frescos del corral cada mañana. El color regresó a sus mejillas, y, para sorpresa de todos, se reveló como una mujer de auténtica belleza, de vivísimos ojos azules.
Empezó a ayudar en casa y en el corral. Aprendió a ordeñar a Dolores y a recoger los huevos con las primeras luces del día. La comida era sencilla, recetas que salían casi todas de su pequeña huerta o del monte. Atrás quedaba la vida antigua; disfrutaba esta nueva vida, agradecida de cada amanecer y de cada ramo de flores silvestres.
En las cañas del río, apareció una pata con sus patitos y Jacinta salía a darles mendrugos de pan todos los atardeceres. Descubrió también una habilidad: la tía Carmen le enseñó a tejer ganchillo. Primero fueron tapetes, luego, tras una excursión a Segovia a comprar lana, empezaron las chales gruesos y suaves con dibujos que nadie había imaginado jamás.
Pronto llegaron los pedidos de toda la comarca. Las ganancias eran generosas. Tres años después, con lo ahorrado por ambaslas pesetas que la vieja tía había ido guardando y los euros traídos por la venta de las chales exclusivosJacinta pudo sacar a Carmen de la soledad y las penurias del pueblo, llevándola a una villa blanca junto al Mediterráneo.
Ahora, cada mañana, Dolores, transportada en un furgón pagado por Elena, mordisquea las manzanas caídas bajo la sombra y contempla el mar con sus grandes ojos tranquilos. Y en aquel mar cálido, dos mujeres nadan juntas, riendo, olvidadas de cualquier dolor.
Hoy, mientras pongo estas líneas, comprendo que lo más importante en la vida no es el dinero ni la belleza, sino el cariño, la paciencia y la capacidad de empezar de nuevo. Porque nunca es tarde para renacer, si hay alguien dispuesto a darte la mano.




