¡Lucía, que vamos a ir a verte! ¡Solo serán un par de días! Ya hemos comprado los billetes . Así, con esta originalidad, empieza la llamada de esa pariente lejana de Lucía. Tan lejana, que de primeras, ni siquiera logra recordar quién es
Lucía, perpleja, se queda mirando el móvil intentando recordar quién puede ser, qué quiere exactamente y, sobre todo, cómo es que esa mujer sabe su nombre.
¿Perdón? ¿Quién eres y a qué visitas te refieres?
¡Ay, Lucía! ríe una voz femenina. ¡Pero mujer! ¡Que soy yo, tu tía Pilar!
Lucía, por mucho que se esfuerza, no consigue rescatar ese nombre de su memoria, pero pregunta por si acaso:
¿Y qué deseabas exactamente?
Pues ir a visitarte, claro. Tú vives cerca del mar, ¿no? Vamos solo un par de días, simplemente porque a mi hijo Diego le hace mucha falta
Tras una corta conversación, Lucía entiende el motivo: Diego, el hijo pequeño de la tía Pilar, necesita respirar aire marino por recomendación médica. O al menos, eso asegura Pilar. Promete ser muy discreta, ayudar en todo y no causar molestia. Lucía acepta con cierta desconfianza, preguntándose si hace lo correcto. En el fondo, siente que se avecina algún desastre.
¡Mil gracias, Lucía! trina la mujer. Entonces, llegamos este viernes.
Se despide rápidamente. Lucía cuelga y mira a su hijo de doce años, Álvaro.
¿Qué pasa, mamá? ¿Viene alguien a casa otra vez?
Sí, se supone que una tal tía Pilar encoge los hombros Lucía.
Pues llama a la abuela, a ver quién es . Álvaro nunca ha sido fan de las visitas inesperadas, suele ocurrir que prometen una cosa y hacen otra.
Últimamente Lucía dejaba claro a todo el mundo que no, pero por tratarse ahora de un niño que necesita ayuda, ha decidido acceder. Al fin y al cabo, es sólo por dos días.
Lucía compró su pequeño chalet cerca de la playa hace tres años, tras divorciarse y repartir bienes. Se mudó a Cádiz con su hijo y, de golpe, empezaron a aparecer familiares que ni conocía.
Al principio, fue agradable, pero pronto se dio cuenta de que muchos solo venían a disfrutar gratis, sin limpiar siquiera un vaso. Incluso algunos mandaban, exigiendo que cocinara, limpiara o comprara ella todo.
Eso no duró: Lucía cortó con esa costumbre y fue clara, no vivía en un hostal. Los que seguían insistiendo, ya ni les abría la puerta. Solo unos pocos, amables y que ayudaban, eran bienvenidos.
Siguiendo el consejo de Álvaro, llama a su madre, que sigue en Madrid y sólo viene un par de veces al año.
Hola, Lucía responde su madre. ¿Qué tal, hija?
Charlan de asuntos familiares y, disimuladamente, Lucía introduce el tema de la tía Pilar y su hijo.
Yo tampoco sé quiénes son comenta perpleja la madre. Quizá sean del lado de tu padre, pero lo dudo. Le pregunto, aunque creo que tampoco tiene idea.
Así que la llamada no resuelve nada; solo queda esperar.
Llegan dos días después, justo como prometieron. Pilar, una mujer robusta, con mirada astuta, y Diego, que no resulta ser un niño, sino un adolescente de quince años hecho y derecho. Más tarde, Lucía descubriría que ningún médico había recetado ese tratamiento; Pilar solo quería unas vacaciones baratas. Vaya novedad
¿Y por qué no nos vinisteis a recoger a la estación? suelta de entrada Pilar. Por cierto, el padre de Lucía tampoco la recordaba.
Mi madre no tiene que hacerlo gruñe Álvaro al lado de Lucía.
Pilar finge no oírle, pero le lanza una mirada furibunda.
Lucía, ¿dónde dejamos las maletas? ¿Cuáles son nuestras habitaciones?
Solo hay una habitación para vosotros. No tengo tanto sitio responde Lucía, algo cansada ya. No puedo dar una habitación a cada uno.
Pues nos habían dicho que tenías un casoplón, de los grandes, vamos, a pie de playa.
No sé quién te lo ha contado. Si no os convence, podéis iros a un hotel, lo digo en serio. No quiero empezar mal.
Pilar, de repente, sonríe servil:
Lucía, hija, no te enfades, es que venimos agotados. Perdona, vamos dentro, ¡querida sobrina!
Entra la primera, Diego la sigue arrastrando las maletas. Álvaro entonces mira a su madre:
Mamá, ya verás que esto va a salir mal. No debiste dejarles venir.
Solo son dos días intenta convencerle Lucía, y a sí misma.
El resto del día, por suerte, transcurre tranquilo. Pilar y su hijo se acuestan pronto, aunque refunfuñan un poco porque están acostumbrados a tener habitaciones separadas. En casa de Lucía había solo dos habitaciones libres, pero estaban en obras. Ofreció dejarles dormir en el salón, pero prefirieron apretujarse juntos y Lucía, resignada, se fue a la cama.
La noche pasó sin problemas, pero a las seis de la mañana, Lucía es despertada por un estruendo. Ella siempre fue más de trasnochar y odiaba madrugar. Álvaro lo sabe, siempre se las apaña para no hacer ruido por las mañanas Salía incluso a pasear hasta que ella se despertaba, siempre dejando una nota.
¿Qué sucede aquí? sale Lucía al salón medio dormida, bostezando.
Nada, Lucía responde Pilar, es que no encuentro el bañador. ¡Ni idea dónde se ha metido! Aquí, buscando entre la ropa
¿No podías buscarlo dentro y sin armar tanto jaleo?
No hay espacio, hija. Además, intento no hacer ruido.
El gran escándalo venía del patio. Diego estaba aporreando un cubo metálico. Dice que espera a su madre allí.
¿Puedes decirle que pare ya? Los vecinos me van a matar le dice Lucía a Pilar.
Ella resopla, pero finalmente le grita a Diego y este se traslada a un banco bajo el limonero.
Lucía, ya resignada, va directa a la cocina.
¿A dónde vas?
A tomar un café, responde Lucía.
Pues yo, uno grande, por favor. Y con leche. Que lleve tres azucarillos.
Lucía, de golpe, se gira y mira seria a Pilar.
Mire, Pilar, no sé ni cómo se llama usted de apellido. Ha venido a mi casa, con exigencias, y me despierta al alba, ¿y ahora me da órdenes de cómo le preparo el café?
Hombre, que ya no es tan temprano responde Pilar encogiéndose de hombros. Me llamo Pilar Fernández. ¿Entonces el café?
Aquí nos servimos cada uno. No es un hotel.
El humor de Lucía está por los suelos y cuando finalmente se sienta a tomar el café para reunir paciencia, Álvaro entra en la cocina y le da una palmada de apoyo en el hombro.
Te lo decía, mamá. Son unos jetas. Aún puedes echarles.
Solo queda un día susurra Lucía.
Todavía ni ha empezado el día y ella está harta.
Poco después entra Pilar en la cocina, malhumorada.
¿No has hecho el café?
Mamá no tiene por qué. Házselo tú salta Álvaro.
Lucía, ¿no vas a enseñarnos el camino a la playa?
Es sencillo, solo sigue el sendero y llegarás.
¿No vienes?
Álvaro la mira y Lucía lo entiende perfectamente; no le apetece nada ir con ellos a la playa.
Iremos después, esta tarde. Mejor id solos.
¿Y qué hay para comer?
Lucía solía cocinar solo para Álvaro y, por lo general, para los invitados amables que colaboraban. Pero como no era rica, en casos así, contestaba sin rodeos:
Álvaro y yo tenemos nuestra comida. Vosotros podéis comer en el bar de la plaza, que está muy bien.
¡Ay, mujer, no nos podrías cocinar algo tú? No soporto la comida del bar suplica Pilar.
Puedo, pero os cobro. Bastante justa voy de euros.
Pilar pone morros.
Pues para eso comemos fuera, que estará más rico.
Álvaro frunce el ceño, pero no dice nada.
Así, entre roces y pequeñas broncas, pasan los dos días pactados. Pero el segundo día, queda claro que Pilar no piensa irse a ninguna parte. Cuando Lucía, con sutileza, le recuerda el trato, Pilar sonríe con descaro:
Lucía, mujer, ¿cómo vas a echarnos? Tenemos las vacaciones, nos quedamos la semana, total, ¿qué te cuesta?
A Lucía sí le cuesta. Le cuesta mucho. Ha tenido que madrugar y aguantar disgustos. Ni siquiera le caen bien, ni Pilar ni Diego, que aunque joven, la lía siempre: molesta a Álvaro, tira basura en el patio, hace ruidos y hasta los vecinos se han quejado.
Sí me molesta. Esta es mi casa y mañana vienen unos amigos de verdad, así que os pido que os vayáis mañana por la mañana. Era solo por dos días, no una semana.
Lucía habla con calma. Pilar, incapaz de asimilar un no, se indigna y casi grita:
¡Pero cómo puedes echarnos ahora! ¿A la familia, a la calle? ¿Qué vamos a hacer? ¿Ir a la estación, vagar por Cádiz?
Diego mira al suelo, incómodo.
¿Familia? Nadie en mi casa os recuerda siquiera. Tenéis hasta la mañana. Si intentáis romper o llevaros algo, llamo a la policía.
Lucía sale satisfecha de la habitación. A la mañana siguiente, Pilar y Diego se marchan gruñendo y enfadados, pero no les queda alternativa.
Desde aquel día, Lucía se prometió a sí misma: nunca más (ni por solo dos días) dejaría entrar en casa a semejantes familiares.







