La nuera

NUERA

María del Carmen Fernández colocó un gran plato con pato asado en la mesa bellamente dispuesta antes de dejarse llevar por un suspiro que flotaba como si fuese vapor de jazmín. En cualquier momento llegarían sus hijos con las nueras, arrastrando ecos de exclamaciones y un olor tenue a trayecto largo por las calles de Madrid.

El menor, Alfonso, acababa de casarse no hacía mucho; la boda, humilde, casi furtiva, como un libro olvidado en una esquina polvorienta de Lavapiés. Ahora, las bodas parecen breves anuncios en los quioscos y, aunque a ella le habría gustado celebrarla con coros de tuna y mantones de manila desplegados, lo aceptó, recordando que ella misma se fugó con su marido al registro civil y solo pudieron comprar los anillos dos alianzas delgadas de oro un año después.

Aunque soñaba con organizarles una fiesta digna del Palacio Real, los hijos querían otra cosa, y qué se le iba a hacer. Pero había una sombra recortada en la esquina de su ánimo: Solo tiene un defecto pensaba Carmen, retorciéndose las manos de azahar invisible, esa muchacha es demasiado cuidada, tan reluciente como un escaparate de Gran Vía.

La nuera, Pilar, en realidad, era una buena chica, simpática, de esas que dejan el aire perfumado a esperanza y a colonia de violetas. Había encarrilado a Alfonso; le consiguió un trabajo estupendo en una empresa del Paseo de la Castellana y no dejaba de animarle para que ascendiese. Alfonso, que antes de cumplir los treinta vivía entre sábanas planchadas por su madre, sin mayor aspiración que llegar a la hora de comer a casa, ahora era otro. Carmen lo agradecía en secreto, pero esa sensación de exceso de mimo en Pilar le inquietaba: siempre entraba y salía de salones de belleza en la calle Fuencarral, peinados, tintes, masajes, manicuras que devoraban como bestias los euros de la nómina. Una mujer casada, con la familia por delante, no debería permitirse esos gastos. Carmen nunca se entendía con esas mujeres que pensaban en sí mismas primero; ella posponía sus propios deseos, sobre todo desde que enviudó. Aunque sus hijos fueran adultos, siempre necesitaban algo.

Un golpe de timbre extrañamente estridente y hueco, como si anunciaran el paso de una procesión cortó sus pensamientos. La juventud había llegado. Pilar entró desbordando brillo como una estrella que se hubiese colado del Museo del Prado. Llevaba el pelo recién peinado, una manicura perfecta y el rostro tan desnudo de maquillaje que parecía estar hecho de la luz suave de abril.

¡Pilarica, qué guapa estás! exclamó de verdad Carmen, aunque por debajo trepaba una gota fría de desaprobación. ¿El traje es nuevo?

Sí, lo he comprado ayer respondió, sonriendo. En el trabajo me dieron una buena paga extra.

En estos casos lo mejor es guardarlas, hija. Todo lo que es premio, pagas dobles mételo en una cuenta. Siempre viene bien para un día oscuro, créeme dijo Carmen, casi en un susurro que olía a sopa caliente.

Pilar calló. Le caía bien su suegra, tan sencilla, mujer de las de antes. Pero pensaba que los días oscuros solo llegan a las casas donde uno los convoca demasiado.

La tarde fluyó entre las palabras y platos de croquetas calientes, aunque Carmen, aquí y allá, iba dejando caer menciones sutiles sobre los gastos superfluos. Pilar ya no tenía duda de a quién eran las indirectas.

¿Y usted, Carmen, hace cuánto que no va a hacerse una manicura?

Uy… yo… nunca. En casa, lo justo, para que estén limpias. ¿Para qué más?

El diálogo pasó desapercibido, pero a Pilar, como mujer, le punzaba dentro la compasión. ¿Cómo era posible criar dos hijos, vivir toda la vida así, y no gastar ni un poco en sí misma?

En el taxi de regreso, Pilar le preguntó a Alfonso:

Oye, ¿tu madre hace algo para ella? No sé, salir, ir al teatro, a cenar…

No necesita nada de eso, tú déjala. Con la tele y las vecinas le sobra.

Pilar calló y pensó en su propia madre, que siempre, aunque el dinero apretase, se permitía un corte de pelo bonito y un vestido nuevo, y sobre todo compraba abono de temporada para ir al teatro de la ciudad.

Decidida, Pilar esperó un par de días. Llamó a Carmen y la convenció para salir juntas a pasear, tomar café y, de paso, pasarse por un centro de estética por la calle Mayor. Ella tenía cita con el cosmetólogo; le invitó a Carmen a probar cualquier tratamiento a su gusto. Carmen resistía:

Pero, hija, si te conviene voy y te espero en el vestíbulo…

Nada de esperar. Una hora puede ser muy placentera. Al menos, permítase una manicura y un masaje de manos.

Al fin, Carmen aceptó, no sin cierta resignación. Pilar avisó antes al centro, donde la conocían bien, y habló con las empleadas:

Por favor, tratad a mi suegra como una reina. Y ofrecedle alguna otra cosa con tacto. Si pregunta por precios, decidle que ya lo he pagado todo. Confiad en mí, ¡si sale bien tenéis cliente fija!

Llegó el momento y Pilar cedió a Carmen a las manos de las especialistas, que flotaban sobre la piel como si fueran plumas danzando en una verbena de pueblo.

Solo media hora, ¿verdad, Pilar? ¿Y cuánto habrá que pagar? repetía Carmen, inquieta.

Mientras se la llevaban, Pilar se sentó en el vestíbulo. Ese día no quería hacerse nada, así que aprovechó para responder mensajes atrasados, viendo cómo las sombras de la tarde mutaban sobre las baldosas.

Carmen salió después de dos horas, rejuvenecida y con los ojos claros como azules de un cuadro de Sorolla.

Ay, hija, me han hecho de todo; café, infusiones, una maravilla. ¿Pero esto cuánto habrá costado? Seguro que un dineral.

Hoy hay promoción intervino la recepcionista sonriente. Si invita usted a una amiga, las dos entran gratis. Así que, ¡nada de euros por aquí!

Después de la odisea surrealista del centro de belleza, se fuero a una cafetería antigua bajo los soportales de la Plaza Mayor. Carmen sorbió el capuchino y se reclinó en el asiento como si hubiese descubierto una ciudad al otro lado del espejo.

¿Y si hacemos de esto un ritual de chicas? propuso Pilar. Además, siempre tienen descuentos para clientas fieles. ¿Le ha gustado?

Muchísimo. No sabía que era tan agradable.

¡Tendría que haberlo probado antes!

Antes… los niños, el difunto, que en paz descanse, era hombre de cuentas muy justas, no le gustaban los lujos. Luego, uno se acostumbra… y olvida.

Ahora hay motivo. Para hacerme compañía, que a mí sola me da cosa.

Por acompañarte, sí de vez en cuando.

Así instauraron un extraño y delicioso rito: Carmen empezó a cuidarse junto a su nuera, mientras Pilar le renovaba a hurtadillas el vestuario, diciéndole precios reducidos por pura diplomacia. Convenció también a Alfonso para invitar a su madre al restaurante y después fueron todos juntos al cine. Por Reyes, Pilar regaló a Carmen un abono para el teatro de la avenida Gran Vía.

Has rejuvenecido, Carmen decían las vecinas, sonrientes.

Será que la juventud tira de una respondía, ruborizada como una muchacha en su primer baile.

Y en verdad, mientras los relojes derretían las horas a puertas cerradas y las campanas de la catedral soñaban despacio, Carmen sentía que, justo ahora, retirada, madre de dos hombres hechos y derechos, empezaba, por fin, su juventud.

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