INGRATITUD DE GRACIELA
Una mañana, el marido de Graciela llamó al despacho y le anunció, con tono impasible, que después del trabajo iría a casa de los López a celebrar el Día del Electricista.
Si te apetece, vente, soltó con indiferencia, convencido de que ella se quedaría en casa leyendo o encerrada en el ordenador hasta la madrugada.
Bien, contestó ella del mismo modo, casi sin voz, pero en la pausa del mediodía salió directa al Corte Inglés a buscarle un regalo. El departamento de perfumería era un mosaico de mujeres moviéndose como peces dorados bajo la luz blanca.
Nada más entrar, a Graciela se le antojó un frasco de colonia caro: sobre el negro brillante de la caja destacaba un elegante hombre, media sonrisa pícara, chaqueta colgada al hombro con displicencia. Era el vivo retrato de Gregorio, su marido.
La dependienta envolvía regalos con agilidad, mientras colocaba lazos dorados sobre el papel de colores llamativos. De pronto, una señora mayor, con vestido floreado, se acercó y dijo:
Ay, hijas, compráis colonias para ellos y al final las huelen otras y se lucen los corbatas con las demás.
Las chicas rieron, pero Graciela sintió una punzada de verdad. Toda la vida había girado en torno a Gregorito, y él, en cambio, salpicaba su cariño, más para afuera que para casa. Cuando eran jóvenes, ella lo amaba con locura y él se sentaba en su pedestal de Adonis sonriente. Cuando entró a la universidad a distancia, era Graciela la que se desvelaba redactando por él. Cuando vinieron los niños, asumió en silencio todas las preocupaciones.
Al principio, sentía las gracias del marido. Luego, él se acostumbró a sus desvelos, como quien acepta el pan en la mesa. Desde fuera, su familia sería casi perfecta: piso bonito en Salamanca, vida tranquila, hijos listos y educados. Pero cuando los hijos crecieron y se marcharon a estudiar a Barcelona, Graciela se quedó con Gregorio y, entonces, la casa se llenó de un aire raro, como de falta de oxígeno.
Recordó aquellas palabras de su madre, veinte años atrás, sentada a la mesa camilla de la cocina:
Mira bien, hija, que es demasiado guapo y bien lo sabe. Los hombres guapos no son de una sola mujer; serán de todas y, a ti, te quedará sólo la sombra, aunque los papeles digan lo contrario.
Punto uno: esposa no amada. Punto dos: tiene ya cuarenta y tres años. Punto tres: a nadie le importa
Graciela se asomó al balcón. El sol de primavera corría por Gran Vía como vino entre los cristales. Dentro de poco será el Día de la Mujer ¿Y qué? Otra vez sola Con casi toda la vida vivida ¿Y lo que viene?
En ese momento, bajo la ventana, se oyó un gorjeo bullicioso y, acto seguido, unos golpecitos insistentes. Miró abajo: un gorrión despeluchado paseaba por el alféizar, ojillos redondos fijos en ella.
Esto es una señal, pensó Graciela. Como confirmando, el viejo reloj de pared retumbó grave, como en aviso.
Todavía queda tiempo. Punto uno: si no me quieren, me querré yo misma … Cerró la puerta con ímpetu y bajó las escaleras; primero la peluquería del barrio, luego la tienda de ropa…
A las seis y media, el espejo no creía lo que veía: una desconocida misteriosa, sentada entre dos mundos en su sillón giratorio. Vestido negro liso, corte de pelo cortito, flequillo tricolor desordenado al mejor estilo revista madrileña; los ojos, ahumados, como si ocultaran mil secretos (gracias a sombra y difuminador), los labios, perfilados y pintados con brillo, resultaban ahora carnosos y llenos de promesa.
Punto dos: a los cuarenta, la vida empieza de verdad.
Desfiló hasta la cocina, volvió con una copa de vino de Rueda y brindó ante el espejo:
Tercer punto: ¿Para qué queremos a un marido que no aprecia lo que tiene?
Y, claro, cuando entró en casa de los López, taconeando sobre el parqué, un súbito zelo se apoderó del salón: manos masculinas le ayudaron a quitarse el abrigo, otra le ofreció asiento, una más una manzana roja.
¿Ah, sí? ¿Mi marido está aquí? preguntó, como quien se sorprende de verdad. Ni lo había visto
Gregorio quedó atónito por la invasión. Su estrategia hecha añicos ante las miradas de admiración.
Por la mañana, tratando de recuperar el cetro casero, le soltó con voz altiva de antaño:
Oye, ¿vamos a desayunar o no?
Pero esta vez erró. A su lado, la mujer que dormía era otra, mullida e imprevisible, revestida de una seguridad deliciosa.
Sin girar la cabeza, la melena tricolor revuelta sobre la almohada, Graciela respondió con indolencia juguetona:
¿Acaso ya has preparado el desayuno, cariño?
Se estiró, arropándose más, y mientras los párpados cedían otra vez al sueño, pensó:
Eso es, querido. Y si no, habrá que volver al tercer puntoHoy empieza mi revolución.
Gregorio no tuvo más remedio que sonreír, desarmado ante el aire nuevo que destilaba su mujer. Graciela, con la pereza del domingo entre los huesos, notó la corriente fresca que recorría desde su nuca hasta los pies: ya no era transparencia ni eco, sino melodía elegida por ella misma.
Al fondo, en el alféizar, el gorrión picoteaba migas invisibles. Graciela se levantó despacio, tomó el primer libro de la mesilla y se dirigió a la cocina, esta vez sin mirar atrás: la vida le esperaba entera, justo donde nunca la había buscadodel otro lado de sí misma.
Y cuando, por la tarde, salió sola a caminar bajo el sol de Madrid, el horizonte se abrió limpio, lleno de pasos nuevos y promesas suyas, mientras pensaba, simplemente: gracias, Graciela.







