Mira, te cuento una historia que siempre me toca el corazoncito cada vez que la recuerdo. Es sobre Lucía, una chica de un orfanato en las afueras de Valladolid. Te juro que odiaba los días en los que venían posibles padres adoptivos. Porque después de siete años viviendo ahí, jamás la habían elegido a ella.
Cuando era pequeñita, te digo, sí que tenía ilusión en esos días. Se ponía a mirar embobada a las señoras y señores tan elegantes, pensando que eran como magos de cuento y que la llevarían a vivir a un palacio. Se imaginaba que tendría una madre nueva que la arroparía y la besaría antes de dormir, y un padre que la pasearía a caballito por el parque. Y, cómo no, soñaba con tener una habitación solo para ella. Porque eso de compartir con otras niñas… y sobre todo con Diego, que siempre quería tirar de su trenza y la llamaba Verderón.
Lucía no tenía ni idea de lo que era un verderón, pero el apodo le sonaba fatal. Y Diego dale que te pego: Verderón, verderón…. Ella llegó al orfanato con cinco años, después de perder a sus padres en un accidente de tráfico. No entendía por qué no volvían nunca a verla, ni por qué la habían dejado.
Con los años fue cayendo en la cuenta de que ya no estaban, y poco a poco sus caras se le fueron borrando de la memoria. Ni sus voces, ni sus abrazos, ni el olor de su casa. Todo se fue perdiendo.
Lucía moría de ganas porque algún día la escogieran, de verdad. Pero el milagro nunca llegaba, y se fue haciendo mayor. Empezó a comprender que nunca la elegirían. Porque, según ella, no era ninguna belleza. Siempre se llevaban a las niñas más guapas, esas de sonrisa dulce y trenza perfecta con lacitos de colores.
Diego seguía ahí, molestando. Pero ya Lucía había averiguado que un verderón era un pájaro.
Ese día volvieron a llegar familias al orfanato. A todas las chicas las peinaron con sus mejores coletas y lazos. Y Lucía, en un ataque de rabia o de independencia, se cortó el pelo ella sola, como un chico. Ya ni ganas le quedaban de que la eligiesen. Ese día decidió que, a partir de entonces, en su vida elegiría ella.
Las educadoras casi se desmayan al verla con ese corte tan desastroso. Y Diego, otra vez desde el fondo del pasillo: Verderón.
Lucía acababa de cumplir doce años, tres menos que Diego. Aquel día, claro, nadie la escogió. Entre el pelo desigual y el brillo desafiante de sus ojos, daba miedo.
Tres años después, Diego se fue del orfanato. Antes de marcharse, se despidió de todos, pero también se acercó a Lucía.
¿Bueno, te digo adiós, Verderón?
Pues sí, venga, adiós contestó Lucía muy digna, sin inmutarse.
Aguanta, ¿eh? Ya te queda poco. Tres años nada más. Luego vendré a llevarte conmigo le soltó muy seguro el chico.
Sí hombre, ni lo sueñes. ¿Quién te ha dicho que te voy a escoger yo a ti? ¡Estás loco! le respondió ella, sin filtro.
Diego la miró largo rato, con una expresión rara, y se fue sin volverse ni una sola vez.
Cuando Lucía cerró la puerta del orfanato detrás de ella y salió a la calle, tuvo como un subidón de libertad. Habían pasado tantos años… y, de ese patito feo, ahora era casi un cisne precioso: melena larguísima, ojos verdes como aceitunas y un cuerpo delicado.
Iba directa al piso de sus padres cuando, de repente, oye a su espalda:
¡Hola, Verderón!
Se gira, y allí estaba Diego.
¿Y tú qué haces aquí? le preguntó, con una mueca.
Te lo prometí… Vine a por ti él se acercó un poco más, apenas un palmo de distancia entre los dos.
Que te quede claro, Diego: ¡yo ahora elijo por mi cuenta! le dijo, mirándolo de abajo arriba, porque vaya si había crecido y se había puesto fortote.
Pues elígeme, Lucía dijo él, bajito.
Ya lo pensaré le soltó ella, echando a andar rumbo a su nuevo hogar.
Diego la acompañó hasta la puerta de su portal. Esperó a que ella entrase, y luego se marchó. Desde entonces, cada noche, se sentaba en un banco bajo su ventana. No se iba hasta que veía que Lucía apagaba la luz.
El verano caluroso dio paso a un otoño lluvioso, luego llegó el invierno. Y Diego seguía ahí. Hasta que un día Lucía fue hasta el banco y se sentó a su lado.
Pero… ¿no te cansas de esperar aquí, con este frío?
No, aguanto bien. Sólo tienes que elegirme, por favor y la miró con unos ojos que, yo te digo, derretían.
Lucía salió corriendo, toda nerviosa, y se quedó mirando tras la cortina. Diego no apartaba la vista de sus ventanas.
Llegó la Nochevieja. Lucía salió del trabajo corriendo, tenía que poner la mesa, ponerse su vestido nuevo, todo listo para dar la bienvenida al año. Pero Diego no estaba en el banco. El corazón casi se le para… ¿Le habría pasado algo?
Terminó de preparar la casa, se sirvió una copa de cava y fue a mirar a la ventana. Nada. Ni rastro de Diego. Una ansiedad horrible le anudó el estómago.
¿Qué hago? ¿Y si le ha pasado algo? ¡Ay, qué tonta he sido! no hacía más que repetirse.
De repente, algo brilló fuera de la ventana.
Ya están tirando fuegos, pensó. Se asomó para verlos mejor.
Sobre la nieve, con antorchas, ardían estas palabras enormes:
¡ELÍGEME, LUCÍA!
Y Diego, en el banco de siempre, saludándole con la mano y una sonrisa tonta.







