Llevó Lucía a su novio al pueblo, pero él le puso una condición…

Lucía trajo a su prometido al pequeño pueblo, pero él le puso una condición…

Alonso divisó el autobús acercándose por el polvoriento camino que cruzaba la aldea y, soltando la pelota, salió disparado hacia la parada. Su camisa de cuadros se había desabotonado y el flequillo rubio ondeaba al viento.

“Mamá, mamá regresa”, era lo único en lo que Alonso podía pensar mientras corría, el corazón palpitándole de emoción. Pero Lucía no venía sola; junto a ella bajó del autobús un hombre corpulento, vestido con un traje claro, que avanzaba a su lado agitando un maletín, con la presencia y el aire de un jefe redomado.

Alonso se abalanzó sobre su madre, cogiéndole la mano y buscándole la mirada con júbilo.

Hola, hijo mío le susurró Lucía, que al inclinarse lo besó en la coronilla.
¡Buenas, campeón! tronó el hombre, mientras desordenaba cariñosamente el pelo del niño con una mano pesada que por poco lo hizo tambalearse.

Pasad, acercaos a la mesa invitaba con solemnidad Carmen, la abuela de Alonso y madre de Lucía.

Gracias, gracias, señora respondió con un aire de importancia Eugenio Ortega, mirando la mesa rebosante de platos caseros.

¡Esto sí que es vida rural! sentenció señalando la mesa. En Madrid todo con tickets, que si la crisis, que si reformas… pero aquí, la gente tira de lo suyo: queso, jamón, pan recién hecho.

Y la leche, y la nata que montamos en casa, añadió canturreando Carmen. ¡Y todo del huerto!

Mientras tengamos fuerzas, seguiremos con lo nuestro intervino Felipe Ramírez, el abuelo, hombre seco de pocas palabras y toda la vida en el campo, cosechando trigo.

Y nosotros, bueno, tampoco nos falta de nada. Aunque haya que tirar de tickets, yo siempre consigo algo bueno en el almacén de mi cuñada. Lucía nunca pasa ganas en casa conmigo alardeó Eugenio, pasándose la mano por la calva y mirando a su prometida.

Alonso seguía con la mirada a aquel señor ajeno, calculando cómo acercarse. Él, en Madrid, jugaba en el patio con sus amigos y, muchas veces, soñaba con cómo sería tener un padre: alguien que lo llevara al Retiro, o a un partido, o al zoológico. Imaginaba que su padre se parecería al de alguno de los chicos del barrio, aunque, quizá, fuese una persona completamente distinta.

“¿Será este mi nuevo padre?” pensó, observando al hombre junto a su madre. Tal vez, que viniera al pueblo significaba que, de alguna forma, le tocaba ser papá.

Cogió el avión de madera que el abuelo Felipe había tallado a mano para él, pulido hasta parecer uno de verdad, y, tras dudar un instante, se acercó a Eugenio, que ya estaba colorado por el vino.

¡Mire qué avión! soltó tímido, extendiéndole el juguete.

¡Vaya, vaya! Eugenio tomó el avión, y le dio un golpe al propulsor, que su abuelo había conseguido poner giratorio. Pero con ese golpe brusco, la hélice salió disparada al suelo.

Esto es poca cosa, ¿eh? se burló, devolviéndole el avión.

Alonso recogió la hélice y miró de reojo a su abuelo.

No te preocupes, lo arreglaremos dijo con voz calmada el abuelo Felipe.

Eugenio es jefe de taller en la fábrica intervino Lucía para cambiar el ambiente, con una sonrisa forzada.

Eugenio hinchó el pecho y lanzó una mirada de superioridad: No está mal, no está mal.

Lucía, modista de la fábrica, se sentía orgullosa: por primera vez se casaría, y para colmo con un hombre serio, estable y algo mayor, lo que, pensaba, le daría seguridad. Se desvivía pasando platos y bandejas hacia Eugenio: merluza, croquetas, tortitas con nata.

Ya fuera, Eugenio se echó los brazos al aire y gritó:

¡Esto es vida, Lucía! ¡Aire limpio, pura tranquilidad!

¿Te gusta, Eugenio?

¡Por supuesto! Aquí sí que se respira.

Pues unos días más y luego volvemos a Madrid. Hay que comprarle la ropa del cole a Alonso.

Oye, Lucía, ¿para qué te llevas al chaval a Madrid? ¿No hay escuela aquí?

Sí, pero sólo hasta primaria…

Que le falte un año, no pasa nada. Que estudie ese año en el pueblo, así mientras terminamos la reforma y amueblamos la casa, que tu casa está anticuada. Aquí estará bien cuidado, fresquito, leche, verduras, hasta crecerá más rápido. Y tus padres lo vigilan, en Madrid tú y yo estamos liados todo el día. Mejor aquí un curso, ¿no crees? Podríamos casarnos, tomar nuestro tiempo…

Carmen miró alarmada a su marido Felipe; este frunció el ceño y jugueteó con el bigote. Alonso, aún demasiado niño para entender del todo, sí sintió que, de pronto, quedaba en segundo plano.

Al día siguiente, Lucía explicaba a su hijo por qué se quedaría en el pueblo. Alonso asentía sin decir una palabra, pero cuando Lucía y Eugenio se marcharon hacia la parada del autobús, nadie encontraba al niño. Carmen buscó entre la leñera y el desván, pero nada.

¿Dónde se habrá metido este chiquillo? Si hace un momento andaba por aquí… y la bicicleta está exclamó Carmen.

Ya aparecerá, estará jugando minimizó Eugenio.

Lucía barría el patio con la mirada, cada vez más inquieta, y salió tras la verja. Alonso, todo ese rato, observaba agazapado desde el cobertizo del carbón; deseaba salir y correr hacia su madre, abrazarla, pero se contuvo, intuía en su interior que, desde la llegada de aquel hombre, ya sobraba.

Apretaba con fuerza el avión roto; le caían las lágrimas, silenciosas y rebeldes. Alonso no solía llorar, ni siquiera cuando el abuelo lo castigó por desatar la barca y casi irse solo por el río. Sabía que el abuelo nunca era injusto. Pero ahora, sin que nadie le hubiese hecho daño, no podía evitar llorar, frotándose los ojos.

¡Aquí está! exclamó Carmen, cuando el autobús ya se iba. No llores, chiquillo, que tu madre vuelve en un mes. Mientras tanto, te compro la ropa del cole, y aquí estarás como un rey con los abuelos, ¿eh?

Alonso, la cabeza gacha, el flequillo tapando los ojos, recordaba a sus primos y amigos de Madrid. Se le hacía insoportable quedarse; quería estar con su madre. Cierto era que allí lo pasaba bien en verano, pero el curso le gustaba vivirlo en la gran ciudad, y le dolía la idea de no volver.

Los días pasaron volando. Jugando con los chavales del pueblo, Alonso se distraía y pensaba cada vez menos en su ausencia.

Una tarde, Carmen estuvo a punto de dejar caer el cubo del susto cuando vio a Lucía cruzar la verja de vuelta.

Hija mía, no te esperábamos tan pronto.

Lucía se dejó caer en el banco, agotada:

Dije un mes, pero aquí estoy a las dos semanas. He venido a por Alonso.

¿Pero cómo? Si Eugenio había dicho que se quedaba…

He sido yo, madre. He cambiado de opinión. No pienso dejar a mi hijo aquí. Y, además, ese Eugenio… resulta que le ha dado por irse a casa de Simona la contable, llevándole productos de la base de su hermana. Mira, que dice que Alonso es prenda de mi dote. Ha puesto como condición que el niño se quede aquí.

Carmen la miró con tristeza, deseando para su hija un futuro mejor.

Quizá sea lo mejor, hija.

Tiene que serlo, madre. Recogeré a Alonso, le compraré el uniforme y un mochilón nuevo. ¡Entrará en segundo de primaria! Y seguiremos como antes. Ya pasamos lo peor sin Eugenio y ahora también, madre. Yo no quería productos a escondidas, yo quería una familia de verdad, un padre para mi niño, un marido para mí.

Alonso apareció tímidamente en el patio. Cuando vio a Lucía no pudo contenerse, se lanzó a sus brazos:

¡Mamá!

¡Hijo mío! ¡Qué ganas tenía de verte! lo abrazó fuerte, apretando su carita bronceada entre las manos. Vine a por ti. Pronto empieza el cole.

Alonso miró a su madre sorprendido.

Viviremos juntos como siempre. Yo te ayudo con los deberes, te apunto al grupo de manualidades y a fútbol, como querías.

Alonso trataba de meter de todo en la mochila para que la de su madre no pesara tanto.

Hijo, ya llevas mucho. No te canses.

¡Bah, no pesa! ¡Yo soy fuerte!

El abuelo Felipe y la abuela Carmen los acompañaron hasta la parada. El autobús, brillando bajo el sol castellano, rechinó al detenerse en la carretera de tierra y abrió la puerta. Alonso tomó sitio junto a la ventana y no dejó de agitar la mano a sus abuelos hasta que desaparecieron del todo.

Llevaba en brazos el mismísimo avión de madera, arreglado por su abuelo, y lanzaba miradas a su madre. Él regresaba a casa, a su Madrid, y esa certeza le llenó el corazón de orgullo y felicidad: junto a su madre, la persona más importante del mundo.

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MagistrUm
Llevó Lucía a su novio al pueblo, pero él le puso una condición…