El libro que quedó sin terminar de leer

Libro a medias leído

Bueno, Celia, ¡me marcho! No me despidas. Llegaré tarde. Para mañana prepárame la camisa y los pantalones azules, no lo olvides. ¡Hay que recogerlos de la tintorería! gritó Víctor desde el recibidor, justo antes de colocarse la gabardina, pararse a observarse en el espejo con ojo crítico, coger el sombrero y salir, cerrando la puerta de un portazo.

El portazo hizo temblar incluso los cristales de la ventana entornada.

Una corriente, pensó Celia María, cerrando el grifo y secándose las manos en el delantal. Se asomó al pasillo bañado de luz, la entrada finalizando bajo los rayos de la mañana en Madrid, las fotografías mostrando rostros del pasado, el papel pintado de rayitas azul celeste, su abrigo colgado en el perchero. Y entonces

El ceño de Celia María se frunció preocupado.

¡El envoltorio! Su marido se había olvidado el envoltorio y dentro estaban las empanadillas… Hoy las había preparado ella misma, todavía de madrugada, con cebolla y huevo, como le gustaban a Vito. Era especial para hoy, que él iba a visitar una obra a las afueras y allí no se comía en condiciones; además, ¡nada como lo casero!

De un tirón se quitó el delantal y se arregló el peinado. Celia, todavía con su sencillo vestido de estar por casa, un poco ajado y con una mancha de café en la falda, agarró el envoltorio caliente, lo apretó contra el pecho como si fuese un bebé y salió corriendo del piso, suerte que cogió las llaves o después se habría quedado fuera…

Bajó las escaleras de madera, apoyándose en la barandilla barnizada, que serpenteaba por los pisos del antiguo edificio del barrio de Chamberí: cuarto, tercero, segundo…

Podría haber hecho como las demás vecinas y gritarle a su marido por la ventana, pero aquello no era digno. Ella, Celia, quería entregarle aquel bulto con sus propias manos y despedirse, ofrecer su mejilla para un beso seco de su Vito, su pequeño ritual…

Salió jadeando al patio, empujando la puerta con fuerza mientras saludaba con la cabeza a las vecinas mayores, sentadas al sol en sus batas de perlé, observando entre sonrisas el esfuerzo y el amor de Celia.

¿Qué pasa, Celia? gritó la señora Eulalia a la pequeña figura que ya se alejaba.

¡La comida! ¡Vito se olvidó las empanadillas! respondió, apurada, Celia.

Eulalia asintió y sonrió; empanadillas y cariño, nada más español y nada más sensato.

Al llegar a la salida del portal, Celia iba a llamarle, pero se detuvo de golpe. Allí estaba su marido, esperando el autobús, cogido del brazo de una joven de curvas generosas. Ella reía, meneaba los hombros con coquetería y Vito la miraba embelesado. La muchacha, de repente, lo apartó con desdén, pero él enseguida se inclinó a besarle la mano, la retuvo, suplicante. La joven se soltó bruscamente y pareció incluso darle una bofetada. Vito se irguió, pero rápidamente, cual perro apaleado, le ofreció una golosina que sacó del bolsillo. Ella aceptó, abriendo la boca con gesto travieso.

A Celia le dio náuseas. ¡Dios mío! Víctor, tan serio y respetado, haciendo el ridículo por una chiquilla…

La joven vestía un precioso vestido veraniego azul con lunares blancos y una cinta a juego en el peinado; sandalias nuevas en los pies. Celia miró sus propias zapatillas y vestido viejo: ¿y ahora qué hacía, con ese paquete caldeado entre las manos y la vida…?

El autobús llegó. Vito ayudó a la chica a subir y se cerraron las puertas. Celia pensó que él la miraba a ella, y de repente se avergonzó: por el vestido, por las zapatillas gastadas, por el ridículo envoltorio de empanadillas.

Dio media vuelta, cruzó el patio otra vez, atravesando entre vecinas de faldas floridas y la boca abierta de Eulalia:

¿No llegaste a tiempo, Celia? preguntó la mujer apuntando al envoltorio.

No, no llegué respondió distraídamente.

Qué pena, se perderán sentenció tierna Eulalia. Le mandó a Alfonso. ¿Vas a estar en casa?

Celia María hizo un gesto ambiguo.

Mejor. Así que coma él, le encantan las empanadillas; yo no cocino nunca, no soporto la masa…

Y entonces la vecina salió corriendo, brazo en alto, gritándole al conductor del camión que estaba entrando en el patio: ¡Fuera, hombre! ¡Otra vez las petunias…!

Celia no escuchó más. Subió las escaleras, se introdujo en el silencio del piso. El andar de sus pies retumbo seco entre las baldosas, un suspiro se mezcló con el crujir de la puerta hasta apagarse en la estancia.

Se dejó caer en el taburete del recibidor, las empanadillas rodaron del envoltorio. Su gato Félix, un gris redondo y cariñoso, se acercó ronroneando, pero Celia no notaba nada; seguía viendo aquel vestido azul de lunares y la risa despreocupada, la mirada humillada de su marido… Y entonces las lágrimas cayeron, espesas y calientes sobre el delantal. Había algo casi reconfortante en dejarse llevar, en no fingir la sonrisa, no sostener la espalda recta, sino sentarse y dejar que el dolor la impregnara, dulce tristeza femenina que le era desconocida.

No supo cuánto tiempo permaneció así, cuando escuchó la puerta, Félix salió corriendo. La cerradura rechinó; asomó la cabeza don Alfonso, el marido de Eulalia. Nariz rojiza, cara redonda, rizos canosos… Alfonso era como un personaje de novela costumbrista, siempre ajeno y cercano a la vez.

Celia, ¿tienes empanadillas de sobra? Eulalia me ha dicho…

Y entonces irrumpió en el piso, dejando en el suelo los zapatos mojados, enseñando un agujerito en uno de los calcetines mientras Celia, en modo automático, los ponía a secar en el balcón.

Alfonso, mientras, ya estaba trajinando en la cocina.

Niña, hazme un té. ¡Con limón! Y saca la bonita vajilla del aparador, la de porcelana con ribete dorado. No seas tacaña, ¡qué para eso soy el invitado!

La nueva es más cómoda, esta que trajo Vito de Valencia… protestó Celia, pero Alfonso golpeó la mesa impasible.

¡La de cobalto! ¡Siempre la hemos usado en tu casa, anda! Y los dulces en el plato bonito, nada de ordinarios. Y mientras como, me coses el calcetín, que Eulalia anda con los muebles y yo no puedo más…

En ese momento Celia, toda dignidad castellana, apenas pudo reprimir el impulso de menospreciarse, mientras la mano ya buscaba aguja e hilo casi por inercia.

Pero Alfonso, de pronto, se puso serio. Golpeó la mesa una vez más. Su voluminoso cuerpo se agigantó en la pequeña cocina.

¡Pero bueno, Celia! ¿De verdad te vas a pasar así la vida? ¿Tanto te empequeñeciste? Tú que por el barrio andabas despampanante, que los chiquillos temblaban sólo de verte… Ahora te dejas mandar como criada, mujer. ¡Cuidado! Así te va…

Celia, dolida primero, luego sonrió. Sí, así era ella… Una madre gallina, ¿y qué? Le gustaba cuidar, sacrificarse, amar en silencio.

Pero Alfonso insistió: Nos gusta la pasión, Celia, el asalto, la conquista. No solo empanadillas calientes y bufandas tejidas, ¿me entiendes? Y tú vuelcas el amor a tu marido como si todavía fuera tu niño pequeño.

Celia comprendía y no comprendía. Se debió a su familia, tanto que dejó de trabajar como profesora, dejó de ver pacientes, de pintar, de cantar, porque a Vito no le agradaba el olor del óleo, ni el bullicio de alumnos. Ella los desalojó. También abandonó las amigas, el maquillaje, los tacones. Cuando alguien le preguntaba algo personal, respondía pensando en si era bueno para él.

¿Y ahora? ¿Eso era todo? ¿El final?

¡Pero no, mujer! Que aún eres joven. Renace, Celia, eres un clavel. Hoy deja la tristeza y mañana vuelve a una vida para ti… Que tu Vito valore. Si no, ¡mal allá con él! terminó Alfonso, relamiéndose con otra empanadilla. ¡Qué ricas, ojalá tuviera dieciocho años!

Y se marchó. Ella quedó sola.


Víctor regresó tarde, oliendo a colonia ajena y vino de Valdepeñas.

La conferencia fue larga dijo, lanzando el maletín en el recibidor, encorvándose por el lumbago. Ponme una taza de té, quiero patatas, con un chorrito de vino. Celia, te digo…

Pero esta vez, Celia no cogió el maletín. Aparcó la maleta en el recibidor, ya lista.

¿Tú adónde vas? preguntó Víctor, estupefacto al ver a su mujer con el pelo recogido, pendientes nuevos, vestido beige y sandalias de tacón.

Me marcho unos días. Tú te apañas solo, con té o como prefieras.

¿Y la camisa para mañana? insistió Víctor.

Celia titubeó, como si fuera a ir a la plancha, pero luego se encogió de hombros.

Hazlo tú. O que venga ella. Yo no tengo problema, Víctor. Si te sientes mejor así, adelante. Me despido, Vito. ¡Adiós!

Y desapareció escalera abajo, el tacón resonando por las escaleras del edificio antiguo, el vestido ondeando en la noche madrileña, mientras un taxi la aguardaba en la calle. La puerta se cerró, el patio volvió al silencio.

Víctor corrió, intentó asomarse para llamarla, pero un pinchazo de dolor le hizo gemir y apoyarse contra la pared, conteniendo las lágrimas.

Celia… susurró. ¿Dónde estás ahora, Celia? Ahora me masajearías la espalda, me pondrías la pomada, me abrigarías con tu mantita y después, acurrucada, me dormiría…

…¿Faustina? ¿Eres tú? Sí, soy yo… Ya sé que no debería llamar, pero Me duele mucho la espalda, Fausti. No puedo ni hacerme la cena, ayúdame, por favor…

La voz del teléfono cortó en seco, fría: para médicos hay otro número. Después, señales de línea ocupada. Faustina no vendría ni cocinaría, ni plancharía nada. Orgullosa era, de otra pasta. No era Celia. Para nada.

Arrastrándose, Víctor llegó a la cocina. Las empanadillas frías le aguardaban, solas, como él.


Celia María regresó al día siguiente con un médico y un ramo de rosas que ella misma se regaló. Olía a perfume y tabaco rubio, sí, fumaba de vez en cuando cuando la tristeza la acechaba.

Espere, doctor, aún no, no le pinche ordenó Celia. Vito, ¿qué le prometiste? preguntó, inclinándose sobre su sudoroso marido.

Yo… No soy viejo. Estoy en mi mejor…

Le prometió la plaza y el título, ¿verdad? sacudió la cabeza el doctor. Venga, rápido. Si no, me voy. No tengo tiempo.

Le prometí la posición. Pero no obtendrá nada, nada… Celia, perdóname. Me equivoqué…

No, Víctor. Cumple tu palabra. Ella tendrá su plaza, pero tú dejas ese puesto. No quiero verte allí. Y yo, la semana que viene, vuelvo al colegio. El hierro está en la repisa, las camisas en la colada. Si no te gusta, hablamos de divorcio. ¿Ha quedado claro?

Víctor asintió, desplomado de dolor y vergüenza.

¡Que me pinchen ya, por Dios! exclamó entre sollozos.

Celia dio el visto bueno. El doctor procedió.


Faustina fue feliz. Bueno, mucho. Ganó el título, la plaza, y ahora ignoraba a aquel hombre mayor, Vito, que tan poca importancia tenía ya. Su mujer, Celia, le dejó claro que podía perderlo todo si insistía. Y Faustina encontraría mejores.

Víctor cumplió. Renunció. Hubo un banquete de despedida: llevó a Celia con pendientes de diamantes y bailó con ella un tango con una pasión que no le dedicó nunca a Faustina. ¿Por qué Celia? Porque ella era el aire que lo mantenía vivo, ese que sólo se valora cuando falta. Celia era ese libro a medias, inmenso y tierno, que nunca se termina de leer, imposible de cerrar del todo. Y eso, solo eso, lo entendió demasiado tarde.

El tiempo diría si Faustina encontraría su lector. Mientras, Madrid volvía a rodar; y Celia, por fin, respiraba.

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