Hace ya bastantes años que mi madre se jubiló. Un par de veranos atrás, si no recuerdo mal. «Estoy agotada decía ella. La salud en mínimos, los nervios destrozados, el ambiente de trabajo era venenoso y los años ya pesan. Quiero, por una vez, vivir para mí misma y no para todos los demás».
En realidad, nadie en la familia pensó en contradecirla. Con mi madre, discutir no es algo que uno se plantee.
Así que mi madre dejó el bullicio de Madrid y se instaló en su casa de campo, cerca de Segovia, a vivir su mejor vida: cultivando rosas y tomates, fumando a escondidas en el porche, tomando café a veces acompañado de un chorrito de brandy, otras veces con una novela en la mano. Poniendo orden, permitiéndose olvidar la oficina con un escalofrío y alegrándose de que los nietos ya fueran mayores y este año no necesitaran pasar el verano entero allí.
A nosotros, su descendencia, nos regalaba siempre el mismo consejo, estratégico y solemne:
No os jubiléis antes de que vuestros nietos terminen la universidad. Es fundamental. Así, cuando seáis pensionistas, no os cargarán a nadie más a la espalda. Y si hablamos de, digamos, los bisnietos para entonces ya estaréis suficientemente mayores como para que eso sea asunto de vuestros hijos o de sus hijos. Eso ya no va con vosotros.
En resumen, la vida de mi madre en la casa de campo era perfecta: reparto de paquetería a domicilio, una tienda de ultramarinos cerca, internet, el rosal en el jardín, aire limpio, vecinos tranquilos, y todo el tiempo del mundo. Pero después de un tiempo, comenzó a aburrirse un poco. Así que decidió entretenerse: quiso cubrir con cemento una buena parte de su patio.
Había que mejorar el aparcamiento. Según mi madre, el sitio para aparcar coches tenía un aire “poco digno”. Además, como siempre decía, «no hay que esperar milagros de la naturaleza: la naturaleza ya ha creado internet». Ni corta ni perezosa, madre encontró un equipo de albañiles a través de la red, la cuadrilla Viva la Obra, dispuestos a cualquier cosa por unos cuantos euros.
Llegó el día clave. La cuadrilla llegó puntual: cinco hombres, y el encargado, Javier, era el líder indiscutible. Mamá lo llamaba Javi con la naturalidad con la que sólo una abuela es capaz, aunque medía dos metros y era todo un armario ropero. Se pusieron a trabajar con ganas, pero pronto todo cambió. Los camiones mezcladores con el mortero ya estaban allí, esperando instrucciones. Mi madre observaba la escena con aire de estratega.
Y entonces a Javier le entraron las ganas de aprovechar la situación. Porque, ¿cómo dejar pasar semejante oportunidad? Una señora mayor, sola, enfrentándose a tareas de “hombres” en las que, pensaba Javi, ella no tenía ni idea. Decidieron intentar sacar algún dinerillo extra: si le decimos que hay más problemas y hay que pagar más, seguro que cuela.
Javi inicia su concierto en tono serio y dramático:
Esto así no se puede hacer, está todo fatal, hay que hacerlo de otra manera… Habrá que pagar el doble, si no, recogemos todo y nos vamos. Busque a otros.
Mi madre escuchó. Incluso asintió, dándoles la razón con gesto comprensivo. ¿Cien mil euros decís? ¿Y no llegarían con cincuenta mil? Bueno, bueno, chicos… Os tengo fe. ¿Cómo no tener fe en gente tan formal?.
Y entonces añade de pronto:
Mirad, propongo una apuesta.
¿Apuesta? se animó Javi.
A esos cien mil euros. Apuesto a que con tu cuadrilla, Javi, soy capaz de organizaros de tal forma que en tres horas termináis todo el trabajo perfectamente, y no en un día entero como habías dicho. Si lo lográis, me pagas cien mil euros. Si no, te los pago yo a ti. ¿Trato hecho?
La verdad, yo en el lugar de Javi lo habría pensado dos veces. Aunque la señora fuera simplemente rara, ¿para qué meterse? Pero Javi no tenía mucha escuela, y el orgullo y la avaricia le brillaban más que el sol de mediodía. El trato quedó sellado.
Javi se sentó en la escalinata con su café, listo para mirar. Pero doña Carmen se puso sus botas de agua y… se transformó.
En cinco minutos, ubicó a cada hombre en su sitio como si fueran piezas de ajedrez. Les explicó a cada uno lo que tenía que hacer, cuándo y cómo mover los materiales, cómo alisar el cemento sin perder tiempo, dónde apretar el ritmo y dónde había que andarse con ojo. También dio instrucciones precisas a los de los mezcladores: cuándo y cómo verter el mortero para que no fuera sólo “soltar”, sino trabajar de verdad. Sobre todo, convirtió el proceso en un engranaje: ni un solo movimiento de más, ni una pausa innecesaria.
En fin, una auténtica señora de las obras.
Lo que aquellos hombres pensaban hacer en todo un día, ella lo finiquitó en poco más de dos horas. Y quedó de lujo, perfectamente nivelado, sin un fallo. Impecable.
Javi primero sonreía, pensando que la señora se agobiaría en breve. Luego se le borró la sonrisa. Después palideció de golpe. Porque de pronto se acordó del trato. La palabra dada. “Los cien mil euros”.
A Javi, al parecer, se le quedó vacío el lenguaje. Había en su cara una expresión como si acabara de darse cuenta de que la realidad no siempre es como uno la imagina.
Espere… balbuceó. Sólo una cosa… ¿Pero cómo? ¿Cómo es posible esto? ¡Eso no sucede en la vida real!
Claro que sucede respondió doña Carmen, sacudiendo el polvo de cemento de sus guantes. ¿Sabes la autovía a la entrada del pueblo? Grande, con tres niveles.
Sí… la he visto musitó Javi.
¿Y la has cruzado alguna vez?
Claro que sí…
Pues yo la construí.
Dicen que aquel día, Javi finalmente comprendió que eso de abuelita inofensiva a veces es sólo una persona que lleva décadas trabajando en lugares donde los de espíritu débil no resisten mucho. Y que meterse en disputas con alguien así, sale bien caro.







