Oksana y su madre estaban sentadas en la vieja cama, ambas bien abrigadas. Era invierno y acababan de encender la estufa en la casa. – No te preocupes, mamá. Todo saldrá bien, no nos perderemos. Ahora te doy las medicinas. Oksana tranquilizaba a su madre como podía, aunque en realidad no era su madre, sino su suegra, y además, casi una exsuegra…

Aurora y su suegra, Milagros, se encontraban sentadas en el desvencijado lecho de una vieja casa de campo en las afueras de Segovia. Afuera, el invierno lucía como una criatura hambrienta; dentro, apenas habían encendido la chimenea y el aire aún olía a frío acumulado entre piedras y maderos.

Tranquila, madre. Todo saldrá bien, no nos vamos a hundir susurró Aurora, mientras preparaba un remedio con agua caliente, una cucharada de miel y una pizca de orégano, mezcla que parecía más alquímico conjuro que medicina. Aurora pronunciaba cada palabra acariciándola en el aire, como si al hacerlo sellara la promesa.

Pero ni siquiera era su madre era su exsuegra. O quizá, casi-exsuegra, porque las categorías familiares se disolvían en el extraño vapor del sueño: primero suegra, luego algo parecido a madre, ahora una amiga.

Habían convivido juntas desde que Aurora, ya con treinta años, se casó con Ernesto tras un largo desamor. Él venía de un divorcio, y Aurora nunca había sido causa de sufrimiento ajeno. A Milagros, la madre de Ernesto, le cayó en gracia desde el primer instante, igual que ocurre con el dulce de membrillo o un vaso de tinto compartido bajo la sombra de un moral. Milagros respondía con ternura, la abrazaba y la miraba con esos ojos color miel tan de Castilla. Aurora, huérfana desde niña, halló en ella el calor tremendo de una familia extraviada.

Estáis compinchadas decía Ernesto, entre bromas y resoplidos.

Cinco años… los primeros, días de pan recién horneado y charlas hasta la madrugada, pero luego Ernesto se volvió árido como la tierra en agosto, su voz se volvía áspera y las discusiones crecían como cardos junto al río. Hubo una rubia de risas sonoras y labios colosales. Él llegaba cada vez más tarde, oliendo a vino y a promesas rotas. Un día, anunció el final: dos días para recogerlo todo. Aurora apenas había llenado la maleta cuando apareció la risa estridente, portátil y recién llegada, con una maleta color violeta.

La rubia era alta y vaporosa, pestañeaba despacio, como quien no acaba de despertar y observa desde los bordes de la siesta. Aurora rompió a reír.

¿Me cambias por esta muñeca de párpados eternos? Que te aproveche, porque por mí no sufras.

Ella trae la alegría, vosotras dos parecéis ya medio abuelas, gallinas cacareando en la misma cocina.

Conmigo haz lo que quieras, hasta reírte de mí; pero, a mi madre, respeto.

¿La madre se queda aquí? susurró la rubia, rozando la absurda frontera de la razón. Que se la lleve ella, para qué queremos una madre

Sí, mamá, ya es hora, sobra en esta casa batallando como ceniza antigua sentenció Ernesto.

¿Y a dónde voy ahora? Te di hasta el último euro de la venta del piso. Este hogar, ¡es mi vida!

Ni teatro ni monserga. Quédate, pero no salgas del cuarto. Ahora la señora de la casa es Albina dijo, besando las manos de la rubia.

Mejor que se vayan las dos murmuró la extranjera de ojos alucinados.

Aurora suspiró y acarició el brazo arrugado de Milagros.

¿Te vienes al pueblo, mamá?

Mejor eso que seguir aquí con este pájaro y su musa de feria.

Lo recogieron todo apresuradamente: medicinas, la cajita con reliquias, bolsos de cremalleras eternas y ropa, empaquetando también las penas y las esperanzas, como se hace en los sueños.

Albina, flanqueando su territorio, les lanzó como dote las últimas palabras:

Llevad lo que es vuestro, no queremos nada ajeno. ¿Verdad, bombón?

Ernesto permaneció en silencio, un espantapájaros sin voz, perdido entre las sombras de lo que acababa de destruir.

Aurora y Milagros partieron, acechadas por la tristeza y la extrañeza. Al llegar al caserío de la niñez de Aurora, un lugar donde el aire olía a invierno y a promesas de flores, cargaron agua del pozo, encendieron la chimenea que chisporroteó como viejos recuerdos, y se sentaron protegidas del frío, mientras los relojes empezaban a andar hacia adelante y hacia atrás, confusos por el vaivén del tiempo de los sueños.

Mira qué bien te desenvuelves. Pareces criada en esto, hija mía.

El abuelo me enseñó los secretos del hogar castellano Menos mal que trajimos víveres, no quiero cruzarme aún con las comadres de la plaza.

Una vecina golpeó la puerta: el Tío Rafael, con su boina ladeada y voz de trigo maduro.

¿Aurora? ¡Cuánto tiempo! Vi tu coche, ¿eh? ¿Has venido a pasar el invierno? O ¿tenéis líos?

Tranquilo, Rafa, todo bien. Quédate a tomar un café.

Presentaciones rápidas; el aire traía los murmullos del campo y la promesa de ayuda.

Pasó una semana y el sueño fue tomando forma de cotidianidad: limpiar, ordenar, dejar que la casa volviera a respirar.

¿Sabías, Aurora?, yo también soy de aldea. Me casé con un hombre de ciudad, y cuando murió, vendí mi piso. Ernesto juró que nunca estaría sola. Pero míranos ahora.

No llores, Milagros. Nuevas historias nos aguardan, nos pueden llegar nietos y alegría.

¿Nietos de esa criatura de plástico? Que me libre Dios ¿Y el Tío Rafa vive solo, verdad?

Desde que su mujer se ahogó salvando a un niño. No volvió a casarse. Era amigo de mi abuelo. Tu edad, más o menos.

Pasó un mes y Ernesto desapareció del curso de sus vidas. Un día el teléfono sonó extraño y frío.

¿Aurora?

Sí.

Su esposo ha muerto.

¿Se equivoca usted?

No. Ernesto ha tenido un accidente conduciendo borracho. Llevaba compañía, una muchacha Ella salió ilesa. Vengan a reconocerlo.

Dios ¿Cómo decírselo a Milagros? Solo el Tío Rafa podría ayudar.

Aurora, ¿qué te ocurre? Estás pálida.

No te alteres, siéntate Ernesto ha muerto.

Milagros se lamentó, invocando culpas, pero Aurora la sostuvo entre sus manos.

Él te echó de casa, madre.

Sí, pero era mi hijo La justicia lo ha alcanzado

Rafa, ¿vienes? pidió Aurora. Iré contigo.

Rafa no dudó; con los tres en el coche, cruzaron la frontera que separa lo real de lo onírico, allá donde los cementerios parecen teatros y los funerales se bailan en silencio.

Tras el entierro, madre y nuera volvieron a la casa de Ernesto, ahora herencia, ahora laberinto. Seguidos siempre por el Tío Rafa, como los buenos fantasmas.

La casa, antes orden, ahora era un caos de mantas tiradas, ropa apilada y olores amargos. Los vasos con posos de vino sobre el suelo, la vida detenida en lo inhabitable.

De pronto, Albina apareció, sobresaltada y desbordada por la realidad.

¿Qué hacéis aquí? ¡Esta casa es mía!

Enséñame los papeles dijo el Tío Rafa, sin pestañear.

¡Nos casamos, era mío!

¡Ni divorcio hubo! Esto es castillo de humo, niña

El fulano que la acompañaba se escabulló sigilosamente. Rafa vigiló mientras recogían las últimas pertenencias.

Hay que cambiar las cerraduras, asegurar los papeles No vaya a colarse un impostor.

Y así, rehicieron ese hogar, arrojando fuera lo inservible, abriendo ventanas para que el aire de la sierra devolviera la vida.

Lamento que os marchéis, me he acostumbrado a teneros cerca dijo Rafa, con voz de niño grande.

Volveremos, y tú vendrás cuando quieras. Nos uniste la vida, Rafa.

La mirada entre Rafa y Milagros bailó el lento vals de la nostalgia. La vida, traviesa, tejió una historia nueva. Un año después boda. Rafa y Milagros, juntos en la estación de los reencuentros, felices. Aurora, hija de corazón. Pero la familia fue creciendo: Aurora se descubrió madre.

No se casó más, pero adoptó a dos hermanos huerfanitos, inseparables como las dos caras de la moneda de un euro. Donde hubo soledad, ahora hay risas y manos entrelazadas.

A veces, en los sueños o en la vida, los lazos de sangre se inventan, se descubren, como en el fondo de un arcón, y lo que parecía un final no era más que el umbral de otra historia, inexplicablemente dulce bajo los cielos inverosímiles de Castilla.

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MagistrUm
Oksana y su madre estaban sentadas en la vieja cama, ambas bien abrigadas. Era invierno y acababan de encender la estufa en la casa. – No te preocupes, mamá. Todo saldrá bien, no nos perderemos. Ahora te doy las medicinas. Oksana tranquilizaba a su madre como podía, aunque en realidad no era su madre, sino su suegra, y además, casi una exsuegra…