Hallar al responsable fue más difícil que encontrar una mesa libre en una terraza de la Plaza Mayor un domingo de primavera. Los niños, lanzados hacia el río como cohetes, se olvidaron de cerrar la jaula del loro. Abuela, tras volver del mercado cargada de bolsas y quejas, abrió de par en par la ventana sin pensar demasiado. Como resultado, cuando por la noche nos dimos cuenta de la ausencia de Jacinta, nuestro precioso amazona, ya estaba claro que el ave había puesto pies en polvorosa (o más bien alas).
Tres días y tres noches anduvimos a la carrera por la urbanización, sin otra ocupación que la búsqueda del escurridizo. Pero nada, oye. Nadie había visto a Jacinta. Los niños se dedicaban a untarse las mejillas con lágrimas, la abuela solo soltaba lamentos de “¡Ay, ay, ay!”, y nosotros, mi marido y yo, nos dedicábamos a echarle la culpa a todo bicho viviente, mayores y pequeños.
Bueno, a nuestra perra, una airedale llamada Martina, no había manera de reprocharle nada por entonces. Martina andaba mustia, hecha polvo. Solo despertaba al oír el timbre, salía corriendo al pasillo con un ladrido vigoroso, pero a los dos segundos, al notar que su voz retumbaba sola en la casa, daba media vuelta y se iba despacio a su alfombra. Llevábamos cuatro años despachando a los invitados con el concierto perruno de la casa. Jacinta ladraba con tal arte, que a veces parecía que se le daba mejor que a la propia Martina.
El primer loricismo en la vida de Jacinta fue precisamente eso: ladrar. Cuando aún era un pollito muy, muy verde (en todos los sentidos), nuestra ave se dedicaba a atormentar a Tigresa, la gata. Se le acercaba sigilosa mientras la gata dormía hecha un ovillo y le lanzaba un ladrido en toda la oreja. Tigresa saltaba con un ¡miauuuuu! digno de ópera, y a ese grito, Martina acudía corriendo con un estruendo tal que parecía la Filarmónica de Madrid, y la casa se venía abajo.
Tigresa soportaba a Jacinta, aunque juraría que le habría encantado ponerle en la maleta camino de Canarias. Martina, en cambio, tenía debilidad por el pájaro y le consentía todo. Aquella bandida llegaba a sentarse en la cabeza de la perra, y no solo en sentido figurado. Y, para colmo, Jacinta se pasaba media vida dándole sermones a Martina, imitando ese tonillo regañón de la abuela:
¿Y la sopa, quién se la va a acabar?
Y, después de una pausa dramática, sentenciaba:
¡Aquí no hay cerdos!
La perra escuchaba estos discursos de la misma manera que los niños oían a la abuela. Es decir, ni caso. Cuando la cotorra se ponía pesada, Martina la despachaba de un lengüetazo por debajo de la cola, para que no se viniera arriba.
Total, que la desaparición de Jacinta fue una tragedia griega (menos para Tigresa). Pasaron dos semanas y, cuando ya nos resignábamos a no volver a ver a nuestro parlanchín, empezaron a correr rumores por la urbanización. Decían que, entre la bandada de urracas que saqueaban los jardines, había aparecido una nueva: verde, chillona, con la cara roja y una desvergüenza monumental. No solo graznaba fuerte; es que además ladraba, y si te descuidabas, te soltaba una bronca en castellano claro y alto. Esa última parte casi nos hizo perder la esperanza en casa se conocían palabras feas, pero nadie las decía en voz alta, pero pensamos que con tanta vida callejera nuestra Jacinta habría aprendido más palabrotas que Tigresa tenía pulgas.
No nos rendimos y reanudamos la búsqueda. Tuvimos suerte diez días después. Mientras recogía tomates del huerto, escuché un sonoro:
¿Qué taaall?
Ahí estaba Jacinta, en lo alto del cerezo, cubierta de amigas negras que ya se habían zampado la mitad de la fruta.
Jacintilla, ven aquí, cielo, ven que mamá te va a mimar y te trae pipas ricas
Jacinta ladeó la cabeza, meditando su jugada.
Ven, Jacinta, que todos te echamos de menos insistí: papá, Lucía, Mateo y Martina anda, pequeña
Estiré el brazo con disimulo, casi tocando la rama pero entonces, Jacinta, con voz sarcástica de presidenta de la comunidad, exclamó:
¡Menuda tropa, los niños esos!
Y, acto seguido, echó a volar con sus nuevas amigas.
Jacinta siguió libre hasta el invierno. Volvía, sí, pero no aceptaba acuerdos. Ante nuestros ruegos, respondía con un refunfuño filosófico y se marchaba dando plumas.
En otoño, la veían cada vez más sola, rondando por el jardín, triste y hecha un bollo. No se dejaba coger. Era hora de sacar la artillería pesada: Martina. No sé qué conversación tuvieron, pero un día la amazona regresó a casa con orgullo y dignidad, montada a caballo sobre la pobre perra, como quien llega en carroza al Real Alcázar de Sevilla.







