Dasha regresó a casa antes de lo previsto con dulces y recuerdos de sus padres. Quería sorprender a su marido, pero Iván, en vez de recibirla con cariño, la mandó de inmediato al supermercado. Las consecuencias fueron totalmente inesperadas.

Carmen llega antes de lo previsto a su casa en Salamanca, cargada de regalos de sus padres. Quiere darle una sorpresa a su marido, pero en vez de recibirla con alegría, Álvaro la manda al supermercado. Lo que sigue, nadie lo hubiera imaginado.

La bandolera pesa tanto que se le escapa un quejido. Lleva semanas con el dolor de espalda y hoy amenaza con doblarla del todo. Deja cuidadosamente las bolsas sobre el asfalto agrietado junto a la parada del autobús.

Carmen suspira hondo. El bebé dentro de su vientre se revuelve, protestando. Seis meses ya… y no es ninguna tontería, menos aún si quieres sorprender a tu marido y vuelves de casa de tus padres tres días antes de lo previsto. La echaba tanto de menos, que los últimos cien kilómetros contaba los postes pasando por la ventanilla.

¿Qué hará ahora Álvarito? Ni se imagina que estoy a diez minutos andando de casa… El trayecto le parece interminable. Las bolsas, repletas de tarros de mermelada casera, chorizo, y manzanas enormes, pesan como si llevara todo Castilla en los brazos.

Apenas ha avanzado cincuenta metros cuando se da cuenta: así no llega. La espalda amenaza con romperse del todo.

Saca el móvil y llama.

¿Álvaro? Cariño, ¿cómo estás? susurra cuando al fin él responde.

¿Carmen? ¿Qué pasa, te ocurre algo? pregunta, alarmado.

Nada, nada. He llegado. Estoy en la parada de siempre, justo delante del portal. Sal a por mí, por favor. Las bolsas son imposibles… Mi madre las ha llenado hasta arriba…

Silencio al otro lado. Carmen mira el móvil, pensando que igual se ha cortado.

¿Estás ya aquí? salta la voz de Álvaro, algo aguda. Pero… si dijiste que volvías el jueves…

Quería sorprenderte resopla Carmen. ¿No te alegras? Estoy reventada. Sal ya, por favor.

Espera, espera, no vengas todavía. Quiero decir, puedes venir, pero… Carmen, escucha, en casa no queda ni una tapa de queso. Me lo he comido todo ayer. Mira, haz esto: pásate por el súper de la esquina y compra carne, ternera buena. Hoy no fui a trabajar, he cogido el día libre. Quiero prepararte una comida de verdad, recibirte como te mereces.

¿Carne, Álvaro? ¿Te das cuenta de mi estado? Estoy de seis meses, con dos bolsas enormes y la espalda hecha polvo…

Carmen, de verdad, quiero que esté todo perfecto. El súper está al lado, compra carne, unas patatas nuevas que las que quedan están pochas… Si eso pide a alguien que te ayude, o ves poco a poco… ¡Venga! Lo hago por los dos. Aquí te preparo la casa.

Carmen mira sus manos enrojecidas, el calor amarga le recorre el pecho.

Álvaro, ¿me oyes? ¿En serio me pides ir ahora al supermercado? ¿No puedes tú bajar?

Estoy… bueno, preparando cosas. Si bajo, lo estropeo todo. Compra ochocientos gramos de ternera y una malla pequeña de patatas. Venga, que te estoy esperando.

Cuelga. Carmen se queda viendo la pantalla en negro, sin salir de su asombro. Le entran ganas de llorar allí mismo, bajo la luz fría de la farola. En vez de abrazos, un recado al carnicero. «¿Y si de verdad está cocinando algo especial…?», piensa. Suspira, levanta bolsas y, cojeando, camina al supermercado.

Entre pasillos, nota la mirada compasiva de la cajera con sueño. La ternera pesa, pero la bolsa de patatas, mucho más. Al salir, ni siente los dedos, sólo ganchos rígidos.

El móvil vuelve a sonar.

¿Compraste todo? pregunta Álvaro, animado.

Sí murmura Carmen entre dientes. Estoy ya bajo el portal. Abre.

¡Espera! ¡No subas! Siéntate en el banco y espera diez minutos, por favor.

¿Es una broma? Álvaro, no puedo más, me duelen las piernas…

¡El sorpresón no está! Si entras ahora, lo arruinas. Siéntate un momento, por favor, cinco minutos y bajo.

Carmen se deja caer en el banco de madera, junto a la entrada. Las bolsas caen con estruendo. Le dan ganas de lanzar la carne a la ventana del tercer piso.

Pasan diez minutos. Luego veinte. Carmen nota cómo dentro todo hierve de rabia y cansancio. Se imagina flores, un desayuno especial, música… Nada merecería esto, no en su estado.

A los treinta y cinco minutos, la puerta suelta un chirrido y Álvaro aparece. Lleva la camiseta al revés, la frente sudada, el pelo alborotado.

¡Ah, estás aquí! fuerza una sonrisa. ¿Por qué pones esa cara? Hay muy buen tiempo… bueno, venga, subamos.

¿Por qué vas empapado y hueles tanto a lejía?

¡Ya verás! responde él, brincando al ascensor.

Entran en casa. Álvaro abre la puerta con expectación. Carmen entra y el olor a lejía y ambientador de brisa marina le aturde.

Hace un recorrido: el salón, la cocina, el baño. Todo limpísimo. Demasiado. Nada en las sillas, la alfombra aspirada, algún rincón aún húmedo, el polvo desaparecido. Sus figuritas, arrinconadas.

¿Y bien? Álvaro brilla como una moneda de dos euros reciente. ¡Sorpresa!

Carmen se vuelve despacio:

¿Esto es todo? susurra.

¿Cómo que todo? ¡Me he pasado tres horas limpiando! ¡He fregado hasta debajo del sofá, lavado toda la vajilla, el váter está reluciente! Quería que volvieras a casa y no tuvieras que hacer nada. Es más de lo que nunca he hecho, y tú vas al súper mientras yo… terminaba.

Carmen siente el nudo en la garganta.

¿Para esto… me mandaste a por carne? No bajaste por mí para limpiar el suelo…

¡Claro! Es que siempre te quejas de que no ayudo. Quería demostrarte lo contrario. Has llegado antes y no me dio tiempo. Por eso te entretuve. Y ni gracias me das, me miras como si te hubiera insultado.

Carmen no puede más.

¿Pero tú te oyes? ¡Me importa un bledo tu suelo! ¡Me duele la espalda, estaba con las bolsas, estoy embarazada! Sólo necesitaba que bajaras y me acompañaras; no que fregaras como loco.

Él enrojece y arroja la bayeta al fregadero.

¡Ya está bien! grita. ¡Nunca estás conforme! Cinco horas llevo aquí, limpiando todo por ti, y entras y gritas… ¿Has visto cómo está esto? Ni el día de la boda tuvimos la casa así.

¿Pero para qué tanta limpieza, a este precio? ¡Me dejaste tirada media hora en la calle! Me duelen las piernas, tuve que comprar carne y cargarla. Esto no es un regalo, es un castigo.

¿Ahora resulta que soy malo? va y viene por la cocina. Otra estaría encantada; su marido limpia y cocina. Pero tú, sólo piensas en ti: Ay mi espalda. ¡Pues yo también me canso! Estuve despierto toda la noche esperando a verte, planeando todo.

Carmen se cubre la cara, llorando.

No entiendes nada… Preferiste el rodapié limpio a cuidarme.

Ya estamos… chilla él. ¡Si hubieras venido cuando tocaba, todo estaría preparado y me darías las gracias! Pero has llegado antes, me haces quedar mal, y encima me culpas a mí. Eres una desagradecida.

Álvaro desaparece dando un portazo.

El bebé vuelve a moverse en la tripa. Carmen se desploma en una silla, mirando la bandeja de carne, que ni siquiera él metió al frigorífico. La nausea sube, el cansancio humedece los ojos.

Diez minutos después, la puerta se entreabre.

¿Preparo la carne o ya ni cenas para fastidiarme?

No hace falta que cocines. Déjame tranquila. Solo quiero dormir.

¡Como quieras! vuelve a cerrar.

Carmen se arrastra hasta el baño. Se mira en el espejo: pálida, con ojeras, despeinada.

Recuerda el viaje en bus, imaginando a Álvaro abrazándola, agradeciendo su vuelta. Menudas fantasías… Cuando sale, la discusión sigue. Él encuentra cualquier excusa para volver a discutir.

Al final, Carmen sale tal cual está y se va otra vez a casa de sus padres.

Nadie apoya la separación: ni sus suegros, ni su cuñada, ni los parientes. Álvaro llama a diario, pide perdón, promete cambiar. Pero Carmen ya lo ha decidido: este marido no es para ella, el divorcio será inevitable. ¿De qué le sirve un hombre que pone por delante un suelo limpio antes que la salud del hijo que esperan?

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MagistrUm
Dasha regresó a casa antes de lo previsto con dulces y recuerdos de sus padres. Quería sorprender a su marido, pero Iván, en vez de recibirla con cariño, la mandó de inmediato al supermercado. Las consecuencias fueron totalmente inesperadas.