Una gata entra en la iglesia y se tumba junto al altar: el cura lo comprende todo

La gata entró en la iglesia y se tumbó junto al altar el párroco lo supo todo

La misa de la mañana fluía serena, sin prisas ni sobresaltos. Todo era familiar y cadencioso: las mismas palabras de las oraciones, los rostros de siempre sobre todo mujeres mayores, no más de una docena. El padre Antonio llevaba veintitrés años celebrando la eucaristía; hacía mucho que había dejado de esperar grandes multitudes en los días laborables.

Casi había terminado la liturgia cuando oyó el suave crujido de la puerta de entrada.

Alzó los ojos y se quedó inmóvil.

Por el pasillo central avanzaba una gata, despacio, como si estuviera en su propia casa.

Era gris, de pelaje largo y una mancha blanca en el pecho. Llevaba la cola erguida. Caminaba con seguridad, como quien sabe perfectamente a dónde va.

Las feligresas empezaron a cuchichear alguna se persignó, otra se llevó las manos a la cabeza. Pero la gata, tranquila, cruzó entre los cirios y las imágenes y se tumbó justo junto al altar.

Se hizo un ovillo, apoyó el hocico en las patas y quedó inmóvil. Solo los ojos amarillos seguían abiertos, mirando fijamente, sin parpadear.

El padre Antonio sintió un nudo en el pecho.

La reconoció.

Dios mío, ¿cómo había llegado hasta allí?

Le temblaron las manos. Cerró los ojos un instante, buscando concentración, pero al hacerlo vio claramente en su memoria a doña Soledad.

Una anciana callada, de mirada bondadosa y cansada. Vivía sola en un piso antiguo de dos habitaciones, en la periferia. Cada domingo iba a la iglesia lenta, apoyada en un bastón, pero nunca faltaba.

Siempre llevaba pan o latas para los gatos de su portal.

También son criaturas de Dios, padre le dijo una vez, cuando él fue a darle la comunión a casa. ¿Cómo no haber compasión por ellos?

Y Mariposa así se llamaba la gata era su favorita. La había recogido siendo apenas un cachorrito, la había criado y curado. Y Mariposa le correspondía con devoción no se alejaba de su lado ni un instante.

La última vez que el padre Antonio la visitó hace, tal vez, tres semanas, Mariposa estaba en el alféizar, vigilando a su dueña, como si lo entendiese todo.

Padre susurró entonces doña Soledad, si me pasa algo, no olvide a Mariposa. Es muy lista.

Él solo asintió, apretó cariñosamente su mano.

Y ahora Mariposa estaba en el altar.

Y el padre Antonio lo entendió todo. Y dentro de sí sintió un frío hondo.

La misa terminó como en una niebla.

Las últimas oraciones las leyó casi de manera automática los labios repetían las palabras solos, mientras en el pensamiento solo quedaba una idea: hay que irse. Ya.

Las feligresas iban saliendo lentamente, con sus velas y recogimiento, volviendo la vista hacia la gata, que seguía tumbada junto al altar.

Padre, ¿y esa gata empezó una de las señoras, pero él solo hizo un gesto:

Luego. Todo luego.

Se quitó la casulla, se puso la sotana habitual los dedos temblaban tanto que los botones se resistían.

Dios mío, que me equivoque.

Pero lo sabía. Lo sabía en lo más profundo: no se equivocaba.

Mariposa levantó la cabeza cuando se acercó. Le sostuvo la mirada, maulló suavemente.

Solo una vez.

Como diciendo: ¿lo entiendes? Pues bien.

Vamos susurró el padre, acercando la mano.

La gata se estiró, como despertando, y fue hacia la puerta. Él la siguió.

El día estaba gris. El viento agitaba las ramas peladas, hacía bailar hojas muertas sobre el asfalto. A la casa de doña Soledad había quince minutos andando.

El padre Antonio apuraba el paso; Mariposa, ágil, no se quedaba atrás, la cola alzada.

Ojalá lleguen a tiempo.

Aunque él sabía: si la gata llegó hasta la iglesia y se tumbó en el altar, todo ya estaba consumado.

Mientras caminaba recordaba a doña Soledad, sentada en su viejo sillón junto a la ventana, envuelta en una manta. Cómo sonreía al verle entrar. El temblor con que se persignaba al recibir la Sagrada Comunión.

¿Sabe una cosa, padre? le dijo tres semanas atrás, no tengo miedo, de verdad. He vivido bien. Tuve un esposo maravilloso, una hija a la que crié. Tengo nietos, aunque están lejos, apenas nos vemos. Pero el Señor nunca me abandonó. Nunca.

Y no le abandonará contestó él.

Ella suspiró:

Lo sé. Pero es tan solitario todo. Mariposa está conmigo, sí. Pero la casa es tan silenciosa

A esas palabras no les dio gran importancia entonces. Escuchó, consoló, intentó animarla. No entendió que tal vez era una despedida.

Y ya estaba el portal conocido, gris, descascarillado; el telefonillo roto de hace años. Tercer piso sin ascensor, como siempre.

Subió agarrándose a la barandilla, el corazón latiéndole acelerado, por la prisa o por la aprensión.

Mariposa iba delante. Se paró ante la puerta esa, con la pintura descascarillada y el número 37 casi borrado.

Se sentó.

El padre Antonio llamó.

Una vez. Dos. Tres.

Nada.

Apretó el timbre el zumbido sordo resonó en el piso.

Nadie abrió.

¡Doña Soledad! llamó. ¡Doña Soledad, soy el padre Antonio!

Silencio.

Puso la oreja en la puerta. ¿Quizá no oye? A su edad, tal vez el oído falla.

Pero dentro reinaba un silencio demasiado hondo.

Se agachó frente a Mariposa, que no apartaba la vista de la puerta.

Con las manos temblorosas sacó el móvil y marcó el número del policía del barrio, ese que ya les había ayudado una vez cuando un mendigo entró en la iglesia.

¿Sí, Jacinto? Soy el padre Antonio. Sí, de la parroquia. Necesito ayuda. Urgente. Una señora mayor, no responde. Hay que abrir la puerta.

La voz de Jacinto, tranquila, del otro lado:

¿Dirección?

Calle Mayor, treinta y dos, tercer piso, puerta treinta y siete.

Vale, llego en seguida.

Colgó y se dejó caer en el suelo, junto a la pared.

Mariposa se le frotó contra la sotana; maulló triste y bajito.

Él la acarició despacio.

Has sido muy lista murmuró. Has venido a por mí.

La gata se tumbó a su lado.

Y así esperaron.

El padre Antonio pensaba en lo poco que había visitado últimamente a esa anciana tan callada. En que a lo mejor sufría más de lo que aparentaba. En que quizá, en realidad, le estaba esperando.

Perdóname, doña Soledad. Perdóname.

El policía llegó a los quince minutos.

Jacinto corpulento, cara cansada subió la escalera. Encontró al sacerdote sentado en el suelo, se sorprendió:

¿Padre Antonio? ¿Qué pasa?

Doña Soledad no responde. Creo que la voz se le quebraba.

El policía asintió. Aquello no le era ajeno.

Espere aquí.

Golpeó la puerta con fuerza y voz de autoridad:

¡Soledad Fernández! ¡Abra! ¡Policía!

Nada.

Sacó de la bolsa una palanqueta corta. La encajó con destreza entre la puerta y el marco, empujó con el hombro y todo su peso.

Crujido. Rascado. La madera cedió.

Un último esfuerzo y el cerrojo saltó.

La puerta se abrió.

Aquel aire cargado, olor a medicinas, una quietud pesada inundaba el interior.

El padre Antonio cerró los ojos, se persignó y cruzó el umbral tras el policía.

El recibidor era familiar. El abrigo marrón de doña Soledad, ya gastado. Las zapatillas, perfectamente alineadas.

El pasillo llevaba hasta la habitación, a la derecha.

Jacinto empujó la puerta y se quedó inmóvil.

El padre Antonio miró por encima de su hombro.

El corazón se le hundió.

Doña Soledad estaba sentada en su sillón, junto a la ventana. Envuelta en su manta. Las manos cruzadas en el pecho. La cabeza ladeada hacia atrás.

Como dormida.

Solo que el rostro tenía ese color cera. Inmóvil.

Dios santo musitó el sacerdote.

El policía se inclinó, tocó la muñeca, negó con la cabeza:

Lleva así días. Tres, probablemente. Quizá más.

Tres días.

El padre Antonio se arrodilló en el umbral de la puerta.

Tres días. Y nadie llamó. Nadie vino.

La hija, en otra ciudad. Los nietos, también lejos. ¿Los vecinos? ¿Quién presta atención hoy en día?

Solo Mariposa.

Ella se quedó junto a la dueña. No se fue, aunque la ventana de la cocina estaba entreabierta.

Y solo después, al comprenderlo todo, fue a buscar ayuda a la iglesia.

¿La conocía mucho? preguntó Jacinto, sacando el teléfono.

Sí le costaba tragar saliva. Era feligresa mía. Muy buena persona.

Habrá que avisar a la familia. ¿Dónde tendrá los papeles?

En el armario o en el escritorio la voz le temblaba. Jacinto, yo me encargo de llamar a la hija. Tengo su número, lo dejó por si acaso.

El policía asintió:

De acuerdo. Yo llamo a la ambulancia.

El padre Antonio se acercó al sillón y miró bien el rostro de doña Soledad sereno, casi luminoso.

No había sufrido. Dios se la llevó en silencio. Seguro que mientras dormía.

Perdóname le susurró. Perdóname por no haber venido antes.

Tocó con delicadeza el cabello canoso.

La persignó y comenzó a rezar en voz baja, casi un murmullo. Las palabras fluían solas, como lágrimas.

Y en el quicio de la puerta, Mariposa seguía sentada. Sin apartar la mirada de su dueña.

En ese instante el sacerdote sintió con total certeza: esa gata había querido más a doña Soledad que toda su familia.

Más que la hija que llamaba una vez al mes.

Más que los nietos, que apenas venían en Navidades.

Mariposa estuvo con ella hasta el último suspiro.

Y aún después, fue a buscar ayuda a la iglesia.

El padre Antonio se arrodilló frente a la gata y la tomó en brazos.

Mariposa se dejó hacer; se apoyó en su pecho, ronroneando áspera y quedamente.

Ya está susurró. Ya, bonita. Yo me ocuparé de ella. Te lo prometo. Le daremos cristiana sepultura. Ahora tú, contigo. ¿De acuerdo?

Y rompió a llorar.

Las lágrimas se perdían en el suave pelaje gris, y él la seguía acariciando, pensando que el amor, el verdadero amor, no se demuestra con palabras, sino con gestos.

A doña Soledad la enterraron a los tres días.

Vino la hija pálida, ojos enrojecidos, toda de negro. No trajo a los nietos están lejos, dijo, y tienen clases.

Unos veinte feligreses acudieron la mayoría, las abuelas de siempre. Cantaron con voces temblorosas el himno de los difuntos, Con los santos dame el descanso.

El padre Antonio ofició la ceremonia. Rezó y miró el ataúd el rostro tranquilo de doña Soledad bajo el pañuelo blanco.

Perdóname, alma de Dios. Por mi desatención. Por mi frialdad.

Y junto al féretro, sobre el frío suelo de la iglesia, se ovilló Mariposa.

Había llegado sola por la mañana, cuando trajeron el ataúd.

Se tumbó y no se apartó.

La hija intentó echarla, agitando el pañuelo:

¡Fuera de aquí! ¡No es tu sitio!

Pero el párroco la detuvo:

Déjela. Que se despida de su dueña.

La mujer quiso decir algo más, pero al cruzar su mirada con la de él, guardó silencio.

A Mariposa se la llevaron también al cementerio no podían dejarla sola. Todo el trayecto el padre Antonio la llevó en brazos.

Después del entierro, la hija se le acercó:

Gracias por todo. Por haberla encontrado. Por avisar.

No me dé las gracias a mí dijo él. A Mariposa. Fue ella quien me llevó.

La mujer la miró largo rato, de forma extraña.

Quédese usted con ella dijo al fin. Yo no puedo. Tengo alergia.

Ya contaba con ello.

Ella asintió y volvió la espalda, sin mirar la tumba reciente de su madre.

El padre Antonio se quedó allí.

Miró el montículo húmedo, la cruz de madera.

Soledad Fernández. Silenciosa. Solitaria.

¿Cuántos habrá como ella? En pisos, en casas que viven, envejecen, se van, y nadie se entera. Nadie los necesita.

Salvo quizá los gatos. Y Dios.

Acarició a Mariposa.

¿Nos vamos a casa?

Un suave ronroneo le respondió.

Desde entonces, en la iglesia, sobre el alféizar junto al altar, siempre hay una gata gris y peluda.

Los feligreses le llevan golosinas, la acarician, le susurran:

Qué buena es. Qué alma tan noble.

El padre Antonio sonríe en silencio.

Por las noches, antes de dormir, se sienta en su sillón, toma a Mariposa en el regazo, y la acaricia.

La gata cierra los ojos y ronronea.

Y en sus ojos amarillos se refleja la luz de la lámpara votiva.

Luz callada. Que nunca se apaga. Eterna.

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Una gata entra en la iglesia y se tumba junto al altar: el cura lo comprende todo