EL ÚLTIMO RAYO
Todos en el hospital reparan en la jefa del área de medicina interna: los hombres la observan con interés, las mujeres con cierta envidia casi abierta. El uniforme blanco le sienta extraordinariamente bien a Lucía Herrero. Es alta y de ojos intensamente oscuros; se recoge el cabello en un moño discreto y la cofia, siempre reluciente de almidón, le añade unos centímetros más de estatura. Sus tacones parecen calzarle a la perfección, o será por su andar suave, porque el taconeo nunca se vuelve molesto en los pasillos. Parece cuarentona, pero nadie en el hospital sabe con certeza su edad. A Lucía Herrero, estricta e inflexible, la respetan y, en algunos casos, le temen tanto compañeros como pacientes.
No han faltado hombres, entre pacientes y colegas, que intentan coquetear con ella, la invitan a cenar o le regalan flores y bombones. Pero con sólo una mirada fría pierden la compostura y se paralizan. Circulan mil rumores: algunos aseguran que sufrió un gran desamor, que su marido murió en el mar, o tal vez en alguna misión en el extranjero incluso que perdió un hijo. Nadie sabe si algo de eso es cierto, o simple invención de lenguas viperinas.
Lo único probado es que vive sola. No deja entrar a nadie en su vida, no tiene amigas íntimas, aunque tampoco es vista como amargada ni antipática.
En su juventud, se enamoró sin remedio de Álvaro Herrero, un compañero de promoción, apuesto y encantador. No podía vivir sin él. Pero aquel chico, adorado por las mujeres, se sentía asfixiado por el amor fiel y puro de Lucía. Se fue, escogiendo a otra. Desde entonces, Lucía no dejó que nadie más llegara a su corazón. Tal vez aún amaba a Álvaro, o quizás temía ser traicionada otra vez.
Ahora se detiene frente al puesto de enfermería.
Vega, ¿me das el historial de Pardo, el de la habitación cinco? Quiero dejar lista el alta para mañana. Con la carpeta apretada contra el pecho, Lucía regresa a su despacho.
«Bueno, el hombre está recuperado. Ahora dependerá de su voluntad y sus fuerzas ver cuánto tarda en volver a cruzarse conmigo», piensa, mientras va rellenando en el ordenador el formulario de alta: pruebas realizadas, tratamientos, datos de laboratorio…
Falta apenas media hora para acabar la guardia.
Lucía sale del despacho, cierra con llave y se queda quieta. Al fondo del pasillo una mujer habla por el móvil, discretamente, de espaldas a la ventana. Lucía alcanza a oír unas frases curiosas.
No, no ha muerto. Está más vivo que nunca. No te enfades. Se lo dije… ¿De qué manera? ¿Tú crees que no sospechaba nada? Vale, hablamos por la noche. La mujer cuelga y se marcha por las escaleras.
Lucía entra en la quinta habitación. Otro día, al ver tantas camas vacías, habría reprendido por el vicio de salir a fumar, pero nota la espalda tensa de Pardo, de espaldas a la ventana, y guarda silencio.
Iván Pardo, mañana… empieza a decir, pero cuando el paciente vuelve la cabeza y la mira con desolación en los ojos, se interrumpe.
¿Le ocurre algo? pregunta ella, sentándose al filo de la cama, para no parecer dominante. ¿Le duele algo?
¿Puedo no darme de alta? Es que… no tengo a dónde ir balbucea él.
Nada, que su sitio ya está ocupado. Otra se lo llevó. Le soltó, tal cual: Fin de la comedia. Estoy con otro y ya no me moveré. Y al bueno de Iván, a la calle a patadas, perdón, comenta el hombre canoso de la cama del fondo.
¿Es cierto? pregunta Lucía en voz baja.
«Así que era de él de quien hablaba la mujer al teléfono junto a la ventana. Esperaba que el marido muriera y al ver que sobrevivía, anunció que su puesto estaba ocupado», deduce Lucía.
Iván, hombre corpulento de más de cincuenta, pelo corto salpicado de canas y mirada triste, está de espaldas al ventanal, jugando con los nudillos tensos.
Lucía también observa la calle. El mes de abril se acaba. Los brotes en las ramas desnudas del pequeño parque del hospital parecen a punto de estallar en verde. Pero el cielo, frío y gris, amenaza con nieve. El sol ni ha salido hoy.
¿No tiene de verdad a dónde ir? ¿Y amigos? ¿Hijos? pregunta ella con una dulzura nueva.
Todos con sus familias. Por uno o dos días valdría, pero luego Qué vergüenza, a mi edad, andar de prestado. Yo sabía que mi mujer veía a otro Pensé que se le pasaría…
Iván, un par de días más no le solucionarán nada; y necesitamos esas camas para otros Lucía duda un segundo. ¿Y sabe qué? Tengo una casa en un pueblo, a ochenta kilómetros de Madrid. La carretera está bien. La casa es fuerte, pero habrá que echarle un par de manos, hace años que nadie vive allí. Mañana le traigo las llaves y le explico cómo llegar se levanta con decisión, sin dejarle rechazar la idea.
¡Anda! exclama el vecino desde el rincón. Más seria que nadie y mírala de lo más humana. No digas que no, Iván. Tu gata infiel no te llega ni a la suela de los zapatos.
El azahar ya terminó su floración; tras el viento frío de días atrás, el campo ahora se baña en luz cálida. Un domingo por la mañana, Lucía arranca el motor de su Honda y pone rumbo al pueblo, dispuesta a visitar a su protegido.
La casa la sorprende: las contraventanas pintadas de azul intenso, el tejado remendado. En las escaleras brilla un peldaño nuevo. Lucía entra en el patio y apaga el motor. Iván, en vaqueros y camiseta, sale descalzo al porche. No queda nada del hombre demacrado y abatido: espalda recta, rostro más fuerte y moreno, músculos marcados en los brazos. Se le ve descansado y satisfecho.
Buenos días, venía a ver qué tal saluda, apoyándose en la puerta del coche. ¿Algún problema por aquí?
Ninguno. Tres abuelas contentas de que haya alguien más en el pueblo. Los veraneantes ni se enteran responde él, todavía sobrepasado por la visita.
Se ve que el aire puro te está sentando bien. Y el trabajo Lucía no se separa del coche, y él, algo cortado, no la invita.
Mi trabajo Cosas de chaval. Hace un gesto con la mano. Me licencié del ejército y vi que sólo sabía ordenar soldados. Trabajé de vigilante de seguridad. No hay mucho que lamentar; la pensión es buena.
Venga, enséñame cómo te las arreglas dice Lucía, por fin cerrando la puerta del coche y acercándose al porche.
¡Mira que soy torpe! Iván se da un golpecito en la frente. Qué sorpresa verte, perdona. Entra el primero, abriéndole la puerta de par en par.
Lucía se queda en el umbral. Las alfombras tejidas por abuela cubren los suelos limpios, la luz que atraviesa el visillo dibuja sombras sobre ellas. En las ventanas, dos tiestos con geranios. El reloj de pared, antiguo, marca los minutos en un sonido familiar.
Esos me los ha dado Valentina, la del final del pueblo. Da calorcito, ¿verdad? explica Iván al ver a Lucía mirar las plantas.
¿Y ese rico olor? pregunta divertida, girando el rostro.
He hecho un cocido y patatas en la lumbre, ¿quieres probar? contesta Iván, y por vez primera Lucía le ve sonreír. No se me daba bien al principio. Nunca he vivido en un pueblo. No sabía hacer nada. Las vecinas me han enseñado. A veces me quedaba crudo, a veces carbonizado continúa tras la cocina, con los trastos de los guisos.
Lucía siente el impulso de estirarse los brazos, como si quisiera tocar el techo con la punta de los dedos. Todo el ambiente la envuelve en el recuerdo doméstico de la infancia y la abuela. Hacía años que no entraba. No podía. Ni siquiera fue capaz de vender la casa; la heredó de la abuela, después vino la madre en los veranos, luego sólo quedaba vacía. Y ya ni su madre estaba.
Recuerda cómo cargaban el coche hasta arriba de tarros de pepinillos, mermeladas y setas luego, en Madrid, todo el invierno sabían a verano. Y su madre cuántos años habían pasado ya.
Dime, ¿cuánto puedo seguir por aquí, en tu casa? la saca Iván de sus pensamientos, con timidez. Si molesto, dímelo.
Quédate cuanto quieras. Yo hace casi diez años que no vengo por aquí. No podía. Vendré a visitarte, si no te importa. Con tu toque, esto es tan cálido y cómodo como antes, con mi madre. Ni sé ni quiero encargarme del campo y la casa responde, bajando la mirada.
Iba a darte unas cosas que traje, y lo olvidé del todo. Lucía sale al coche deprisa.
Iván respira aliviado. Es la primera vez que la ve sin bata, sin cofia. Vestida con un sencillo y liviano vestido, parece más joven, unos mechones rebeldes sueltos en el aire. Se ve cercana, diferente. Iván mira sus manos con heridas de jornalero y se siente mayor de repente.
Lucía parte con las primeras sombras del atardecer, dejando el aire impregnado de su perfume tan sutil. Todo en la casa parece oler a ella. Eso, muy en el fondo, revuelve el corazón de Iván, que no recuerda la última vez que sintió algo parecido. Si no fuera por todo lo pasado, quizás nunca hubiera conocido a Lucía. En el fondo, hasta agradece la traición de su mujer. Esa noche, le cuesta dormir, revolviéndose con recuerdos nuevos.
A los dos meses, Lucía regresa. Lleva víveres, una caña de pescar nueva. Él le presume que ya ha reparado el muro del corral, que incluso mujeres solas y ancianas de aldeas cercanas lo buscan para echar una mano a cambio de leche, mantequilla, huevos
La casa ahora parece orgullosa; como si erguida, enseñara sus contraventanas como medallas, diciendo Ahora tengo dueño, no envidio a nadie.
En invierno te alimentaré a pepinillos de los míos bromea Iván. Lucía se alegra de ver un hombre mucho más ágil, sin barriga, postura firme. Ante su mirada, Lucía se ruboriza.
El sol cae lento, tiñendo el campo de naranja.
Un momento Iván se levanta y sale de la casa.
Lucía se pasea por dentro. Hay objetos, nuevos aromas. Piensa que tarda demasiado y por fin, tras buscarlo, sale al patio y lo encuentra sentado en el huerto, apoyado en la valla.
¡Iván! corre hacia él y se arrodilla.
Le toma el pulso irregular y fuerte, corre al coche por el botiquín, recuerda que olvida el vaso y vuelve a entrar. El bajo del vestido vuela a cada zancada, pegado a sus piernas. Mejor le pongo una pastilla sublingual, piensa y echa a correr de nuevo. Le acerca la pastilla y el agua.
En quince minutos, Iván está en pie. Lucía le ayuda a entrar y sentarse en la cama.
Hoy me ha dado el sol de más, no ha sido nada se disculpa él. Quería dejarte unos pepinillos para el viaje Lucía, quédate le tiembla la voz al tutearla de golpe.
Lucía se detiene. No sabe qué responder. Iván apoya la cabeza en su vientre y suspira.
La felicidad es así. Uno la espera, la llama, la busca, pregunta si se ha perdido, si ha tomado otro rumbo Aprendes a vivir solo, sin miedo a perder o a ser traicionado. Y de pronto, tu camino se cruza con el de otra persona, y desde ahí avanzáis juntos.
¿El amor? También es diferente. De joven, apasionado, ciego, dominador. Cuando llegan los años se vuelve tranquilo, acogedor suave como el último rayo de sol que se resiste a marchar.




