A Víctor lo echaron. Otra vez. Por tercera vez en su breve existencia. La suerte nunca le sonreía.
No tenía ni un año, y ya lo habían expulsado de tres familias. Al principio, lo pasaban de mano en mano, como si fuera un recuerdo inútil. Finalmente, llegó la noche en la que lo llevaron fuera, alejándose un poco del portal de aquel bloque antiguo en Vallecas. Lo depositaron en un contenedor verde y echaron a andar deprisa, como quien oculta un secreto. Para que no pudiera regresar. Pero Víctor ni lo intentó.
Comprendió todo al instante. Sobre todo al mirar a los ojos de aquel hombre. La mujer se había disgustado muchísimo cuando Víctor arañó el sofá nuevo, de piel fina y color crema, adquirido a plazos por ochocientos euros en El Corte Inglés. Ese fue su final. Y el hombre, bueno… Él siempre asentía con la cabeza. Así, bajo el brazo, llevó al joven gato hasta el cubo del patio vecino. Ni una caricia. Ni una palabra. Era como tirar una bolsa más de basura.
Víctor suspiró, metió la cabeza entre los residuos y mordisqueó un trozo de croqueta seca. Salió, se sentó junto al contenedor y miró el sol que ya caía tras los tejados del barrio. Entornaba los ojos, pero no apartaba la vista. Ese círculo enorme y dorado le daba un calor desconocido, que le gustaba. Eran los últimos rayos del día, del verano, del otoño, del invierno. Un espejismo de calor, que hizo que se desvaneciera la escarcha. Pero por dentro, el gato notaba el hielo crecerle en el alma.
La noche llegó fría, con viento y escarcha colándose por los huesos. Víctor, temblando, no tenía refugio, ni nadie que lo esperara. Encontró un montón de hojas secas, pardas y anaranjadas, bajo un plátano de Indias. Se acurrucó dentro, enroscado en sí mismo. Primero fue un temblor brutal, pero poco a poco, cuando la humedad le endureció el pelaje rojizo, sintió como un calor extraño y los temblores cesaron. Una voz dulce, lejana, casi como una nana, le susurraba cosas bonitas.
En ese susurro, le proponían cerrar los ojos, olvidar todo y dejarse ir: Enróllate, duerme, duerme, duerme. Y el calor le inundaba el cuerpo dormido.
Todo era sencillo si uno se rendía, y el descanso llegaba suavemente, prometiendo borrar el dolor y el hambre. Víctor exhaló por última vez y cedió. ¿Para qué pelear? ¿Quién lo esperaría mañana? Solo otro día de frío, hambre y ese deseo de no despertar jamás.
Las farolas de la calle San Cipriano se encendieron a lo lejos, y Víctor miró por última vez esas luces. Era la misma luz que observaba desde la ventana en otros tiempos. El gato rojizo absorbió esa luz antes de que la noche la devorara, y sus ojos relampaguearon en la penumbra.
Esa chispa final llamó la atención de una niña pelirroja, Lucía, que caminaba de la mano de su padre. Ella tiró de su manga:
Ahí, papá dijo. En las hojas, hay alguien.
No hay nadie, Lucía gruñó el padre, encogido por el frío. Vamos, que me estoy quedando helado.
Trató de apartarla de la mulle de hojas oscuras, pero Lucía insistió.
He visto. He visto una luz.
¿Una luz en un montón de hojas secas? se extrañó él. Eso no puede ser.
Pero Lucía ya estaba rompiendo la capa superficial de hojas y allí lo halló. El gato rojo.
¡Papá! gritó, señalando. Te lo dije, es él.
¿Él quién? preguntó acercándose el hombre.
Él. Lucía intentó levantar el cuerpecito helado.
Déjalo, Lucía dijo el padre con voz cansada. Ya está muerto. No vamos a llevar a casa un gato muerto.
No está muerto respondió convencida la niña. Lo sé. He visto la luz en sus ojos.
¿En los ojos de un gato? el padre dudó.
Se agachó y, cogiendo con cuidado el cuerpo, intentó sentir el débil latido.
Mientras tanto, Víctor deseaba dormir más que nada en el mundo. El sueño pegaba sus párpados, el calor le inundaba, y la voz interior le susurraba: Duerme, duerme, duerme
Pero la vocecilla infantil no cesaba:
La luz, papá. ¡He visto la luz en sus ojos!
¿Qué quieren de mí? ¿Por qué no me dejan descansar? ¿Por qué no me permiten dormir en paz?, pensó Víctor, medio despierto.
Con esfuerzo, abrió los ojos y miró a los dos. La niña chilló feliz:
¡Mira! ¡Te lo dije! ¡Otra vez, papá! ¡La luz!
¿Qué luz? resopló el padre, pero entonces se quitó la cazadora y envolvió al gato en ella. Emprendieron el camino a casa.
Lucía corría a su lado:
Papá, por favor, rápido. Se va a enfriar.
Desaparecieron por el portal. Al poco, en las ventanas del quinto se encendió la luz.
Bañaron a Víctor con agua tibia, lo arroparon, le ofrecieron leche caliente. Lucía le susurraba al oído:
No te mueras. Por favor, no te mueras.
El hielo de su pelaje se deshizo. Y algo en su corazón también se derritió. Víctor, grande y rojo, miró sorprendido cómo padre e hija cuidaban de él con suavidad y ternura. Ya estaba despierto y sentía un calor genuino, que no venía de los radiadores, sino del pequeño corazón de una niña.
En la calle, bajo la luna y las farolas, había alguien. Alguien que a veces aparece en los sueños para tender una mano. Observaba las ventanas luminosas del quinto piso, murmurando:
Hago todo lo que puedo. Todo lo que puedo.
Pensó unos segundos y concluyó:
La luz no todos pueden verla. Ni todos los que la ven consiguen guardarla.
Y Víctor, al mirar a la niña pelirroja, no pensó en grandes cosas. Eso es propio de los humanos. Él pensaba en su propio misterio, en otra clase de luz.
Él vio la luz. La luz en sus ojos.
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