Matrimonio de conveniencia

Matrimonio de pega.

Lo mío con Rodrigo es, efectivamente, un matrimonio de pega. Así son las cosas: a Rodrigo le urgía casarse por cuestiones de ascenso laboral. Trabaja en una multinacional seria de esas donde, para que te den un despacho grande, es básico pertenecer a una familia aún más grande. El jefe supremo, Don Ramón Fernández de la Vega, es más defensor de la familia que la Duquesa de Alba en navidad: padre de cinco hijas crecidas, consuegro de otros tantos y orgullosísimo abuelo de nueve nietos. Su tema favorito: la grandeza de su árbol genealógico, por supuesto. Para Don Ramón, decir soltero es como soltar una palabrota delante de la abuela. Un empleado sin pareja es un despojo, sin importar lo mucho que valgas o que tu currículum tenga más apartados que el BOE.

Así que en cuanto Rodrigo comprendió la situación, supo que, para crecer en la empresa, necesitaba urgentemente un estado civil Casado. No lo dudó: pesó pros y contras y me propuso un matrimonio de pega. Aquí él no se jugaba nada. Nos conocemos desde párvulos nuestras madres son amigas de toda la vida, y se siguen llamando para cotillear. En el cole compartíamos pupitre: él me soplaba las ecuaciones y yo le salvaba los puntos y comas en las redacciones. Rodrigo sabe perfectamente que soy más desinteresada que una estufa en Sevilla en agosto, y que nunca le disputaría ni su piso del centro, ni el coche, ni el jamón ibérico.

Por mi parte, acepté el matrimonio falso sin poner ni una pega. Acababa de pasar un drama amoroso nivel telenovela turca tras romper con mi novio de tres años. Necesitaba un cambio de aires, y nada mejor para darle envidia a mi ex que plantarme en la siguiente comida con las amigas diciendo: Yo ya estoy casada, fíjate. Y con un chico interesante, con coche nuevo y piso en Chamberí. Toma esa. Por no hablar de lo bien que queda en Instagram.

Así que, como quien va a Carrefour un martes, Rodrigo y yo nos plantamos en el registro civil del barrio, padronamos nuestra mentira sin testigos, sin ramo, sin limusina, sin lanzar arroz ni sacar palomas ni nada. Ni vestido de princesa Disney, ni esmoquin inglés. Solo una mañana cualquiera, pidimos permiso para salir antes del curro, y fuimos a firmar. Eso sí, nos pusimos los anillos, que para algo habíamos ido.

Incluso me animé a cambiarme de apellido una temporada. Oye, Cueva-Espinosa suena más aristocrático que Juárez, qué quieres que te diga.

Y, qué quieres que te diga, el apaño funcionó estupendamente. Un mes después, Rodrigo ya era jefe de departamento en la empresa. No por el paripé, sino porque lo vale, ¿eh? Yo, casada, de repente era la reina entre mis amigas y familiares. El subidón no me duró poco: hasta mi ex me mandó un par de mensajes melancólicos del palo: Te deseo lo mejor, pero esperaba que lo nuestro tuviera otra oportunidad. ¡Ajá! Así es la vida: uno no sabe lo que tiene hasta que lo ve casado en la foto de perfil de WhatsApp.

Nuestros propósitos de matrimonio de pega se cumplieron al 150%.

Por cierto, hasta me mudé un tiempo a casa de Rodrigo, para hacer más creíble la historia. Él mismo me lo pidió.

Sábado por la mañana. Yo en la cocina preparando desayunos: tortilla francesa, unas torrijas y café con leche (que Rodrigo es mucho de desayunar bien). Mire usted por la ventana, que el día de abril empieza radiante. ¡La primavera en Madrid es mi época favorita!

Hoy tengo faena: visitar a mis padres, ordenar el piso, poner una lavadora y preparar algo especial para comer: quizás filetes empanados, una buena fabada, pizza casera o una ensalada con su toque especial. Las tareas domésticas, que son como los chistes de Eugenio: nunca se acaban.

Eso sí: llevamos ya trece años de matrimonio de pega y, como quien no quiere la cosa, nuestra hija Carlota empieza primero de primaria este año. El peque, Gonzalo, termina quinto y, dicho sea de paso, saca todo sobresaliente. Se nota que ha salido al padre, que listo es un rato y, además, de los de verdad.

No como mi marido… que es de pega.

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