La mandaron a una residencia
¡No me vengas con eso, Carmenita, ni se te ocurra! exclamó con fuerza Carmen López, apartando el plato de gachas de avena ¿Quieres meterme en un asilo?
¿Para que me pinchen con cualquier cosa y me cubran con la almohada si grito?
¡Eso sí que no!
Carmen respiró hondo, intentando no fijarse en las manos temblorosas de su abuela.
Abuela, ¿pero qué asilo ni qué asilo? Es una residencia privada. Está al lado del pinar, con enfermeras todo el día.
Tendrás compañía, una tele grande. Aquí pasas los días sola, mientras papá está en el trabajo.
Ya sé yo lo que es compañía gruñó la anciana, acomodándose entre los cojines. Te dejan en los huesos, te quitan el piso y, luego, al barranco.
A Vicente le dices que de esta casa no salgo viva. Que me cuide él. ¿Es mi hijo o qué?
Yo lo crié, velando cuando tuvo sarampión. Ahora le toca.
¡Papá está reventado, trabajando en dos sitios para poder comprarte medicinas! Tiene cincuenta y tres años, la tensión por las nubes, y lleva tres años sin ir ni al cine, ni hablar ya de vacaciones.
Da igual sentenció Carmen López, apretando los labios. Es joven, que tire.
Y tú cállate, que las gallinas no enseñan a las gallinas. Anda, limpia esto, que está hecho un asco.
Carmen salió al pasillo y soltó el aire con fuerza. ¿Cómo se supone que hay que hablar con ella?
El padre llegó a las siete de la tarde. Ni se descalzó nada más entrar, se sentó en el banco del recibidor y se quedó mirando a un punto fijo durante un par de minutos.
¿Papá, qué tal? Carmen salió a quitarle la pesada bolsa de la compra.
Bien, Carmencita. En el almacén hay lío, se acerca el cierre del ejercicio. ¿Y la abuela?
Como siempre. Se armó otra vez por la residencia. Dice que queremos que le pase algo.
Papá, esto no puede seguir. He mirado las cuentas de este mes: nos quedan trescientos euros para comida.
Y aún tengo que pagar el piso compartido y comprar libros.
Lo solucionaremos suspiró Vicente, descalzándose. Me he buscado otro trabajo. Turnos de noche de guardia, cada dos días.
¡Estás loco! ¿Y cuándo vas a dormir? ¡Vas a caer redondo en cualquier lado!
Vicente no contestó. Fue a la cocina, llenó un cazo de agua y lo puso al fuego.
¿Ha comido?
La mitad la tiró por la cama. He cambiado las sábanas.
Bueno. Tú ponte a estudiar, que tienes exámenes. Ahora le doy de cenar yo y la cambio.
Carmen miró a su padre, que cojeando entraba en la habitación de su madre.
Le daba una pena inmensa. Veía en él cómo aquel hombre fuerte y bromista se convertía poco a poco en una sombra.
Se acabaron los chistes, se fue el entusiasmo de vivir.
***
Una semana después la situación empeora aún más vuelve a casa más tarde que nunca. Va tambaleándose. Carmen se asusta enseguida.
¿Papá? ¿Estás bien?
Todo bien, Carmen. Sólo me he mareado en el Metro. Mucha gente y calor.
Siéntate. Vamos a tomarte la tensión.
En el tensiómetro salen 180 sobre 110. Carmen, en silencio, le da una pastilla.
Mañana no vas a trabajar. Llama al médico.
No puedo frunce el ceño Vicente. Mañana hay revisión. Si falto, nos recortan la paga extra. Y nos ha subido el IBI del piso de la abuela.
¡Véndelo, papá! Carmen baja la voz hasta un susurro, por no ser oída por la abuela. Vende ese piso en Guadalajara.
Seiscientos mil euros, papá. Tapamos deudas, contratamos una cuidadora buena.
Vicente suspira:
Tu abuela no quiere firmar
Papá, ¡lleva cinco años sin ir allí! ¿Para qué lo quiere, si está postrada?
No le da tiempo a responder se oye un estruendo desde la habitación.
Carmen López golpea la mesilla con la taza, pidiendo atención.
¡Vicentito! ¡Ven aquí! ¿Con quién cuchicheas? ¿Otra vez hablando mal de mí? suena su voz cascada.
Vicente suspira, toma la pastilla que le da su hija y va al llamado.
***
Seis años antes, su padre tuvo pareja. Laura, tranquila, amable, traía empanadas, hacían planes para escaparse juntos el fin de semana a un balneario.
Se acabó cuando la abuela enfermó. Laura quiso ayudar, pero la anciana le hizo la vida imposible: broncas, gritos e incluso ataques ficticios cuando Vicente salía con ella.
¡Viene a quitar lo mío! ¡Se aprovecha de mi hijo! chillaba por toda la casa, simulando infartos cada vez que Vicente tenía una cita. ¡Que se largue, fuera de aquí!
Al final, Laura se marchó y Vicente ni siquiera intentó que volviera.
Esa noche sonó el fijo, cuando Carmen preparaba un examen. Su padre aún no había llegado.
¿Diga?
¿Es usted la hija de Vicente López? preguntó una voz masculina.
Sí, ¿qué ocurre?
Mire, le llamo de recursos humanos. Su padre ha perdido el conocimiento en la reunión. Vino una ambulancia, está en el Hospital General. Apunte la dirección.
Carmen apuntó temblando los datos en los márgenes de sus apuntes. Nada más colgar llamó la abuela:
¡Carmenita! llegó el grito desde la habitación ¿Quién llamaba? ¿Dónde está Vicente? ¡Que me traiga una infusión, que tengo sed!
Carmen entró. La abuela semiacostada, rodeada de cojines, con gesto descontento.
Está en el hospital, contestó escuetamente Carmen.
¿En el hospital? La vieja se detuvo un momento, pero agregó enseguida: Pues claro, si sólo me dan disgustos. Ayer me gritó, y Dios lo ha castigado.
¡Nadie me cuida! ¿Y ahora quién me da de cenar? ¡Pon el agua ya!
Carmen salió sin decir nada.
***
Tres días se pasó Carmen entre hospital y casa.
A su padre le diagnosticaron crisis hipertensiva por agotamiento extremo.
Los médicos no le dejan ni levantarse de la cama.
¿Qué tal va abuela? es lo primero que pregunta cuando Carmen entra a la habitación del hospital.
Bien, papá. La vecina viene y ayuda. Pero tienes que pensar en ti. Cómo mínimo te quedan dos semanas en cama.
¿Dos semanas? Me van a echar El dinero
Duerme, le arropa Carmen Yo me encargo. Te lo prometo.
Al cuarto día, al volver a casa, la abuela la recibe a voces.
¿Dónde te metes? Estoy aquí hecha un asco, tu padre en el hotel y yo pudriéndome aquí.
Carmen respira hondo y con voz contenida dice:
Mira, abuela. Escúchame. Papá está muy mal, le puede dar un ictus si se agobia otra vez.
¡No digas tonterías! resopla la anciana. Tu padre es fuerte, salió a su abuelo. Anda, ayúdame a darme la vuelta.
No. Carmen se sienta en la silla No te ayudo. Ni te doy de comer.
La abuela abre los ojos como platos.
¿Qué dices, chiquilla? ¿Te has vuelto loca?
No tenemos dinero. Ni un céntimo. Papá está ingresado, no va a cobrar extra. Tu pensión no llega ni para pañales ni para las pastillas.
¡Mentira! ¡Vicente debe tener ahorros!
No hay ningún colchón. Se fue todo en tus pruebas médicas del mes pasado. Así que tienes dos opciones: O firmamos la venta de tu piso en Guadalajara, o mañana llamo a Servicios Sociales y te recogen para un asilo público. Gratis.
¡No te atreverás! gritó Carmen López. ¡Soy su madre! ¡Aquí mando yo!
¿Mandar sobre qué? Estás matando a tu hijo. Te da igual que se quede en el hospital. Sólo quieres tu trozo de pan y la manta caliente.
Hoy he llamado a esa residencia. Hay plaza, el dinero del piso se irá en la mensualidad. Tienen un cuidado excelente.
¡Que no voy! tose la anciana.
Pues pasa hambre. No tengo dinero para tu comida. Mañana tengo trabajo, llegaré tarde. Hay una botella de agua en la mesilla. Tú verás.
Carmen salió y cerró la puerta. Le temblaban las manos, pero sabía que si no frenaba esto, perdería a su padre.
Y la abuela la abuela sobreviviría a todos si le dejasen, chupando la vida de los demás.
La noche pasó en silencio. Carmen no entró a la habitación, aunque oyó cómo su abuela la llamaba, lloraba, maldecía. Entró solo por la mañana.
Dame agua murmuró la anciana.
Carmen le ofreció la taza.
¿Entonces? ¿Firmamos? El notario viene a las doce.
Malas personas susurró la abuela, sin fuerza. Queréis quedaros con todo Vale. Haz los papeles.
Pero dile a Vicente que venga a verme.
Irá. Cuando pueda caminar. Y yo también. Te lo prometo.
***
Vicente sentado en un banco del parque de la residencia parece otro. Ha engordado un poco, tiene mejor color.
A su lado, en la silla de ruedas, su madre, limpia y con un pañuelo nuevo, mastica una manzana.
¿Vicente? Hijo, le llama.
¿Sí, mamá?
Oye ¿Has llamado a Laura? ¿Os habéis arreglado?
Vicente la mira, sorprendido.
Sí. Ha dicho que vendrá el sábado.
Pues que venga la anciana se vuelve a los parterres . Aquí hay una enfermera, Elena, muy brusca ella, siempre me está diciendo cosas.
Que venga Laura y vea cómo me tratan aquí. Y tú, Vicente, no la disgustes, ¿eh? Que eso no se le hace a una mujer.
Tu padre tampoco
Vicente sonríe y le estrecha la mano. Por la avenida viene corriendo Carmen, saludando y con una gran sonrisa.
¡Papá! ¡Abuela! grita desde lejos ¡Me han dado una beca! ¡Y en el trabajo me suben el contrato!
Vicente se levanta y la abraza. Carmen López observa a los tres, entornando la mirada.
Sigue creyendo que la han echado injustamente de su casa, pero no dice nada.
Cuando la cuidadora se le acerca para llevarla a masaje, la anciana asiente con dignidad.
Vamos, hija. Pero despacito, que soy frágil. El otro día el fisio casi me parte la pierna
Díselo, por favor. Que me trate con más cuidado De verdad, parece un toro.
Se la llevan, Carmen abraza a su padre y se quedan un rato mirando los pinos altos.
Por primera vez en mucho tiempo, los tres sienten que todo está bien.
***
Carmen López llegó a conocer a su biznieto Carmen terminó la universidad, se casó con un buen hombre y tuvo un hijo.
Vicente se casó con Laura, la recién llegada fue bien recibida la abuela olvidó las peleas iniciales, y acabó apreciando a Laura.
La anciana se fue tranquila, durmiendo, sin enfados con su nieta ni su hijo.







