Valentina caminaba a toda prisa por la Gran Vía, dispuesta a aguantar estoicamente otra jornada laboral cuando, de repente, le asaltó una desesperada verdad: el móvil se había quedado en casa. ¡Genial, ya tengo excusa para llegar tarde otra vez! pensó, con ese optimismo madrileño tan castizo. Dio media vuelta ante el portal, cuando el destino (o la chapuza habitual) quiso que el ascensor se atascase en el octavo. Allí, entre espejos de aluminio y el aroma a lejía de la vecina del sexto, Valentina aguardaba a que alguien viniera al rescate, cuando de pronto escuchó voces familiares en el pasillo.
Era la de su marido, Gregorio, y otra, muy femenina, la de una tal Pilar.
Pilarcita, cariño mío ronroneaba Gregorio, que nunca dedicaba aquellos diminutivos a Valentina cuando había fútbol en la tele. No sabes las ganas que tengo de volver a verte esta noche…
Hoy, después de las diez susurraba Pilar, en voz tan baja que sólo se oía porque en el portal todo retumba más que la tuna en las fiestas de San Isidro.
¿Tu marido otra vez al turno de noche?
Toda la semana confirmaba ella, igual de melosa. Se va a las nueve y media y vuelve rendido a las siete, pobre. Así que date prisa, Gregorio, que pronto regresará, y yo apenas he terminado el gazpacho.
Gregorio resopló mientras miraba el ascensor sin moverse un centímetro.
¿Y este maldito aparato, cómo puede estar tan lento? rezongó.
Valentina, desde su cabina de castigo en el octavo, pensó que prefería estar allí toda la vida antes que compartir portal con semejante pareja. Pero claro, cuando Pilar murmuró el nombre de Gregorio y mencionaron de pasada a la propia Valentina que ya sólo la llamaba Valen en los mensajes para no gastar megas, se quedó de piedra.
Pero bueno, ¡será caradura! Ahora sí que entiendo esos paseítos nocturnos para oxigenarse antes de dormir, masculló, mientras se le iba acumulando un cabreo a la española, de esos que solo se calman rajando con la vecina de cara al patio.
Al poco, los técnicos, tras cobrar la tarifa de urgencia, la liberaron del ascensor. Valentina ya llevaba toda la trama en la cabeza.
Esa noche, a punto de ser las diez, Gregorio se preparaba a salir pantalón planchado, colonia de sábado y paraguas, porque, como siempre, diluviaba en Madrid cuando había líos ajenos al parte meteorológico.
Valen, salgo a estirar las piernas, vuelvo en una horita intentó su tono más normal, ese de no estoy haciendo nada malo.
¿Pero no ves que está cayendo la Mundial? Quédate, sal al balcón y ya te oxigenas allí.
El balcón no es lo mismo. A mi edad hay que moverse, los cardiólogos lo dicen siempre. Además, la lluvia de aquí es muy fina, ni te enteras. Me llevo el paraguas del Atlético y asunto solucionado soltó sabiondo.
Haz lo que quieras, pero no es tu mejor día para callejear le advirtió Valentina, en plan pitonisa de las Ramblas.
Él, a lo torero, se fue igual. Y a la media hora, volvió calado hasta los huesos, sin corbata, sin paraguas y (¡ojo!) sin zapatos.
¡Valen, déjame entrar! rogó desde la puerta, con los pies descalzos. Unos maleantes me han quitado hasta las suelas, ¡te lo juro!
Tus trastos están junto al cubo de basura, Gregorio. Llévaselos a Pilar, del octavo, que seguro te tiene unas zapatillas secas declaró ella, imperturbable, dejando el portón a media cadena.
Gregorio se alejó cabizbajo y Valentina volvió al sofá, a ver la tele con esa dignidad de madre española cuya prole ya voló del nido y que, gracias a Dios, no presenció semejante tragicomedia.
Gregorio, tras recuperar su pequeña maleta del cubo, pensó que la mejor opción era irse con su madre a Salamanca. Sólo que… claro el móvil se lo había olvidado en casa de Pilar durante el ajetreo.
Decidió templar nervios, tocar de nuevo al timbre de Valentina para pedirle el teléfono pero, cosas de la vida, también se quedó atascado en el ascensor justo en el octavo. Aquella noche la comunidad cortó la luz: Madrid, en resumen.
Cuando todo volvió a la normalidad y Gregorio se liberó, Valentina ya estaba en el trabajo y él seguía sin llaves ¡ni dignidad!
Al bajar por las escaleras por si acaso se cruzó con Pilar, que venía con su propio equipaje. Ambos miraron el ascensor con esa resignación tan española que sólo te enseñan los lunes madrileños.
¿Tienes mi móvil? le preguntó Gregorio.
Sí y tu dignidad, también respondió Pilar, entregando el teléfono con mano temblorosa.
Bajaron juntos, pero el taxi como casi siempre en esta vida les llevó a destinos distintos. Por suerte, con pocas ganas de volver a verse, al menos a corto plazo.
