Nadie los ha echado, respondían tanto a uno como al otro, simplemente no quisieron quedarse, por algún motivo suyo. Que vengan cuando quieran, estaremos encantados.
¡Siéntate! Que no estamos en casa, murmuró Pedro con toda tranquilidad.
¡Pero si están llamando! exclamó Berta, quedándose quieta e incorporándose del sofá.
Que llamen, contestó Pedro.
¿Y si es alguien importante? preguntó ella ¿O algún asunto urgente?
Es sábado, son las doce del mediodía remarcó Pedro. Tú no has invitado a nadie y yo tampoco espero visita. ¿Conclusión?
Solo voy a mirar por la mirilla… dijo Berta bajito.
¡Que te sientes! respondió Pedro, su voz con un tono de acero. No estamos. Quien sea que esté ahí, que se marche.
¿Pero tú sabes quién es? preguntó Berta con intriga.
Me lo imagino, por eso te digo que ni te asomes a la ventana.
Si es lo que pienso, no se van a ir tan fácil susurró Berta encogiéndose de hombros.
Dependerá del tiempo que aguantemos sin abrirles. Antes o después se cansarán.
En cualquier caso, nadie va a quedarse a dormir en el portal. Nosotros no tenemos que ir a ningún sitio. Así que siéntate, ponte los cascos y mira una película.
Pedro, está llamando mi madre dijo Berta, enseñándole la pantalla del móvil.
Pues entonces es tu tía con su hijo torpe delante de la puerta, concluyó Pedro.
¿Y tú cómo lo sabes? se asombró Berta.
Si fuera mi primo y Pedro alarga el e de primo con tal disgusto que se nota el desdén quien llamaría sería mi madre.
¿No contemplas otras opciones? preguntó Berta.
Si fueran vecinos, no tengo ningún interés en hablar con ellos. Si fueran amigos, tras un par de llamadas en la puerta ya se hubiesen ido. Y lo normal sería avisar primero, preguntar si podemos recibirles. ¡No estar media hora tocando el timbre sin parar! Sólo nuestros familiares más pesados harían semejante cosa.
Pedro, es mi tía dijo Berta con gesto resignado. Mamá me ha enviado un mensaje.
Preguntando dónde estamos, que su tía Natalia viene unos días porque tiene asuntos en la ciudad.
Escríbele que en Madrid hay hoteles de sobra sonrió Pedro.
¡Pedro! ¡Yo no puedo escribir eso! protestó Berta.
Lo sé Pedro reflexionó. Dile que no estamos en casa, que nos hemos metido en un hostal porque han fumigado cucarachas en el piso.
¡Eso es! Berta escribió y envió el mensaje.
Pedro, dice mi madre que le reservemos dos habitaciones para la tía y para su hijo Cosme informó Berta, sorprendida.
Respóndele que no tenemos dinero. Y añade que nosotros alquilamos dos camas en un albergue, y estamos compartiendo habitación con quince extranjeros Pedro se reía de su propia creatividad.
Mamá pregunta cuándo volveremos dijo Berta mirando a su marido.
Dile que dentro de una semana respondió Pedro con un gesto.
Dejaron de llamar a la puerta. La pareja suspiró aliviada.
Pedro, mi madre dice que tía Natalia vendrá en una semana murmuró Berta derrotada.
Y tampoco estaremos en casa entonces afirmó Pedro.
Pedro, ¿no crees que esto no es una solución? ¿No podemos huir de ellos eternamente? ¿Y si vienen entre semana? ¿O nos esperan después del trabajo en la puerta? Tanto tu primo como mi tía son capaces de cualquier cosa…
Ya ves… suspiró Pedro. ¿Qué necesidad teníamos de comprar tres habitaciones?
Era para nuestra futura gran familia dijo Berta.
¡Necesitamos tener un hijo! afirmó Pedro con seriedad. O mejor aún, ¡dos de golpe!
¿Y yo qué, crees que me niego? exclamó Berta. Sabes bien que intentamos, que incluso nos hicimos todas las pruebas médicas y no sale…
Hay que dejar de estar nerviosos y verás que funciona aseguró Pedro con convicción. Nos alteran el ánimo, primero los tuyos, luego los míos. ¡Tendríamos que mandarlos lejos! Por su culpa no conseguimos nada.
Berta no discutía, sabía que Pedro tenía razón.
Antes de casarse, ambos se hicieron costosas pruebas de compatibilidad y enfermedades genéticas. Incluso la fertilidad estaba confirmada.
Todo era perfecto tras la boda, pero tuvieron que retrasar el tema de los hijos para ahorrar y comprar su propio piso.
Por herencias no podían contar. Hasta el matrimonio, tanto Pedro como Berta vivían con sus madres, cada uno en un minúsculo apartamento. Solo confiaban en sí mismos.
Cinco años de trabajo duro y de ahorrar incluso en lo indispensable les permitió comprar un piso grande.
Era de segunda mano, el edificio viejo, les costó hacer la reforma y equipar todo. Pero la felicidad era indescriptible.
No les dio tiempo a celebrar el estreno, que ya estaban en la puerta la tía de Berta con su hijo.
Y para que los jóvenes no se les rebelaran, la tía venía acompañada de la madre de Berta.
Aquí sí que hay espacio, no como tú y Berta, que vivíais apretujadas en una sola habitación comentaba la suegra.
Qué cómodo aprobaba la tía Natalia A mí me viene bien una habitación y a Cosme otra aparte.
En el salón no se duerme sentenció Pedro Es para descansar.
Pues yo descansar no necesito, ¡vengo de trabajar! se reía la tía Natalia Berta, explícale a tu marido que no quiero dormir con mi hijo, que ronca mucho… ¡Y todavía no habéis puesto la mesa para los invitados!
No esperábamos visita admitió Berta, avergonzada.
Y la nevera está vacía apoyó Pedro.
Está bien la tía Natalia, condescendiente Pedro, baja a comprar algo, y Berta, a la cocina.
¿Por qué estáis parados? gritó la suegra ¡Vaya forma de recibir a invitados!
No está bien que abuséis contestó Pedro, pero Berta le arrastró a otra habitación.
Cuando Pedro consiguió apartar la mano de Berta que le tapaba la boca, preguntó:
Berta, ¿nadie ve el abuso aquí? Los echo ahora mismo a casa de tu madre. ¡Si vienen de visita, que actúen como invitados y no como los dueños!
Pedro, es gente sencilla, vienen del pueblo… Es su costumbre.
Yo también conozco los de pueblo, pero la mala educación no se tolera en ningún sitio, y esto es precisamente eso.
Cariño, no discutamos con mi madre y mi tía, por favor. Me van a volver loca si les rechazas. Y tú te convertirás en su enemigo… ¿Te hace falta?
Me da igual lo que piensen. Si me tratan así, me resulta fácil no verlos nunca más.
Pedro, querido, por favor, ¡piensa en mí! Si echamos a tía Natalia, mi madre me maldecirá. No tengo a nadie más…
Ese argumento sí le convenció. Pedro apretó los dientes y salió al supermercado.
La tía Natalia estuvo en su casa dos semanas en vez de los tres días prometidos. Pedro acabó tomando valeriana desde el segundo día.
Cuando la tía y su hijo por fin se marcharon, la pareja lo celebró limpiando la casa a fondo durante tres días.
Y no tardó en llegar el mismo problema, pero ahora por parte de Pedro.
Hermano, vengo solo unos días Damián abrazaba a Pedro casi con romperle los huesos Tengo que hacer unos trámites y después volvemos.
¿No puedes venir solo a arreglar esos trámites? preguntó Pedro.
¿Qué dices? ¡Tengo familia! ¿Cómo voy a dejarlos en el pueblo y venirme solo? Piensa con cabeza. ¿Y si me meto en líos? Mi mujer vigila se reía Damián Por eso traigo a los niños, claro.
¿Y quién los cuida si no? Damián daba palmadas en la espalda de Pedro ¡A ellos les gusta divertirse! Vamos a mover esta ciudad como en los viejos tiempos.
¡Damián! gritó su mujer, Sofía. ¡Te aseguro que el que va a rebotar eres tú!
A la hora y media de la llegada de Damián y su familia, Berta estaba con dolor de cabeza.
Los niños corrían gritando por toda la casa, Sofía chillaba siempre, era su modo de hablar.
Y Damián quería salir de marcha, y Sofía gritaba más.
Pedro, ¿no decías que eras hijo único para tu madre? murmuró Berta, hundida en la almohada.
Es primo por parte de madre refunfuñó Pedro Por eso lo llamo primo.
Me da igual cómo lo llames, ¿puedes pedirle que se marche?
Lo haría encantado respondió Pedro llevándose la mano al pecho pero es como con tu tía. Mi madre luego me come el coco durante meses…
No acababan de superar una visita cuando llegaban otros. La tía Natalia con su hijo siempre buscaban pretextos para volver a Madrid.
El primo Damián con su familia venía cada poco para sus “asuntos”. Y las madres, ni qué decir, nunca se olvidaban de sus hijos. La suegra machacaba a Pedro, la suegra de Pedro a Berta.
Ese nerviosismo constante minaba la salud emocional y mental de la joven pareja.
Y, claro, hablar de tener hijos en ese carrusel de huéspedes era imposible. La salud se resentía, y ¿cómo hacerlo?
¿Y si cambiamos de piso? propuso Berta.
¿Por uno acolchado? se reía Pedro Vamos, si seguimos así nos lo ponen gratis.
No, Berta sonrió débilmente. Cambiamos por otro igual de grande, pero en otro barrio. Hay familias que quieren mudarse a diferentes zonas. Nos mudamos, y no decimos a nadie a cuál.
Pues un alivio temporal suspiró Pedro. Mi primo y tu tía preguntarán a los nuevos inquilinos dónde estaba nuestro piso. ¡Nos descubrirán! Luego nos crucificarán por esconderlo.
Quizá nos dé tiempo a quedarnos embarazados susurró Berta con esperanza.
No solo hay que hacerlo, también traerlo al mundo… Pedro negaba con la cabeza. Y eso sí sería una buena excusa.
Ya dan ganas de irse y esconderse en casa de amigos murmuró Berta. ¿Y si le decimos a Valerio y Catalina?
¿Te refieres a nuestros amigos del Retiro? preguntó Pedro.
Sí, asintió Berta. Tienen una habitación libre.
Vivía Tera allí, ¿no recuerdas? sonrió Pedro.
Prefiero compartir con una pastor alemán antes que con nuestros familiares Berta dejó caer la cabeza resignada.
¡Espera! exclamó Pedro cogiendo el móvil ¡Valerio, préstanos al perro!
¡Amigo del alma! Eres mi salvador. ¡Nos vamos Catalina y yo de vacaciones, y no tenemos con quién dejar a la perra! A Tera no le gustan los extraños, pero os conoce y os quiere. ¡Llevo pienso, cama, juguetes, comederos! ¡Os pago la estancia!
Trae lo que quieras respondió Pedro, feliz.
Volvió resplandeciente junto a Berta, como un rayo de sol mañanero.
Llama a tu madre, que venga la tía mañana mismo. Yo aviso a mi primo para que venga el próximo finde.
¿De verdad? preguntó Berta.
¡Serán siempre bienvenidos! dijo Pedro con afecto. ¿Qué culpa tenemos si no les gusta nuestra nueva compañera de piso?
A Damián y familia les bastó oír un solo ladrido de Tera para irse al hotel más cercano.
Tía Natalia quiso resistirse y reclamar su derecho a quedarse.
¡Encierren a esa fiera! se quejaba, escondida tras su hijo Cosme.
Tía Natalia, ¿es una broma? sonrió Pedro. Cuarenta y cinco kilos de músculo puro. ¡No es un caniche, es una pastor alemán! Si quiere, tira la puerta abajo.
¿Y por qué me mira mal? la voz de la tía se quebraba.
No soporta a desconocidos se encogió Berta.
¡Desháganse de ella! ¡No puedo vivir con ese animal en la casa!
¿Cómo? se indignó Pedro. Ese adorable bicho es parte de la familia. Como no tenemos hijos, le damos nuestro cariño. ¡La queremos muchísimo!
¡Jamás nos desharíamos de ella! añadió Berta.
Y luego llaman las dos madres, preguntando por qué les niegan la estancia a los parientes.
Nadie los echa les dicen Ellos no quisieron quedarse. Cuando quieran, serán bienvenidos.
¿Y el perro?
¡Mamá, si aquí no rechazamos a nadie!
Total, ni las madres volvieron a insistir en visitar.
Al mes, Tera volvió a casa de Valerio, pero quedó lista para regresar con solo una llamada.
No hizo falta: Berta esperaba gemelos.







