Mi vecina montó un “fumadero” en la puerta de mi casa. Tomé medidas contundentes—y jamás imaginó cómo acabaría todo.

Diario de Elena

Hoy ha sido un día que me ha recordado por qué a veces la templanza es el mejor escudo contra la falta de educación. Desde hace semanas, la hija de mi vecina, Lucía, veinteañera que responde a todo con chulería, ha decidido que el rellano de nuestra escalera en Salamanca es su propio bar de cachimbas. Lo gracioso es que lo monta justo en mi puerta, y no le falta público: dos chavales que ríen a carcajadas tirados en el alféizar, rodeados de colillas y latas de refresco baratas, dejando semillas de pipas hasta en los rincones.

Esta tarde, cuando volví a casa del trabajo soy la responsable de contabilidad de una empresa importante aquí, me la encontré exhalando una nube dulzona de vaporizador prácticamente sobre mí. Ni me aparté ni tosí, aunque sé que esperaban que lo hiciera. Me limité a ajustarme las gafas y clavarle la mirada que he perfeccionado durante años para manejar auditorías y poner a temblar a más de un director.

Estás en un espacio común, Lucía le solté con voz gélida. Así que aquí, no se fuma, no se escupe y no se deja todo perdido. Tienes cinco minutos para limpiar esto. Si no, hablamos de otra forma.

¡Ay, qué miedo! contestó ella con descaro, dejando caer ceniza en el suelo recién fregado por la señora de la limpieza. Anda, Elena, tómate una valeriana, voy a llamar a mi madre, ¡que bastante tengo con que me deje estar aquí en vez de fumar en casa!

Los chavales se partieron de risa. Cerré la puerta de un portazo, dejando fuera tanta estupidez.

Dentro de casa, olía ese aroma tan nuestro de patatas fritas y madera añeja, el olor acogedor de un hogar, pero ahora ensuciado por la peste a tabaco que se colaba por la cerradura. Vi a Pablo, mi sobrino político, sentado cabizbajo en la cocina. Lleva diez años viviendo conmigo desde que perdí a mi marido. Callado, retraído, casi siempre encorvado por la timidez, arregla relojes en un taller y es carne de cañón para las burlas de los vecinos.

¿E-Están otra vez ahí fuera, tía Elena? balbuceó.

Come, Pablo. No es cosa tuya, déjalo en mis manos le dije, sirviéndole más patatas, aunque por dentro hervía de indignación.

Por la noche, toqué a la puerta de Carmen, la vecina y madre de la niña. Salió en bata, con la mascarilla puesta.

Carmen, tu hija ha convertido la escalera en su cuartucho de malos humos. La peste entra en mi piso, hay jaleo en plena noche. Te exijo que lo soluciones.

Ella, sin apenas quitar la vista del móvil:

Ay, Elena, deja de exagerar. Son jóvenes, ¿dónde quieres que vayan si hace un frío que pela? Ni que fueran delincuentes. Sé comprensiva: como no tienes hijos, así te amargas. Y tu Pablo ni se entera, si es como un bendito…

Me hizo daño, pero no mostré ninguna emoción. Simplemente respondí:

Lo he entendido perfectamente, Carmen.

A partir de ese momento, las emociones me las guardé. Empecé a recopilar pruebas, como buena española organizada. Estuve una semana sin decir nada. Lucía, creyendo que me había rendido, instaló hasta una butaca vieja en el rellano. Música hasta la una de la mañana y el rellano convertido en un basurero.

El viernes llegaron las consecuencias.

Pablo volvía del taller, con una bolsa de comida y una cajita con una pieza delicada para un cliente. Al pasar por el rellano, uno de los chicos, un tal “El Mostro” noviete de Lucía le puso la pierna por delante. Pablo tropezó, la bolsa se le rompió, y las manzanas rodaron entre las colillas. La cajita se estrelló contra la pared.

¡Vaya, que despega el avestruz! se mofó el chaval.

A ver si aprendes a mirar al suelo, que vienes dejando mal aire se burló Lucía, inflando aún más el despropósito.

Pablo recogía las manzanas con las manos temblorosas, rojo como un tomate, reprimiendo las lágrimas de impotencia. Para él, estos desprecios se habían hecho rutina.

Abrí la puerta de golpe. Tenía el móvil en la mano. Lo apunté directo al graciosillo de turno.

Actos vandálicos, vejaciones y daños materiales declaré, claramente. Está todo grabado. Llamaré a la policía local. Y mañana, a la comunidad. Esperad las denuncias.

El chico retrocedió. Mi mirada pesaba más que cualquier agente de policía.

Pablo, entra en casa. Ahora.

P-pero las manzanas

Déjalas. No merece la pena.

Cerré la puerta tras él y me giré a Lucía, que había perdido las ganas de provocarme.

Ahora escúchame bien. ¿Crees que esta semana he estado callada por resignación? He preparado un dosier.

¿Un qué? preguntó, pero su voz temblaba.

He contactado con el propietario del piso, que no es tu madre, sino tu padre. ¿No vive en Madrid creyendo que su hija es una estudiante ejemplar? Le acabo de enviar fotos y vídeos de todo esto.

Lucía se quedó blanca, porque sabía que su padre era estricto hasta la tiranía y su manutención dependía de ese falso buen comportamiento.

No te atreverías

Ya lo he hecho. Tiene las pruebas desde hace diez minutos. Mañana iré a la policía municipal y a la comunidad, y vendrá el agente de barrio. Tu padre llegará de Madrid mañana a primera hora.

El sábado por la mañana, el portal temblaba. Llamaron a mi puerta. Era un hombre alto y robusto, con un abrigo bueno: el padre de Lucía, don Francisco. Junto a él, Carmen lloraba en silencio. De Lucía, ni rastro.

Señora Elena su voz era cortés, pero firme, le pido disculpas en nombre de mi hija y mi ex mujer. El desorden ya lo están limpiando las de la limpieza. Yo me haré cargo de pintar el portal. Lucía se irá al colegio mayor. Su madre y ella se quedan sin paga.

Asentí, conforme. Pero añadí:

Falta un detalle más.

Llamé a Pablo. Aún temeroso, salió del cuarto, esperando algún reproche.

Su hija y sus amigos humillaron y rompieron la pieza de trabajo de mi sobrino, que no es cualquier manitas. Pablo es restaurador, arregla mecanismos de relojes imposibles de reparar incluso en Suiza.

Don Francisco se le quedó mirando de otro modo.

¿Restaurador de relojes?

R-relojes antiguos titubeó Pablo.

Curioso se acercó y le tendió la mano. Tengo una colección de Breguet de bolsillo. Uno lleva parado un año, y nadie ha podido con él. ¿Podrías echarle un ojo?

Por primera vez, Pablo vio respeto en los ojos de otro hombre, no lástima.

P-puedo intentarlo si el muelle está entero.

Trato hecho. Y además, te compensaré por lo que te han roto.

Después de cerrar la puerta, Pablo se quedó un rato mirando su propia mano, y por fin, vi que se erguía, con la espalda recta como nunca desde que vive conmigo.

Tía Elena me dijo, apenas tartamudeando. Quizá recoja esas manzanas. No se deben desperdiciar.

Me giré al ventanal, para que no viera mis ojos húmedos.

Recógelas, Pablo. Y pon agua para el té. Hoy es día de celebración.

El rellano olía a lejía y pintura fresca, y reinaba la paz. Y en mi casa, el aroma de una empanada recién horneada y la cálida voz de Pablo, explicando entusiasmado los enigmas de un tourbillon. Se acabaron los malos humos. Por fin.

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Mi vecina montó un “fumadero” en la puerta de mi casa. Tomé medidas contundentes—y jamás imaginó cómo acabaría todo.