«Me voy con una joven», anunció el abuelo de 65 años mientras hacía la maleta; una hora después volvió entre lágrimas.

Me voy con la joven, proclamó don Fermín, sesenta y cinco años y ya peinando canas, mientras intentaba meter, con torpeza onírica, un edredón de cuadros que rechinaba y se inflaba como un pez globo en la maleta. Lo dijo como quien anuncia que partirá hacia las Indias en carabela o que ha visto ovnis aterrizando en la Plaza Mayor. Su voz resonó en la casa como la campana de una iglesia vacía, esperando algún trueno, una rotura de lo cotidiano.

Pero ni trueno, ni cirios, ni platos lanzados. Solo el vapor, inquietante y tibio, que escapaba de la plancha como niebla marina.

A unos metros, su esposa, Concha, señora de la casa durante más de cuarenta años, se dedicaba con meticulosa calma a planchar su camisa buena, blanca como el pelo de don Fermín. Se escuchaba el susurro de la plancha sobre la tela y el leve cantar de la olla exprés en la cocina, como si fueran las únicas raíces del real.

Te oigo, Fermín, respondió ella sin despegar la vista de la tabla y siempre en ese tono de quien ha visto todos los cuadros del Prado y está aburrida. ¿Has metido los calzoncillos de invierno? Fuera hace un frío que pela, y no creo que tu joven sepa darte friegas en los riñones si te pones malo.

Don Fermín se quedó clavado, la mano con el calcetín de lana a medio aire. Esperaba, como en los sueños raros, que explotara la escena: un portazo, un grito, una súplica de quedarse, quizás. Pero solo hubo ese comentario anodino sobre la ropa interior.

¡Qué pintan aquí los calzoncillos, Concha! gimoteó él, sintiendo que la sangre le ardía. ¡Yo te hablo de amor, de una nueva vida, de… renacimiento!

Por fin logró meter el edredón, se subió con el pecho sobre la tapa de la maleta y tiró de la cremallera. Sonó un crujido, viejo y apesadumbrado, como el de sus propias rodillas.

Y tú con lo de los calzoncillos… ¡Eso es lo tuyo! Siempre tan práctica, tan aburridasuspiró él, teatralmente. ¡Allá fuera está el vuelo, la libertad!

¿Y cómo se llama ese viento fresco? preguntó Concha, colgando la camisa y extendiéndosela a su marido. ¿Es una musa con un alias de peluche en el móvil?

Se llama Jimena, dijo Fermín henchido de dignidad, recogiendo la camisa. Y no es una mujer cualquiera, no. Es… una musa.

Concha resopló, recordando que la única lírica que le gustaba a Fermín era la de los brindis de sobremesa en los cumpleaños de sus amigos. Sabía bien con quién soñaba su marido.

Jimena, entonces. Qué bonitoironizó. ¿Y cuántos años tiene tu musa?

Veintiocho soltó Fermín, inflando pecho ante su esposa.

Concha dejó la plancha a un lado y le miró con la misma ternura resignada que uno reserva para el armario de la abuela cuando se le descuelga la puerta.

Fermín, dijo con suavidad, aunque en su voz sonó acero. Tienes sesenta y cinco años. Tú ya tienes la cadera para bingo y comes más fibra que un burro. ¿Y qué vas a hacer con una Jimena de veintiocho? ¿Declamarle poemas a la luna de Salamanca?

¡Eso no es asunto tuyo! escupió don Fermín, empuñando la maleta. ¡Vamos a viajar, pasear a la orilla del Duero, sentir la vida! ¡Todavía tengo cuerda para rato!

Intentó levantar la maleta de un tirón, pero, en ese instante onírico, el objeto pesaba como una piedra funeraria. Un pinchazo le cruzó la espalda, pero el orgullo le impidió mostrar debilidad.

Que no se te olviden las pastillas de la tensión, don Juan de barrio, soltó Concha girándose hacia la plancha. Las he dejado en la mesilla. Y la pomada, que luego te quejas.

¡No me hacen falta más pastillas! mintió, el pulso como tambores de semana santa. ¡Con ella me siento de treinta! Ya está bien, Concha. Te dejo el piso, que soy generoso.

Gracias, cabeza de familiasonrió ella, impasible. Deja las llaves en la entrada. Y tira la basura, ya que pasas por ahí.

Aquellas palabras lo finiquitaron. Sin drama, sin aspavientos. Solo un tira la basura.

Salió al descansillo, la cabeza bien alta, el paquete de basura en la mano. La puerta se cerró tras él y solo se oyó el clic del cerrojo, blando y definitivo como una despedida de niebla.

En el portal olía a esperanza de gato callejero y a tortilla de patatas de los vecinos. La maleta le rozaba el brazo, la espalda protestaba y el móvil vibraba en el bolsillo, como si fuera la llamada de la providencia.

Sin más, sacó el móvil: Cariño, ¿tardas mucho? Ya he reservado la mesa. Por cierto, un pequeñísimo problema.

Leyó: Necesito que me pases 500 euros a la cuenta de mamá. Tiene que comprar medicinas y yo tengo el límite bloqueado, porfa, cuando llegues me lo das, ¿sí?

A Fermín se le nublaron las cejas. Quinientos euros. Qué raro. Ayer eran trescientos para el taxi. Anteayer, doscientos para el WiFi. La semana pasada, mil para cursos de crecimiento personal.

El ascensor subió. En el espejo del ascensor reconoció a un anciano algo avejentado, abrumado, con la boina calada y los ojos desbordándose.

Me voy con la joven, volvió a decirse, pero la frase sabía ahora a chorizo rancio.

Fuera, Madrid era un cuadro surrealista: lluvia fina, hojas volando y el viento empujando sueños y bolsas de plástico. Fermín llegó a la parada de autobús, se sentó en el banco empapado y con dedos entumecidos intentó hacer la transferencia. Su cuenta: 480 euros. La pensión, todavía una semana lejos.

¡Maldición! susurró.

Escribió un mensaje: Jimenita, mi vida, tengo poco en la cuenta. Te llevo el efectivo, tengo un escondite en casa.

Contestación instantánea: emoji de ojos en blanco. Y: Fermín, de verdad ¿No puedes pedir a alguien? ¡Mi madre está fatal! Si me quieres, lo harás.

Fermincito. Ni Fermín, ni vida, ni amor mío. Así llamaban al gato de la vecina.

Un frío viscoso le recorrió el pecho. No era amor, era presentimiento.

Recordó de pronto: jamás había hablado por vídeo con Jimena. Siempre cámara rota, WiFi mortal. Fotos de perfil: de revista, imposibles.

Marcó su número. Tono largo, luego colgaron. Mensaje: No puedo hablar, estoy llorando.

Fermín abrazó, en el espectáculo borroso del sueño, el asa de la maleta y miró los coches salpicarle sin pausa.

Llovía hasta los huesos. El pecho y la espalda dolían como si la vida le arrastrara por los charcos del Retiro.

Jimenapronunció, probando el nombre como a una fruta extraña. Le supo a plástico.

Ping. Nuevo mensaje: ¿Ya? Si no, mejor ni vengas. No necesito a nadie que no sepa resolver un problema simple.

Miró la pantalla. Las letras bailaron como polillas. Recordó a Concha: cómo le untaba la pomada la noche anterior, en silencio; las albóndigas al vapor, que detestaba pero comía; cómo sabía dónde estaban sus calcetines mejor que él.

No necesito un hombre

Se imaginó en el piso de Jimena, en barrios nuevos, normas nuevas, sofá ajeno. La obligación de ser siempre el alma de la fiesta; de pagar, pagar, pagar. Por el privilegio de la juventud.

Vio también, surrealistamente, su espalda bloqueada en casa de Jimena. ¿Ella sabría encontrar la pomada, o saldría corriendo al primer crujido?

Lento, se reincorporó, rodillas de árbol seco. El autobús llegó, traqueteando, destino a extrarradios. No se movió.

El bus se fue, dejándolo envuelto en gasóleo y preguntas viejas.

Soñó que subía, por una escalera interminable, la maleta rodando como fardo de pecados. El ascensor estaba estropeado, clásico español. Planta tras planta, el sudor le empapaba. No era pasión, sino taquicardia.

En la puerta, apretó el timbre, ansioso, sudoroso. Ojalá no se hubiera ido Concha. ¿Y las llaves? ¡Se las había dejado! Repicó, como en trance: ¡Concha! ¡Abre, por Dios!

El cerrojo giró, y Concha apareció envuelta en bata, tan tranquila, las gafas torcidas en la nariz.

Fermín, mojado, hecho un trapo, sollozaba por dentro y por fuera. Lágrimas verdaderas. No de amor, sino de vergüenza, senilidad disfrazada.

Yo… Concha, el autobús, la lluvia… y he pensado…

No pudo decir la verdad. Ni que había sido estafado ni que su musa solo quería dinero. Era demasiado denigrante.

Ella miró el maletón, suspiró.

¿Has tirado la basura?

Se quedó de piedra. Miró su mano libre: vacía. El paquete, olvidado en la parada.

Se me ha olvidadosusurró vencido.

Concha movió la cabeza, se hizo a un lado: Pasa ya, Romeo. El té se enfría. Y lávate las manos, que vienes pringoso.

Entró en el recibidor con la maleta. El olor de la casa a sábanas limpias y crema para la espalda le golpeó el alma.

Se descalzó, lavó la cara en agua helada, dejando ir la humillación y las lágrimas. Se sentó en la cocina; Concha ya servía el té en la taza grande de siempre. En el plato, albóndigas al vapor.

Concha… Perdona, he sido un imbécil. Diablos me confundan.

Come, contestó ella, sin volver la cabeza. Que se enfría.

De verdad… ¿Qué Jimena ni qué musa? Sin ti, ni sé dónde tengo los papeles.

En la carpeta azul, en el cajón de arriba, dijo ella en automático, sentándose enfrente. Por favor, Fermín, no más dramas. Ya has vuelto.

Fermín mascó la albóndiga, sosa pero gloriosa. Sabe más rica que ninguna del Gran Vía.

Y esa tal Jimenase atrevió a mentir para salvar la dignidad. Resulta que fumaba. Y mal hablada.

Concha le miró por encima de las gafas. Sus ojos chisporroteaban, aunque lo escondía.

Horror, admitió ella, irónica. Un esteta como tú, imposible tolerarlo.

Por supuesto, él tomó aire. Le dije: Señorita, su lenguaje no hace justicia a su imagen. Y…

En fin, cortó Concha. Has venido a tiempo. Mejor ahora que después.

Se levantó, sacó la pomada y la dejó enfrente.

¿Te duele la espalda después del trajín?

Él asintió, nervioso.

Un poco.

Desnúdate. Te la echo.

Se quitó cuidadosamente la camisa. Las manos de Concha eran duras pero seguras; la pomada ardía, pero era cura.

Concha, murmuró él.

¿Qué?

¿Sabías que volvería?

Por supuesto.

¿Por qué?

Ella le dio un toque en el hombro sano:

Fermín, en la maleta no has metido ni calzoncillos, ni calcetines, ni pastillas. Solo el edredón y mi abrigo viejo, que llevo tres inviernos pidiéndote que lleves a la tintorería.

Él se quedó petrificado.

¿El abrigo?

El abrigo. Esta mañana te vi embutiéndolo ahí, a lo loco, sin gafas.

Un curioso silencio cayó sobre la mesa. Fermín intentó comprenderlo: se iba a la aventura con la bata de su mujer y el edredón.

De buenas a primeras, estalló a reír. Al principio bajo, luego a carcajadas que se tornaron en tos. Concha sonrió, sin querer, a la vez.

Eres un viejo troncole soltó sin maldad. Anda, acaba la albóndiga. Mañana hay que bajar los botes a la bodega de la finca. Ahí tienes ejercicio y aire puro.

Vamos, Conchita, claro que vamosdijo él, llorando de risa.

El móvil vibró en el pantalón. Mensaje: Jimena: ¿Dónde estás? ¡Mi madre se muere! Por favor, aunque sea cien euros!!.

Don Fermín pulsó bloquear, luego eliminar chat y dejó el móvil boca abajo.

Concha, ¿y si mañana en vez de botes hacemos barbacoa? Me encargo de todo. Como te gusta, con cebolla.

Concha elevó las cejas. Aquello sí era onírico: él no tocaba la brasa hace años.

¿Barbacoa? ¿Y el hígado?

Que le den al hígadocontestó Fermín. Solo se vive una vez.

Cogió la mano de Concha, áspera de tanto planchar, y la besó torpemente.

Gracias por abrirme, Concha.

Ella liberó la mano, pero con ternura.

Come ya, Don Juan. Que se enfría.

Fuera, la lluvia golpeaba la ventana, y el viento hacía sonar las ramas. Pero en aquella cocina, la vida tenía aroma a té, ungüento y ropa limpia.

Y ese olor, pensó Fermín, vale más que todos los perfumes de París.

Miró a su mujer y sintió que los veintiocho años serían ideales, sí. Pero solo quien te deja volver, aunque empaquetes su abrigo por error, puede ser tu casa.

Concha.

¿Qué?

El abrigo, mañana lo llevo a la tintorería.

Llévalo, asintió. Pero primero deshaz la maleta, y saca el edredón, que me estoy quedando helada.

Fermín sonrió con toda la boca y pegó un bocado a la albóndiga.

La vida seguía, indefinible, vaporosa y un poco absurda, pero, demonios, no estaba tan mal.

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MagistrUm
«Me voy con una joven», anunció el abuelo de 65 años mientras hacía la maleta; una hora después volvió entre lágrimas.