¿Pero en serio, después de cuarenta años bajo el mismo techo, y ahora, a tus sesenta y tres, decides que quieres cambiar de vida?
María estaba sentada en su sillón favorito, mirando por la ventana e intentando olvidar el día que acababa de pasar. Unas horas antes, había estado trajinando por la cocina para preparar la cena, expectante por la vuelta de Basilio de su afición a la pesca. Regresó, sí, pero no con la bolsa de lubinas, sino con unas noticias que llevaba tiempo queriendo sacar, aunque nunca encontraba el momento.
Quiero separarme, y sólo te pido que lo tomes con comprensión soltó Basilio con la mirada perdida en la cortina. Las hijas ya son mayores, lo entenderán. A los nietos esto les importa un pimiento. Podemos cerrar el capítulo sin peleas.
Cuatro décadas juntos, y ahora quieres una revolución vital a los sesenta y tres replicó María, aún incrédula. Al menos tengo derecho a saber qué viene ahora.
Tú te quedas aquí, en el piso de Madrid. Yo me traslado a la casa del pueblo lo tenía bien mascado Basilio. No hay nada que dividir entre nosotros, y al final todo quedará para las chicas.
¿Cómo se llama? preguntó María como quien se rinde ante lo inevitable.
Basilio se sonrojó, se puso a rebuscar las llaves y fingió no haber escuchado. A María ya no le quedaron dudas: había otra. Nunca le habían sobrado los dramas juveniles, y menos pensaba ella que acabaría sola a estas alturas porque el marido se iba con otra.
Seguro todo se calma y se arregla le consolaban después sus hijas, Rocío y Clara. No hagas caso al padre, mamá.
Ya nada se va a arreglar suspiraba María. Cambiar ahora no tiene sentido, ya me dedicaré a vivir y a estar feliz por vosotras.
Rocío y Clara fueron de expedición al pueblo para tener una charla seria con el padre, y tras el encuentro volvieron mucho más mustias, aunque no se apresuraron a soltarle la verdad a la madre. Sólo cambiaron el discurso y trataron de convencerla de que la vida sola podía ser hasta mejor: menos líos, menos cuitas. María captó el mensaje, pero prefirió no interrogar y seguir con la rutina. Era complicado. Los familiares y amigas no perdían ocasión de sacar el tema.
Mira quién habla, tantos años juntos y tu marido acaba liándose con otra en la jubilación opinaban algunas vecinas que de tacto poco sabían. ¿Es más joven que tú? ¿Le ha tocado la lotería o qué?
María ni tenía respuestas, aunque no podía evitar pensar en cómo sería la otra y hasta quería conocerla. Por eso un día se fue al pueblo a casa de Basilio, con el pretexto de recoger las mermeladas del verano. Sin avisar, para pillarlos por sorpresa. Y, ¡ole! la encontró justo a ella.
Pero Basilio, ¡no me dijiste que tu ex vendría aquí! protestaba la señora, con un maquillaje tan vistoso que ni un cuadro de Picasso. Yo creí que ya lo teníais todo hablado y que ella se quedaba en su sitio.
¿De verdad me cambiaste por esto? le soltó María, escrutando a la descarada rival.
¿Piensas permitir que me insulte esta señora? chillaba la dama, agitando sus uñas postizas. ¡Que conste que sólo soy unos años más joven que tú, pero estoy mucho mejor conservada!
Si de verdad cree que lo fundamental a estas alturas es la pintura facial, apañada va dijo María, intentando atrapar la mirada incómoda de Basilio.
De camino a la parada del autobús, María aún escuchaba los berridos de la Barbie castellana y aguantaba las ganas de llorar. En casa se permitió un desahogo y llamó a su hermana, que viniera sin falta.
Venga, mujer, anímate le preparaba el té de menta Mercedes. Encima, dices que la nueva de Basilio es fea y poco espabilada.
Igual ella tiene razón y yo ya parezco una abuela dudaba María.
Estás estupenda para tu edad respondió Mercedes, sincera. La gran equivocación es vestirse con leggins de leopardo y mini a los setenta. La belleza está en saber estar y transmitir lo que eres sin disfrazarse.
María se miraba al espejo y pensaba que Mercedes tenía toda la razón. Tenía buen físico, no padecía enfermedades graves. Se vestía con gusto y las hijas siempre le regalaban cosméticos. Nunca fue una ordinaria y mucho menos se parecía a la papagaya que se cruzó en el pueblo.
Mira, ahora que estás soltera, puedes disfrutar. Las hijas ya vuelan solas, y hay mil opciones para pasarlo bien a nuestra edad. No te voy a dejar hundirte insistía Mercedes.
Y así lo cumplió. Arrastró a María a teatros, paseos, conciertos. Pronto se armó una pandilla de amigos de la misma quinta, incluso apareció algún caballero que intentó cortejar a María pero ella enseguida cortó el asunto.
Me han contado que ahora no paras, que si teatro, que si amigos nuevos, ¿no te estarás pensando en casarte otra vez? soltó Basilio tras coincidir en el mercado.
¿Y tú qué haces comprando tan lejos? ¿Es que en el pueblo no hay tiendas o la nueva no cocina? María tiró de sarcasmo.
Es que siempre he comprado aquí. No me acostumbro a cambiar rutinas refunfuñó Basilio.
María no alargó la conversación y se fue alegando prisas. Basilio, en ese instante, tuvo un ataque de nostalgia y deseó confesarle cuánto se arrepentía de la separación. Toda la vida pegado a María y a las hijas y, de golpe, embaucado por la vitalidad de Esperanza, metido en un torbellino.
Al principio era divertido vivir con Esperanza, luego se dio cuenta de que lo doméstico le importaba un pimiento, y prefería enredarse en cotilleos, con hombres y en fiestas ruidosas.
Basilio cada vez quería más volver a casa y, tras ver a María, el deseo se intensificó. No hubo escenas, ni enfrentamientos, solo dignidad y temple por parte de ella, sobreviviendo con elegancia. Basilio jamás pensó que echaría en falta precisamente ese sosiego y ese hogar que sólo tenía con María.
Otra vez has comprado orejones, pero yo te pedí ciruelas pasas se enfadó Esperanza, repasando las bolsas. El queso no es tan graso y se te olvidó la mayonesa.
Antes lo hacía todo María, o íbamos juntos. Ahora lo tengo que hacer yo solo y no me aclaro explotó Basilio.
Ya está bien de compararme con tu ex. ¿Qué, te arrepientes de haberte ido conmigo?
Y sí, Basilio se arrepentía, aunque sabía que decirlo no serviría de nada. María no era vengativa ni urdió ninguna táctica oscura, simplemente fue ella misma. Y eso era lo que Basilio echaba de menos y lo que le mantenía en vela.
Sabía perfectamente que María nunca le perdonaría ni le aceptaría de vuelta. Alguna vez pensó en llamarla y, tras una nueva bronca, se atrevió a ir al portal de la vieja casa.
¿Vienes a buscar alguna cosa? le detuvo María, sin dejarle pasar.
Quería hablar. ¿Tienes un momento? balbuceó Basilio, oliendo el aroma inconfundible del pastel de ciruelas que tanto le gustaba.
No tengo ni tiempo, ni ganas, ni obligaciones respondió ella, serena. Así que llévate lo que sea y yo espero visitas.
No tenía nada que llevarse, ni sabía qué decir. Volvió a la casa del pueblo y se metió en la cocina para prepararse la cena, porque Esperanza estaba otra vez de juerga por el barrio. Volvió bien contentilla, y Basilio se convenció de que era hora de dejar las cosas claras y que se fuera recogiendo.
Tras un último drama de Esperanza, pensó en llamar a María para contarle todo, pero se contuvo. Probablemente, cualquier esperanza de reconciliación era absurda. La conocía demasiado.
Quizá, algún día, pudiera pedirle perdón, al menos para estar en paz consigo mismo. Sabía de sobra que María nunca volvería a confiar ni olvidar la traición. Lo reconocía: ese romance con Esperanza era el error más grande que había cometido.
Ahora a él sólo le quedaba su casa en el pueblo y a María, la vida urbana, las hijas, los nietos y los estrenos teatrales. Ya no había sitio para Basilio en el telón de fondo de la vida de María.






