A un gatito lo han traicionado, abandonado y le han dado la espalda por culpa de una analítica. En pleno invierno, con frío intenso
Al gato, que se llama Mateo, lo encuentran junto al portal de su propio edificio en Madrid. El pobre va de un lado a otro, maullando con pesar, arañando la puerta metálica helada y tratando incluso de morderla desesperadamente. Siente auténtico pánico a la calle: nunca antes había estado fuera de casa. Habituado al calorcito y al cariño de un hogar, este felino confiado busca la cercanía de cada persona que pasa: vecinos o desconocidos, le da igual. Se frota en sus piernas, tiembla de pies a cabeza y mira a los ojos suplicando ayuda, como pidiéndoles que lo salven de esta realidad aterradora, donde lo han dejado tras arrancarlo de su camita mullida junto al radiador. Al frío, con nieve y viento cortante.
El motivo resulta tan absurdo que duele. Su dueña ha decidido adoptar otro animal y, al ver un anuncio regalando un gato de raza, se ha encaprichado. La protectora le solicita que someta al gato que ya tiene en casa a un análisis. Tras la prueba, aparece que Mateo es portador del virus de inmunodeficiencia felina. Sin embargo, la enfermedad no se manifiesta ni supone riesgo alguno ni para personas ni para perros, ya que el ADN de ese virus es específico de los gatos y solo se transmite entre ellos.
Aún más, en el caso de Mateo, el virus solo es una cifra en la analítica, ya que su sistema inmune lo mantiene a raya, sin desarrollarse jamás. Pero la propietaria opta por lo más drástico: «No quiero un gato enfermo, a saber si será contagioso». Ni se informa sobre el tema, ni pregunta, ni le importa que el gato sea totalmente inofensivo para humanos; simplemente saca a su propio compañero doméstico a la calle, a la intemperie, en pleno invierno madrileño.
La que da la voz de alarma es la portera. Se da cuenta de que Mateo ya no deambula, sino que está tumbado sobre la acera cubierta de nieve, hecho un ovillo. Está tan frío y extenuado que ya ni se mueve, comienza a quedarse dormido. Y dormir al raso, en estas condiciones, suele ser un punto de no retorno. Pero esta mujer no se desentiende: lo recoge y lo mete en el cuarto de portería, lo acomoda sobre su propio abrigo junto al radiador y le ofrece un poco de la comida que trae ese día. Un simple plato de arroz en aquel momento supone la salvación para Mateo: el calor y el alimento logran devolverle la vida.
Días después, recogen a Mateo en una protectora. Tiene una hipotermia severa y ha cogido un resfriado, pero tras algo de tratamiento mejora rápido. Ahora Mateo está completamente recuperado, ha ganado fuerza y vuelve a confiar en las personas. Ya está castrado, vacunado y tiene pasaporte veterinario.
Es aún muy joven, apenas tiene tres años. Es increíblemente cariñoso, se entrega a los humanos por completo: abraza con las patas, ronronea al oído como si cantara sus propias canciones, y frotarse la cabeza o besar es uno de sus gestos favoritos. Siempre le cuesta despedirse de los voluntarios al volver a su jaula, porque lo que más necesita, más allá de todo, es un piso, calor y unas manos que lo cuiden. No hay duda de que Mateo está hecho para ser un gato de familia.







