A Consuelo la juzgaron en el pueblo el mismo día en que la tripa empezó a asomar bajo el jersey. ¡A los cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza!
A su marido, Jacinto, hacía diez años que lo habían enterrado en el cementerio, y ella, ahí estaba, con pecado en el vientre.
¿De quién es? susurraban las viejas en la plaza, justo al lado de la fuente.
¡Vete tú a saber! respondían otras. Tan callada, tan decente ¡Mírala ahora! Qué deshonra
Las hijas en edad de casarse y la madre de juerga ¡Menuda vergüenza!
Consuelo no miraba a nadie. Salía de la estafeta de correos arrastrando una bolsa pesada, los ojos pegados al suelo, los labios apretados con fuerza.
Si hubiera sabido a dónde la llevaría todo aquello, quizá no se habría metido en ese lío. Pero ¿cómo no hacerlo cuando tu propia sangre llora ante ti desconsolada?
Aunque, en realidad, todo empezó no con Consuelo, sino con su hija, Aldara
Aldara no era una chica, era casi una pintura. Igualita que su difunto padre Jacinto. Él también fue un galán, el más guapo del pueblo. Rubio, de ojos muy azules. Así nació Aldara: una belleza dorada.
Todo el pueblo no podía dejar de mirarla. La menor, Lucinda, era otra cosa. Oscura, de ojos negros, seria, sin brillo.
Consuelo no podía amar más a sus hijas; por ellas trabajaba como una burra. Dos empleos: cartera durante el día, limpiadora en la vaqueriza por la tarde. Todo para ellas.
¡Vosotras a estudiar! les repetía. No quiero que acabéis como yo, siempre entre el barro y las bolsas. ¡Tenéis que largaros a la ciudad, haceros un nombre!
Aldara se marchó. Voló a Madrid casi sin hacer ruido y entró en la Escuela de Comercio. Allí enseguida la rodearon.
Mandaba fotos: en restaurantes, con vestidos caros. Y encontró novio: el hijo de un director de banco, nada menos. ¡Mamá, me ha prometido un abrigo de visón!, escribía.
Consuelo reía con orgullo, mientras Lucinda fruncía el ceño. Lucinda, al acabar el bachillerato, se quedó en el pueblo, de auxiliar de enfermería en el ambulatorio. Quería ser enfermera de verdad, pero dinero no había.
Toda la pensión de viudedad y los sueldos de Consuelo iban para esos lujos de ciudad de Aldara.
***
Ese verano Aldara regresó, distinta: apagada, ojerosa, retraída. Dos días sin salir de su cuarto, hasta que al tercero Consuelo entró y la encontró llorando, la cara hundida en la almohada.
Mamá, estoy perdida
Y lo soltó todo. El novio de oro la había dejado. Pero no antes de dejarle un hijo en el vientre. Cuatro meses ya.
¡Ya no puedo abortar, mamá! ¡Qué hago! ¡No quiere saber nada! ¡Si lo tengo me echan de la universidad! ¡Mi vida se acabó!
Consuelo estaba petrificada.
¿No te cuidaste, hija?
¿Da igual ahora! ¿Qué hago? ¿Lo dejo en un hospicio, lo tiro en un parque?
Consuelo sintió como si el corazón se le partiera. ¿En un hospicio? ¿A su nieto?
Esa noche no durmió. Vagó como un fantasma por la casa y, al alba, se sentó en la cama de Aldara.
No pasa nada, hija. Lo llevaremos adelante.
¿Cómo, mamá? ¡Toda la aldea se enterará! ¡Nos arruinarás!
Nadie lo sabrá. Diremos que es mío.
Aldara se quedó boquiabierta.
¿¡Tu hijo!? ¿Pero si tienes cuarenta y dos?
Mi hijo, sí. Me iré a casa de la tía Berta en Salamanca. Allí daré a luz. Tú vuelve a Madrid. Termina tus estudios.
Lucinda, tras la pared fina, lo oyó todo. Se mordía la almohada para no gritar. Le dolía la madre y detestaba a su hermana.
***
Al mes siguiente Consuelo se marchó. El pueblo cotilleó y pronto lo olvidó. Medio año después volvió con un bebé envuelto en una manta azul.
Mira, Lucinda, dijo a la hija pálida, tu hermano Mateo.
El pueblo se quedó sin habla. La callada Consuelo, ¡viuda y embarazada!.
¿De quién será? murmuraban. ¿Acaso del alcalde?
No, muy viejo. ¡Del veterinario, seguro! Hombre apuesto y sin pareja.
Consuelo aguantaba en silencio. La vida se puso cuesta arriba. Mateo lloraba sin tregua y Consuelo acababa molida cada noche.
Cartera, vaqueriza y ahora noches sin dormir. Lucinda ayudaba en todo: lavaba pañales, acunaba al hermano sin decir palabra, pero por dentro ardía de rabia.
Aldara escribía desde Madrid. Mamá, ¿cómo estáis? ¡Os echo de menos! Ahora de dinero voy justa, pero prometo enviaros pronto algo.
El dinero llegó al año: mil euros un suspiro y unos vaqueros para Lucinda, dos tallas menos de los que necesitaba.
Seguían. Lucinda allí, la vida a la sombra. Los chicos la miraban y luego pasaban de largo. ¿Quién se iba a querer casar con esa dote? Madre desvergonzada, hermano ilegítimo
Mamá le dijo Lucinda una noche de sus veinticinco años, igual deberíamos contarlo.
¡Estás loca! se asustó Consuelo. ¡Arruinaríamos a Aldara! Ahora se casó con un hombre bueno
Y era verdad. Aldara terminó la carrera, se casó con un empresario y se marchó a Madrid. Mandaba fotos: en Egipto, Turquía, yates. Otra persona.
De Mateo, nunca preguntó. Consuelo escribía: Mateo, ya en primero de la ESO, todo sobresalientes.
Aldara devolvía juguetes caros y estúpidos para el pueblo.
Así pasaron los años. Llegó el dieciocho cumpleaños de Mateo.
Había salido como Aldara: alto, de ojos azules, alegre, trabajador. Adoraba a su madre (Consuelo) y a Lucinda.
Lucinda era ya la jefa de enfermería del hospital comarcal. Solterona, cuchicheaban. Ella misma se daba por perdida. La vida había sido eso: madre y hermano.
Mateo sacó Matrícula de Honor.
¡Mamá, me voy a Madrid! ¡Voy a la Politécnica!
A Consuelo le dolió el pecho. Madrid allí estaba Aldara.
Quizá al de Salamanca, hijo
¡Qué va, mamá! ¡Yo tengo que pelear! Ya verás: ¡haré que viváis las dos en un palacio!
Cuando acabó el examen de ingreso de Mateo, un coche negro y reluciente se plantó en la puerta.
Bajó Aldara. Consuelo se santiguó. Lucinda, en el porche, con el paño de cocina entre las manos, se petrificó.
Aldara tenía casi cuarenta, pero lucía como en las revistas: flaca, traje caro, llena de oro.
¡Mamá! ¡Lucinda! ¡Cuánto tiempo! entonó besando a Consuelo. ¿Y?
Vio a Mateo, frotándose las manos con jirones de grasa tras trastear en el cobertizo.
Aldara se quedó congelada. Lo miraba embobada y, de pronto, se llenó de lágrimas.
Buenas tardes dijo Mateo educadamente. ¿Eres Aldara? ¿La hermana?
Hermana, sí repitió Aldara como un eco. Mamá, tenemos que hablar.
Se sentaron todos en la cocina.
Mamá, lo tengo todo: casa, dinero, marido Pero hijos nada.
Lloraba, destiñendo el rímel caro.
Probamos de todo: tratamientos Nada funciona. Mi marido me culpa. No soporto más esta vida.
¿A qué has venido, Aldara? preguntó Lucinda, la garganta rota.
Por mi hijo.
¿Te has vuelto loca? ¿Qué hijo?
¡Mamá, no grites! ¡Es mío! ¡Lo parí yo! ¡Le puedo dar un futuro! ¡En Madrid! ¡Mi marido sabe todo, quiere adoptar a Mateo!
¿Se lo has contado todo? gimió Consuelo. ¿Cómo me llamaron de todo? ¿Sabe lo de Lucinda?
¿Qué le pasa a Lucinda? se encogió de hombros Aldara. Si ella se ha quedado en el pueblo, ahí seguirá ¡Pero a Mateo le ofrezco un mundo!
¡Él no es una maleta! gritó Consuelo. ¡Lo crié yo, sin dormir noches enteras! ¡Lo eduqué yo!
En ese momento Mateo entró. Había escuchado todo. Se apoyó contra la puerta, lívido.
¿Mamá? ¿Lucinda? ¿Qué qué dice ella? ¿Hijo?
¡Mateo! ¡Hijo! ¡Soy tu verdadera madre! ¡La de verdad!
Mateo miraba a Aldara como si viera a un espectro. Luego, giró hacia Consuelo.
¿Mamá? ¿Es cierto?
Consuelo tapó su cara con las manos y rompió a llorar. Entonces, fue Lucinda quien estalló.
La siempre callada Lucinda cruzó la cocina y le dio a Aldara una bofetada tan fuerte que la tumbó contra la pared.
¡Desgraciada! gritó, y en su voz iba pegado el dolor de dieciocho años, de humillación, de vida rota. ¿¡Madre!? ¿Tú? Ojalá hubieras sentido una décima parte de lo que sentimos nosotras. ¡Tú lo abandonaste! ¡Y por ti mi madre iba por el pueblo señalada, y yo sola! ¡Sin marido, sin hijos! ¿Y ahora vienes a quitarlo todo?
¡Lucinda, basta! rogaba Consuelo.
¡No, mamá! Ya está bien. Sufrí mucho. Se giró hacia Mateo. ¡Sí! Ella es tu madre biológica. Pero la que te crió fue mi madre, tu abuela, que se dejó el alma por ti y por esa inútil.
Mateo permaneció callado, largo rato. Entonces se acercó a Consuelo, se arrodilló y la abrazó.
Mamá susurró. Mamá de verdad.
Levantó la cabeza para mirar a Aldara, que se deslizaba, derrotada, por la pared.
No tengo madre en Madrid dijo con voz templada. Sólo tengo una madre, aquí. Y esta es mi hermana.
Se levantó y tomó la mano de Lucinda.
Y usted, señora váyase.
¡Mateo! ¡Hijo! ¡Te lo puedo dar todo! sollozaba Aldara.
Ya lo tengo todo cortó él. Tengo la mejor familia. Usted no tiene nada.
***
Aldara se marchó esa misma noche. Su marido, que vio la escena desde el coche, ni siquiera bajó.
Dicen que al año él la echó de casa para irse con otra, que enseguida se quedó embarazada. Aldara se quedó sola, con su dinero y su belleza ajada.
Mateo no se fue a Madrid. Entró en la universidad de Salamanca para estudiar ingeniería.
Aquí se me necesita, mamá. Ya nos construiremos una casa nueva.
¿Y Lucinda? Aquella noche, al gritar, fue como quitarse una tapadera. Refloreció. Renació, camino de cumplir los treinta y ocho.
Incluso el veterinario, ese que tanto fue tema de chismes, empezó a fijarse en ella. Buen hombre, viudo.
Consuelo los miraba y lloraba. Pero sólo de alegría. El pecado estuvo, sí, pero el corazón de madre es capaz de tapar cualquier cosa.







