Durante mis vacaciones en un balneario me apunté a un baile. Cuando me tendió la mano, me quedé helada: era mi primer novio del instituto

Durante mis vacaciones en un balneario de la Costa Brava decidí apuntarme a un baile vespertino. No buscaba ninguna aventura romántica, tan solo quería desconectar de la rutina, escuchar música en directo y moverme al ritmo, como cuando era joven.

El salón estaba repleto de gente, el bullicio se mezclaba con los acordes del saxofón y yo, con un vestido veraniego de lino, me sentía como si volviera a ser un adolescente en su primera fiesta del colegio. De repente, noté una mano apoyarse suavemente sobre mi hombro.

¿Me concede este baile? dijo una voz masculina. Me giré con una sonrisa, esperando bailar con algún desconocido. Pero, para mi asombro, reconocí enseguida aquel rostro que no había visto en cuarenta años. El tiempo se detuvo.

Era Rodrigo. Mi primer amor del instituto, aquel muchacho que me escribía versos en los márgenes de los cuadernos y me acompañaba a casa tras las clases, hasta la misma puerta.

Sentí un temblor en las piernas. ¿Rodrigo? murmuré. Él respondió con esa misma sonrisa traviesa que le recordaba de las tardes sentados en el murete a la salida del instituto. Hola, Leonor dijo, como si no hubiera pasado un día. ¿Bailamos?

Salimos a la pista mientras la orquesta comenzaba un antiguo swing. Bailamos como si nunca hubiéramos dejado de hacerlo. Rodrigo aún recordaba que me gusta que la pareja lidere el baile con firmeza, pero con suavidad, sin apretar. Y así, volví a sentirme aquella joven de dieciocho años a la que la vida le sonreía por primera vez.

En el descanso, nos sentamos en una mesa apartada, en una esquina. El aire estaba impregnado del aroma de los perfumes y del calor humano. Creí que nunca volvería a verte me confesó. Después de selectividad, la vida pasó tan rápido la universidad, el trabajo, viajes… Y de repente han pasado cuarenta años.

Yo le hablé de mi matrimonio, que terminó hace ya unos años, y de mis hijos, que llevan su propio camino. Él me contó cómo perdió a su mujer hace tres años y lo difícil que le resultó adaptarse a la soledad. Escuchándonos, sentí que, pese al tiempo, seguíamos hablando el mismo idioma, con bromas, miradas cómplices, y esa media palabra tan nuestra.

Cuando la orquesta reanudó la música, Rodrigo me tendió la mano. ¿Un baile más? preguntó. Así transcurrió toda la velada: baile tras baile, conversación tras conversación. Ambos sabíamos que aquello no era sólo un encuentro casual en un balneario. Había algo más grande entre nosotros.

Al finalizar la fiesta salimos a la terraza. Sobre el mar había una ligera bruma; las farolas teñían la noche de un resplandor dorado. ¿Recuerdas que una vez te prometí que bailaríamos juntos cuando cumpliéramos los sesenta? dijo de repente. Me quedé sin palabras. Había olvidado completamente aquella apuesta medio en broma de la adolescencia, que entonces parecía tan lejana como imposible. Pues ya ves sonrió, he cumplido mi promesa.

Noté un nudo en la garganta. Siempre pensé que los primeros amores son hermosos precisamente porque se terminan; que si duraran perderían su magia. Pero allí estaba Rodrigo, con el pelo canoso y las arrugas en las comisuras de los ojos, y yo seguía viendo al muchacho que conocí en el instituto.

Subí a mi habitación con el corazón desbocado como cuando tenía dieciocho años. Sabía que aquello no era una casualidad. Que a veces la vida ofrece una segunda oportunidad, no para repetir el pasado, sino para vivirlo por fin como debe ser.

Quizá por eso, cuando Rodrigo me invitó a pasear por la playa a la mañana siguiente, acepté sin pensarlo. El sol apenas asomaba por el horizonte, tiñendo el agua de dorado y rosa. La playa estaba prácticamente vacía, solo alguna pareja mayor recogía conchas y las gaviotas volaban entre las olas.

Caminábamos despacio, descalzos, dejando que las aguas frías del Mediterráneo empaparan nuestros pies. Rodrigo hablaba de su vida: cómo después del instituto el destino lo llevó a distintos lugares, los viajes que buscaban llenarle, pero nunca le regalaron lo que le daba una simple sonrisa del pasado. Cada una de sus palabras deshacía poco a poco los años de silencio entre nosotros.

En un momento, se detuvo y recogió una pequeña piedra pulida del suelo. ¿Sabes? De niño creía que las piedras marinas eran trocitos de sol que habían caído al mar me dijo sonriendo. Quizá este pueda ser tu amuleto.

Cerré la piedra en la mano y noté que estaba cálida, pese al agua fría que la envolvía. Miré a Rodrigo y vi en él al hombre que es, al tiempo que también reconocía al chico de entonces, capaz de convertir el mundo en un lugar mejor y más sencillo.

El paseo duró horas, aunque parecía que el tiempo no existía. Al volver, el viento me revolvía el cabello y Rodrigo lo apartaba de mi rostro con ese gesto de antaño, el mismo de aquellos años de juventud. Comprendí entonces que no quería vivir esa experiencia como una simple aventura nostálgica. Quise darme una oportunidad: de verdad, sin miedo, aceptando el futuro, venga como venga.

Por la noche nos sentamos juntos en la terraza del balneario a ver la puesta de sol. No hacían falta grandes palabras. Solo el silencio, y en ese silencio, una profunda paz. Rodrigo apoyó su mano sobre la mía y murmuró: Quizá la vida sí regala una segunda sonrisa. Y, por primera vez en mucho tiempo, creí que era cierto.

Hoy, al escribir estas líneas, sé que el destino a veces se toma su tiempo, pero siempre sabe sorprenderte. Y he aprendido que nunca es tarde para dar una nueva oportunidad al corazón.

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Durante mis vacaciones en un balneario me apunté a un baile. Cuando me tendió la mano, me quedé helada: era mi primer novio del instituto