Valentina camina por las calles de Madrid, apurada porque va justo de tiempo para llegar a la oficina. De repente, se da cuenta de que ha olvidado el móvil en casa. Da media vuelta, entra de nuevo en su portal, y cuando sube al ascensor, este se detiene de pronto en la octava planta. Un fallo técnico. Valentina toca el botón de alarma y espera sentada en la cabina oscura a que venga el técnico.
De repente escucha voces en el pasillo. No tarda en reconocer la de su marido, Gregorio. Está acompañado de una mujer llamada Sofía.
Sofía, mi vida susurra Gregorio, con una dulzura que Valentina nunca le ha oído Cuánto te quiero y qué ganas tengo de que volvamos a vernos.
Esta noche estaremos juntos, responde Sofía, tan cariñosa como él Te espero después de las diez.
¿Tu marido sigue de turno de noche?
Toda la semana, contesta Sofía en voz baja Sale sobre las nueve y media y regresa muy tarde. Por cierto, hoy vuelve temprano, tendremos que darnos prisa.
Gregorio empieza a impacientarse: ¿Por qué el ascensor tarda tanto en llegar?
Ambos permanecen unos minutos delante de la puerta del ascensor, hablando en voz baja. Durante la conversación, Gregorio agradece a Sofía por la felicidad y los momentos de alegría que comparten. Al escuchar su propio nombre mencionado por Sofía y el de ella, Valentina entiende sin lugar a dudas lo que está ocurriendo: su marido la engaña con la vecina del octavo, la del piso 40.
«Así que eso era lo de salir a tomar el aire cada noche», piensa Valentina. «Vaya, bien te lo montas. Ahora sé a qué piso vas, Gregorio, y por qué siempre vuelves tan relajado. No te preocupes, tengo preparadas unas cuantas sorpresas para tu próxima paseíto».
Al cabo de un rato, llegan los técnicos y logran abrir el ascensor. Valentina sale sin decir palabra, pero ya con un plan en mente.
Esa noche, cerca de las diez, Gregorio anuncia como de costumbre: Vale, Valen, voy a dar un paseo, vuelvo en una hora.
¡Pero si está lloviendo! protesta Valentina.
No pasa nada, cojo el paraguas. Además, necesito caminar, el balcón no me sirve para estirar las piernas.
Haz lo que quieras. Mi deber es avisarte: hoy no es el mejor día para ti.
No me creo tus supersticiones. Ya vuelvo en una horita.
Pero media hora después, Gregorio vuelve hecho un desastre y sin paraguas. Llama a la puerta y Valentina la abre con la cadena puesta.
¿Y el paraguas? ¿Y la chaqueta? ¿Por qué no llevas los zapatos?
¡Me han parado unos chavales y me han dejado sin nada! Déjame entrar, que me estoy congelando.
Tus cosas están junto al cubo de la basura, responde Valentina con voz fría Acuérdate de saludar a Sofía.
¿A qué Sofía?
A la del octavo.
Valentina suelta la cadena y le cierra la puerta. Se sienta a ver la televisión y piensa: «Menos mal que nuestros hijos ya son mayores y viven fuera. No han tenido que ver este espectáculo».
Gregorio corre hacia el cubo de la basura, encuentra una maleta con sus cosas y se viste a toda prisa. Baja la escalera y decide llamar a un taxi e irse a casa de su madre.
Descubre que dejó el móvil en el piso de Sofía, así que vuelve con la esperanza de que Valentina le preste uno. Al intentar subir en ascensor, este vuelve a quedarse parado en la octava planta. Un apagón general ha dejado el edificio sin luz.
Cuando por fin vuelve la electricidad y el ascensor se pone en marcha, Valentina ya ha salido para ir a trabajar. Gregorio no tiene llaves de su propio piso, propiedad de su mujer.
Bajando por las escaleras, se cruza con Sofía, que también lleva una maleta y espera al ascensor.
¿Tienes mi móvil? pregunta Gregorio.
Sí Y también tus cosas, responde Sofía, visiblemente nerviosa.
Sin más palabras, bajan juntos al portal en el ascensor, pero fuera ya les esperan taxis distintos y cada uno toma su rumbo.
La noche cae sobre Madrid y la vida sigue, aunque nada volverá a ser como antes.







